Por: James Cifuentes Maldonado.
Esta mañana tuve una experiencia trascendental con mi hijo Felipe; resulta que estábamos reclinados en el piso de su cuarto, jugando con los carritos nuevos de impulso que nos ganamos en una promoción por la compra de unas pilas, ayer en un centro comercial, pero eso no es lo relevante, lo particular es que el juego consistía en que Felipe deslizaba sus carritos por mi cuerpo como sí este fuera la carretera; de pronto, luego de recorrer mis extremidades, al llegar a mi cara, mi hijo se me queda mirando, fijamente y con gesto de interrogación y curiosidad; cuando intenta llevar su mano a mi cara yo reacciono, me toco y me doy cuenta que tengo, afuera de mi nariz, un elemento extraño; al cerciorarme con el tacto, con algo de pánico confirmo que, lo que Felipe ha notado en mi, efectivamente es un corpúsculo rebelde y no tan pequeño, proveniente de mis fluidos nasales,.... que horror, obviamente, en un movimiento rápido me deshice del mismo, no tengo ni idea donde fue a parar.
MORALEJA. Mi hijo por su inocencia no tuvo reparo en tratar de tomar con su mano lo que para cualquiera es motivo de gran repugnancia y escrúpulo, esto indica que todas nuestras resistencias, fundadas o no, razonables o no, son aprehendidas y corresponden a conceptos preconcebidos, elaborados por otros e insertadas en nuestra cabeza por la vía del convencionalismo y determinan el rumbo de nuestra vida. Lo del moco es lo de menos, es apenas una alegoría, impertinente por demás, lo verdaderamente importante es tener claro que con nuestros comportamientos transmitimos a nuestros hijos todas nuestras fortalezas y valores, pero también todos nuestros vicios y debilidades, nuestros miedos e indecisiones, y muy especialmente nuestros prejuicios.
Tenemos la tendencia a pretender que nuestros hijos no exploren y se abstengan de hacer aquellas cosas que significan algo de riesgo, incertidumbre o aventura, guiados sólo por nuestra propia experiencia, frases con un permanente ¡NO! se escuchan diariamente en nuestras casas: no hagas eso, no te subas allá, no bajes las escalas, no saltes del muro, no toques la vitrina, no corras, no grites, no te ilusiones con esa muchacha o ese muchacho, son las advertencias que solemos hacer a nuestros hijos, frases que tienen efectos imperceptibles ahora, pero que son determinantes para el resto de la existencia de los seres humanos.
La cuestión no es que los hijos hagan lo que se les venga en gana, sin cuidado y sin disciplina, la cuestión es que actúen y que conozcan el mundo, ojalá de nuestra mano, con la seguridad de nuestra guía, protección, autoridad y consejo. La cuestión es que tratemos en lo posible, de estar siempre ahí, para enseñarles y de paso aprehender con ellos.