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martes, 17 de junio de 2014

EL LICOR NOS HACE EVENTUALMENTE DELINCUENTES


Por: James Cifuentes Maldonado.



Más allá de que hay teorías y definiciones muy elaboradas e incluso sofisticadas de lo que es DOLO y DOLO EVENTUAL, yo entiendo estas figuras, la primera como la actuación consciente y deliberada de una persona dirigida a causar un daño a través de la materialización de un delito, contra otra persona o contra sus bienes. En tanto que el dolo eventual al final se concreta cuando, conscientes de que una actuación nuestra puede derivar en un daño para otro, de todos modos actuamos, más que imprudentemente, haciendo caso omiso de que esa posibilidad se puede materializar por la suma de muchas circunstancias algunas de las cuales dependen de nosotros y otras que no y que aumentan la peligrosidad de lo que hacemos.  Un ejemplo del dolo puro y simple es tomar la decisión de matar a alguien motivado por algún oscuro interés; y el ejemplo del dolo eventual es el que se desencadena para cualquier persona que luego de tomarse unos tragos y sabedor de que en dicho estado ya no debe conducir de todos modos lo hace y en el recorrido hacia su casa arrolla y mata a una persona.

En el DOLO EVENTUAL aunque pareciera discutible el elemento de la conciencia previa o de la premeditación de la persona sobre la ilegalidad y peligrosidad de su acto, hay que anotar que dicha conciencia o premeditación no  se remonta al momento mismo en que ha ingerido licor o ha consumido cualquier sustancia que altere sus sentidos, y no lo es porque en esta sociedad moderna tan bombardeada por los medios de información y las redes sociales, es imposible que alguien no conozca la dimensión de la problemática de los conductores ebrios, luego,  en estos casos el DOLO EVENTUAL se puede empezar a configurar muy tempranamente, mucho tiempo antes de la tragedia, por ejemplo desde el momento mismo en que estando en nuestra casa en la mañana de un viernes cualquiera empezamos a planear lo que haremos  en la noche, existiendo la gran posibilidad  de que nuestra jornada termine en fiesta o en juerga, y aun así decidimos transportarnos en nuestro propio vehículo. Es desde ese momento entonces, y no después, que empezamos a ser culpables, o dicho de otra manera, desde ahí empezamos a echarnos la suerte como eventual delincuente. 

Yo he sido en múltiples ocasiones irresponsable por haber conducido con tragos e incluso totalmente embriagado, y cada vez que lo he hecho me he sentido muy mal y me he preguntado ¿cuándo será que no lo haré más?, ¿cuándo será que el ángel que me cuida de pronto se me baja del carro y sucede algo terrible? como por ejemplo despertar en un hospital o en un calabozo con la noticia de que maté a dos o tres personas. Y precisamente porque yo he tenido suerte y no me ha pasado nada es que invito a todos mis amigos, y a los que no lo son, a que imaginemos esa escena de la tragedia de una persona muerta o gravemente lesionada por culpa nuestra, persona que incluso puede ser un familiar nuestro; los invito a que nos pongamos en la situación que están viviendo tantas personas a las que ya esa tragedia les pasó, para que hagamos conciencia y paremos, ¡por favor paremos!; no hay motivo, razón ni excusa para que manejemos tan siquiera con un trago de licor encima.   Imaginemos que un momento de irresponsabilidad nuestro puede arruinar la vida de otras personas, de las que mueren y la de sus familiares que dependían de ella y se amaban entre sí; incluso arruina la vida del causante.  Porque en realidad son dos tragedias, la de las víctimas y la del borracho y su familia.  Cuando más es posible que el borracho sea pudiente y pague mil millones de indemnización y 5 años de casa por cárcel, lo cual es injusto frente a quien carece de esa posibilidad por no tener apellido ni plata, pero igual siempre será una tragedia. 

Hace un tiempo ya, escuché unas declaraciones del señor comandante de policía de Bogotá en las que decía que “el tema de los conductores ebrios es un problema de cultura”, y eso pareciera sonar a una frase desgastada y de cajón, pero no por trillada deja de ser verdad, porque en realidad es un problema que tenemos arraigado en nuestra sociedad, una sociedad bebedora y orgullosa de serlo, una sociedad a la que no le importa y al contrario presume de que el licor haga parte de todas las celebraciones e incluso de las ocasiones  tristes; una sociedad en la que los padres beben y se emborrachan en la sala de su casa frente a sus hijos sin ningún recato; una sociedad en la que en un pasado reciente beber en el carro quemando gasolina por toda la ciudad sin rumbo determinado era el programa de fin de semana, incluso sonando una canción parrandera que decía “¡aguardiente pal chofer!” y no era charlando,  al conductor era al primero que le daban el trago; una sociedad que en el último y en el primer día del año se embrutece en familia, con licor y al son de la pólvora y los voladores, … y después nos quejamos de que todo es un problema de cultura. La verdad es que el problema somos nosotros que hacemos la cultura.