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viernes, 27 de febrero de 2015

LA MANO DE DIOS.



Por James Cifuentes Maldonado

Pereira, 27 de febrero de 2015.



A propósito del triunfo del Santa Fe sobre el Colo Colo de Chile, en la fase de grupos de la Copa Libertadores de América, el jugador Wilson Morelos hizo la siguiente declaración, más o menos en estos términos: "...sí bueno sé que hemos dado un paso importante, pero somos conscientes que faltan 4 partidos, pero si seguimos corriendo y el equipo sigue jugando como lo ha hecho, con la ayuda de Dios, vamos a lograr el objetivo..." no son las palabras textuales, pero en general eso fue lo que se le entendió al jugador.

Ese tipo de declaración es muy común en nuestro medio y por eso cabe preguntarse, ¿por qué Dios habría de ayudar al Santa Fe a ganar sus partidos y no a los otros equipos que lo enfrenten en su grupo?; de esta cuestión surge como consecuencia otra inquietud y es ¿qué pasa cuando todas las partes que se enfrentan en la vida, en la guerra, en el trabajo, en el deporte o en la política, se encomiendan a Dios y confían en su ayuda? ¿Cómo actúa Dios en estos casos?  ¿Bajo qué criterios podría determinar Dios quien debe ganar y quien debe perder? Y cuando, por ejemplo Santa Fe gana, o gana la selección Colombia, o Nairo Quintana triunfa en Europa doblegando a sus rivales, ¿es efectivamente la mano de Dios la que determina esos resultados?

Para seguir dando contexto a la reflexión, siguiendo con el ejemplo en el plano deportivo y específicamente en el fútbol, que es un tema que aglutina pasiones y en el que casi todos los colombianos somos expertos sin diploma, tenemos que, bajo el supuesto de que Dios es Justo, cabe preguntarse ¿por qué el Deportivo Pereira y el Atlético Bucaramanga nunca han sido campeones del torneo nacional? ¿Por qué no lo han sido, si por sus filas han pasado muchas figuras del fútbol colombiano e incluso suramericano y además de eso cuentan con aficiones históricamente fieles, numerosas y consagradas, a su equipo y también a Dios? 

¿Por qué Dios ha permitido que equipos como el América de Cali, Nacional o Millonarios, con reputaciones puestas en entredicho por la presencia de capitales y personajes oscuros, hayan sido campeones tantas veces, en un claro desequilibrio frente a las demás instituciones que hacen la tarea por el camino largo, con más méritos y con menores recursos?.

¿Será que por el favor de Dios un equipo como San Lorenzo de Argentina, que tiene como más fervoroso hincha al primer ministro de su iglesia en la tierra, el mismísimo Papa Francisco, se ganará todo los títulos que se pueden ganar? Y Si esos títulos se dan, serán por justicia, por simpatía o por tráfico de influencias del sumo pontífice?

Insisto en que para estas elucubraciones he preferido hablar de la competencia deportiva, para evitar escenarios más relevantes pero más dolorosos de la vida en sus otras realidades, en los cuales la pregunta sobre la mano de Dios no ha tenido una respuesta racional, como en efecto no la tienen eventos como la avalancha de Armero, los tsunami de Indonesia y de Japón, el terremoto de Haití, y muchos otros desastres naturales en los que ha muerto tanta gente creyente, fiel, buena y sobre todo inocente.

En la rutina diaria, los latinos, dan gracias a Dios todo el tiempo, todos los días con sus noches, le piden cosas a Dios como salud, prosperidad y trabajo, invocan la protección de Dios permanentemente; algunos lo hacen por imitación, por el efecto de la tradición católica, otros lo hacen por fe, porque confían en el todo poderoso, y otros lo hacen como procesando un mantra, que fija los deseos,  que los enfoca y les permite dirigir y concentrar su energía para conseguir un objetivo, cubrir una necesidad  o alcanzar un sueño; yo particularmente me ubico en este último segmento.       

A donde quiero llegar entonces es al planteamiento en cuanto que, desde mi humilde y limitada perspectiva, no existe evidencia científica o por lo menos confiable de que los éxitos y las desgracias de la humanidad sean atribuibles al genio, o a los gustos, o a los caprichos o a los estados anímicos de Dios.  

Desde mi precario conocimiento, visualizo a Dios como una fuerza que hace parte del todo y de la nada, como un cuerpo de múltiples dimensiones, micro cósmico y macro cósmico que me incluye a mí y que, imaginado en perspectiva como ser tangible, es un señor barbado de imponente figura, sentado en un trono con una vara la cual utiliza más para apoyarse, porque está muy viejo y no tanto para medir (juzgar) a las personas o a sus actos; no creo que ese señor despache favores ni súplicas, simplemente se frota las manos, frunce el ceño y sonríe, a veces con gusto y a veces con ironía, por las buenas obras o por los disparates que hacen los hombres con su inteligencia; Dios es un mero espectador, porque los designios de la creación los ejecutamos y los cumplimos nosotros, los mortales, a veces con la intervención incontenible de la naturaleza.

Me temo pues que pedir y dar gracias a Dios es entonces una mera técnica neurolingüística que ayuda a las personas a alcanzar sus metas, partiendo del presupuesto de que la fe es una fuerza arrolladora que, además de alimentar el espíritu, convence al cerebro y elimina los miedos de hacer y de actuar, que son las barreras mentales que limitan a los seres humanos. Como imperativo complemento,  para el cumplimiento de esas metas y para llegar al éxito, yo creo fundamentalmente en la determinación, en la buena voluntad y en el trabajo; lo demás, lo que hace que las cosas sucedan de una u otra manera, se lo debemos al azar y  el azar y la anarquía constituyen la concepción de Dios que menos nos gusta; preferimos quedarnos con la imagen del anciano paternal y benevolente que da a cada quien lo que le corresponde, así en la práctica no resulte lógico ni justo.

PDTA 1. Yo creo que la mano de Maradona, definitivamente, no es la mano de Dios.

PDTA 2. Dios puede ser lo que sea, menos una razón para conformarnos.







viernes, 20 de febrero de 2015

DE LA HOMOFOBIA, LA RELIGION Y OTRAS YERBAS Y EMBELECOS.





Por James Cifuentes Maldonado


Ya llegará  el día en que la sociedad colombiana se ponga a tono con la modernidad y tengamos la sensatez de ubicar la religión,  la moral y los prejuicios en un lado y los derechos ciudadanos en el otro. La camándula en una mano y los códigos en la otra.  

Desde la promulgación del constitución de 1991 el Estado colombiano no es confesional, por lo tanto los derechos civiles y sociales de la personas no pueden ser medidos con la regla de ninguna creencia religiosa; uno entiende que en su momento el Estado laico fue un concepto jurídico y sociopolítico revolucionario en la cultura de nuestro país, pero hay que hacer conciencia en que ya han pasado 24 años, y podría decirse que hoy toda una generación de nuevos colombianos observan confundidos cómo la vieja guardia nos complicamos  en debates estériles, sectarios y delirantes, que a estas alturas de la vida nos hacen sentir en el siglo antepasado.

Una pareja gay o lesbiana legalmente casada, ante la fe pública y ante el Estado no lesiona los derechos ni los intereses de nadie, sencillamente porque, desde su esfera personalísima e intima, no tiene como hacerlo,  por eso, negarle el derecho de unirse ante los ojos de la ley o de conformar una familia es un acto bárbaro de discriminación y de gran hipocresía, teniendo en cuenta que ya hoy por hoy se les reconocen efectos legales a las uniones maritales de hecho conformadas libremente por homosexuales. 

Las parejas heterosexuales suelen ser disfuncionales y afrontan todos los problemas imaginables de convivencia precisamente por ser pareja, porque, por naturaleza, eso de conformar un hogar y una familia es un lío,  y no propiamente por la orientación sexual. Fenómenos como La inasistencia alimentaria, la violencia intrafamiliar, el abandono y los actos que tristemente se han vuelto frecuentes en este país, en los que madres y padres desquiciados asesinan a sus hijos, son comportamientos que constituyen los síntomas de una sociedad enferma, enferma de depresión, de ignorancia y desesperanza, pero de ninguna manera enferma de homosexualismo, porque la homosexualidad es una condición humana, no es una patología y ni siquiera es una decisión.  En este orden de ideas, no existe base ni medida objetiva para afirmar que  un menor tendrá mayores riesgos si es adoptado por una pareja homosexual que si lo es por una pareja heterosexual.

Aberrante no es la homosexualidad, la aberración es que muchos de los individuos que descubren tener esa condición, que en mi opinión han sido premiados con un cumulo de virtudes y valores, que los heterosexuales muchas de las veces no tenemos o poco cultivamos, como la capacidad de emprendimiento,  la sensibilidad artística y la creatividad,  sean condenados por su familia y por la comunidad a vivir la mentira de mostrarse como la gente quiere y no como lo que son,  predicamento absurdo en el que todos terminamos perdiendo.

A propósito de la decisión que acaba de tomar la Corte Constitucional, hay que decir que nunca como antes ha sido tan grande la nostalgia por esa corte juiciosa pero también audaz y “pantalonuda” de hace ya casi 20 años,  que empezó a interpretar y a desarrollar  la constitución en función de ella misma, de sus principios y valores, de la prevalencia de los derechos y libertades individuales y colectivas de los ciudadanos,  ya no al servicio de credos ni embelecos morales, ni fanatismos.  Esa corte de ilustres juristas que, como quijotes, desafiaron el desorden establecido y llenaron los vacíos normativos, para concretar los derechos, a riesgo de ser señalados de usurpadores de la función legislativa.

Convalidar la adopción de menores por parte de una pareja homosexual, bajo la condición de que uno de los adoptantes debe ser el padre o la madre biológicos, es la salida más tibia y más acomodada que se le ha visto a ese alto tribunal, queriendo quedar políticamente correcto, prendiéndole  una vela a  dios y otra al diablo, lo cual es lamentable porque, como dijera el Defensor del Pueblo, Jorge Armando Otálora, “Existían elementos de juicio suficientes” para permitir la adopción de niños por parte de parejas del mismo sexo, sin limitación alguna, y por consiguiente se ha perdido un gran oportunidad.

Porque es claro que, dada la forma en que se llega a ser congresista en Colombia, la falta de preparación y los vicios de la clase política, el  Congreso colombiano aun no tiene la estatura  para asumir la responsabilidad de hacer valer los derechos de las minorías y dar el salto progresista que requiere la sociedad colombiana.  Allá en el congreso, el patrón Uribe, sus carnitas y sus huesitos y su séquito de áulicos, el eterno senador Gerlein con su noción del “sexo excremental” y otros especímenes de ese zoológico que se resisten a mudar de piel o a desaparecer, montarán su sainete y su circo y leyes como la del aborto, la eutanasia, el matrimonio gay y la adopción homoparental, seguirán esperando a una nueva generación que las haga realidad, leyes necesarias para construir un país más democrático y más justo.