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viernes, 25 de septiembre de 2015

LA JUSTICIA TRANSICIONAL






Por James Cifuentes Maldonado


La experiencia internacional y lo que hay documentado en materia de justicia transicional en procesos de paz y armisticios, de lo cual se habla muy fragmentariamente en Colombia, con el ánimo, tal vez,  de desinformar y confundir, indican que las condenas a los responsables de delitos de guerra y de lesa humanidad han sido simbólicas y enfocadas a generar efectos políticos, considerando el bajo número de personas que finalmente han sido juzgadas y comparándolo con la magnitud del daño causado en los conflictos.



Un ejemplo claro de esa situación lo constituyen los célebres Juicios de Núremberg con los cuales se intentó hacer un cierre moral y decoroso a la  pavorosa Segunda Guerra Mundial. En esa oportunidad, dicen los expertos, los enjuiciados no fueron más de 90, no todos condenados y no todos presentes en el juicio. Téngase en cuenta que, en ese oscuro capítulo de la humanidad, hubo, por lo menos, 45 millones de personas fallecidas, siendo muy complejo establecer aun el número total de víctimas, entendiendo que, por víctimas, se tienen no solo los muertos.



Lo que puede concluirse, de lo que dice la historia, es que la paz no será más auténtica, ni más fuerte ni más sólida, si se construye sobre la base de los fusilamientos y las cadenas perpetuas, al menos no sucedió así en Europa, donde los responsables judicializados fueron muy pocos y, a pesar de los horrores de las cámaras de gas y los campos de concentración, y un sin número de atrocidades más, la vida simplemente siguió. 



Aunque los Juicios de Núremberg no fueron una negociación,  ya que fueron el resultado de la victoria de los aliados sobre las fuerzas alemanas,  muy distinto al proceso de paz colombiano, donde en la práctica no ha habido vencedores ni vencidos, el desenlace de esos procesos en Europa, perfectamente nos da la medida de los niveles de impunidad que sobrevendrán, de los sapos que tendremos que tragarnos.



Desde esta realidad, es preciso decir que, en Colombia, ni fusilando a los 10, 15 o 20 mil guerrilleros de las FARC, se garantizaría que obtengamos la paz que reclaman algunos compatriotas, sustentada en la venganza. La paz genuina solo será posible en la medida en que las personas que han sufrido la violencia y el despojo en carne propia y los que la vivimos a distancia, a través de los noticieros, podamos sustraernos  de  nuestra propia posición y de nuestros propios intereses en el corto plazo, y, en lugar de ello, pensemos en las próximas generaciones como las verdaderas beneficiaras de los acuerdos y de los sacrificios que debamos hacer nosotros. La nueva Colombia que deberá nacer con la paz de marzo, no será nuestra, ni siquiera de  nuestros hijos, sino de nuestros nietos; de ellos, algún día, cuando la única referencia que tengan de la guerra, sean los recuerdos que les compartamos y lo que puedan encontrar en Google o en Wikipedia.



Los modelos de justicia transicional como pilares de la paz negociada, no son formulas maravillosas que puedan dejar tranquilos a todos; solo son un conjunto de herramientas, de pautas y de mínimos fundamentales de reconocimiento, verdad, perdón y restauración, orientados a la reconciliación, con los cuales, en esencia, se pretende hacer un corte, un tránsito de un estado de cosas a otro, como su nombre lo indica, porque en algún momento hay que hacer un alto, una catarsis en la mente y en el corazón, para que la sociedad envuelta en un conflicto pueda pasar la página y seguir adelante.



No podemos olvidar que la paz que nos ofreció Santos, se ha basado en el diálogo y la concertación, aun en medio del fuego, y para eso se fijó una mesa, por lo tanto no es la paz del sometimiento ni de la aniquilación, de eso ya ha habido otros intentos, sin éxito.  La paz, buena, regular o mala, que nos ha planteado el Presidente, busca que los guerrilleros, a los cuales, gústenos o no, se les ha reconocido un lugar en la mesa, vuelvan y se reintegren a la institucionalidad y a las vías legales y democráticas, asumiendo lo que tengan que asumir, según nuestra propia construcción de justicia transicional.



Para empezar ubicarnos mejor en este complejo pero importante tema, sugiero el siguiente enlace:





miércoles, 23 de septiembre de 2015

LA HORA CERO PARA LA PAZ





Por James Cifuentes Maldonado



Lo que ha sucedido en los diálogos de paz de la Habana, equivale a haber reunido todas las piezas de un enorme rompecabezas y tenerlas, apenas listas, para empezar a ponerlas en su sitio; tratándose del rompecabezas de la paz, aunque ya se sabe el plazo, también se sabe que el ensamble no va a ser perfecto y no todos quedarán conformes con los resultados.

Las imágenes de la televisión hablan por sí solas; un cuadro que muestra al más fiel representante de la aristocracia colombiana, Juan Manuel Santos, apretando, con reticencia, la mano del guerrillero más buscado en todo el territorio nacional, alias “Timochenko”, luego de anunciar que están listos para formalizar el acuerdo que ponga punto final al conflicto armado más antiguo de América y el único que subsiste por estos lados del planeta. 
Una gran cantidad de colombianos recibimos el anuncio con esperanza, porque vemos más cerca el sueño de acallar el fuego mortal de las armas y vivir en un país más seguro, con las condiciones para el pleno desarrollo económico y social. Por otro lado, un puñado de escépticos, de esos que no creen en nada, tal vez porque no entienden la dimensión de los hechos, preguntándose por qué tanto alboroto; pero también hay muchos colombianos rasgándose las vestiduras, afirmando que, el 23 de septiembre de 2015, ha resultado ser el día de la hecatombe, tantas veces anunciada por ellos, porque, en su parecer, se legitimará el terrorismo, se pondrá a los guerrilleros y a los soldados en la misma bolsa y reinará la impunidad.
 
Los ojos del mundo estarán puestos en nosotros y en lo que se nos avecina. A mi juicio, será precisamente el interés y la presión de la comunidad internacional, lo que finalmente logre que los anuncios hechos se traduzcan en la paz para Colombia y en la estabilidad para la región. En la medida en que avance el cierre del proceso, en los próximos seis meses, y pasemos de los discursos a los hechos, muchos se montarán al bus del triunfo, incluso muchos de los escépticos y los indignados, lo cual precipitará el desenlace positivo del acuerdo de paz, por la fuerza y la velocidad que toman la cosas cuando se hacen inminentes e inevitables.

La guerra no es justa, pero la paz tampoco, y por ello, la reconciliación de la nación, en la forma en que se han comprometido los negociadores en Cuba, exige un gran esfuerzo de todos los colombianos; es necesaria una gran cuota de realismo y de sacrificio; la historia, con más de 50 años de violencia, incluyendo los 8 años del gobierno de Uribe, nos ha mostrado suficientemente que no hay otro camino.
 
Para los contradictores del proceso, como se está llevando, la paz no será justa en la medida que no será perfecta, porque no calmará la sed de venganza; porque insisten en partir del supuesto de que en Colombia no hay conflicto; que solo se trata de un corpúsculo de facinerosos armando desorden en mitad de la calle; porque no reconocen que vivimos en un país de inmensas brechas sociales; porque se resisten a admitir que la paz, como fin último y sostenible, está por encima de las formas, así como en la guerra no se cuidan las formas sino los objetivos.

Hay que entender que la paz no es una opción, es un resultado, que deriva de las posibilidades y las posiciones en la guerra, cuando ésta se centra en el poder político, en el dominio que se quieren tomar, a toda costa, los que no lo tienen y que defienden, con los dientes apretados, los que lo ostentan; ambos por la alternativa más antigua y más pragmática, es decir por la fuerza.

En el contexto de la modernidad, la paz de los vencedores no es perdurable, en tanto el colectivo no sienta que tiene un contrato social justo y aquí es donde los instrumentos democráticos cobran importancia y valor.