Por James Cifuentes Maldonado
A propósito de la frase reciente de José Mujica, que he tomado para titular este artículo, encontramos que, efectivamente, suele ser bien próspera la carrera de los políticos; sobre todo la de los que hacen el curso completo desde Ediles, Concejales, Diputados, Representantes y Senadores; en esa carrera ponen alcaldes y gobernadores, reparten la torta burocrática y “democratizan” la contratación entre los aportantes de sus campañas; y nada, nada de eso es “ad honorem” o, por lo menos no lo hacen por el mero sueldo, porque a punta de honorarios por sesiones no se amasan las fortunas que muchos tienen.
La esencia de la política no es el servicio público. Lo importante es garantizar los ingresos, y asegurar el capital para las próximas campañas, y, al final, las condiciones para que los descendientes continúen la empresa, porque estamos en un país de delfines políticos, de todos los pelambres y clases sociales, criados a imagen y semejanza de sus progenitores, con una sola misión: hacer harta saliva para comer más hojaldra.
Si quien se aventura en la política es rico, no lo hace por filantropía, lo hace porque quiere tener más, favoreciendo sus negocios personales; y si el que se mete a politiquear es pobre, pronto dejará de serlo, cambiará de barrio y de estrato, comprará acciones de un club, se volverá constructor, agente inmobiliario, comprará buses y taxis y sus hijos estudiarán en mejores universidades. Los ricos históricos y los nuevos ricos de la política, se favorecerán por la dinámica en la que “la plata llama la plata”, porque ellos mismos se crearán las oportunidades, en el ejercicio del poder; y, en ambos casos, ya electos, andarán por ahí con sus esquemas de seguridad, generando alboroto, como si fueran traquetos, con escoltas pagados con nuestros impuestos y con camionetas tanqueadas por nosotros, los de a pie.
Basta salir a las calles de Pereira, por esta época electoral, para darse cuenta de las dimensiones del asunto, con la proliferación de vallas publicitarias gigantes, con rostros simpáticos de personajes bien puestos, que venden su producto, es decir que se venden a ellos mismos, así cuando los elijan no los vuelvan a ver ni para el saludo. Muchas vallas, de esas que llaman petroleras, que parecen molinos de viento y que cuestan millones y de las que algunos candidatos pueden tener hasta media docena en un kilómetro cuadrado, y, se pregunta uno, ¿de cuánto es el botín pues? ¿Por qué hay que gastar tanto dinero para ser Concejal o Diputado?, la respuesta no la sé, pero, tanto derroche, huele mal, y, especialmente preocupa, la manera en que luego el político y sus patrocinadores recuperarán sus “inversiones”.
Algún día, cuando los tontos descubramos que somos mayoría, algo podría cambiar, pero por el momento, como reza el dicho: "el pueblo sigue prestando el martillo para que le machuquen las bolas".