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martes, 30 de junio de 2015

LA TIERRA MUERTA PARA QUÉ.



Por James Cifuentes Maldonado

Aunque la guerra sea la guerra y en su acontecer sea imposible evitar hechos terribles como el desplazamiento y la muerte, como ha sucedido en toda la historia de la humanidad, no es menos cierto que el mundo ha evolucionado y la sociedad moderna impone unos mínimos morales, de civilidad y de racionalidad, que los guerrilleros colombianos, no deberían ignorar.  Porque, pensemos en esto, sólo los pelmazos de las FARC, desde la Habana, a través de su vocero, Carlos Losada, salen a decir ahora que, volar una tubería de petróleo, contaminar los ríos, dejar toda una población sin agua, y arruinar toda la bahía de Tumaco, es un "resultado no esperable" de sus actos de guerra; no hay derecho, porque si tanta imprevisión fuera cierta, ello dejaría muchas dudas sobre la consistencia de su discurso, de su posición en la mesa de diálogos y en general ratificaría que esa organización no es seria.

En el conflicto colombiano, los insurrectos, para hacerse sentir, con su limitada fuerza, se ensañan con el pueblo, causándole daño directo y grave, al privarlo de los servicios básicos, agua y electricidad, como la forma más fácil de desprestigiar y deslegitimar el Estado, a través de la zozobra;  pero, si secuestrar, asesinar y traficar narcóticos, es ya de por sí el fondo de la degradación del conflicto, atacar la infraestructura de servicios y los recursos hídricos y afectar irreversiblemente el medio ambiente, es dispararse en el pie, es una burrada, porque han pasado de matar a la humanidad, a matar el planeta, y ahí sí, insisto, no entiende uno cual es la causa, y para dónde va su proyecto de revolución. 

El autodenominado "ejército del pueblo" de las FARC pasa por alto que la tierra y los recursos naturales son justamente del pueblo y en su afán por arrebatárselos a los ricos y a las multinacionales, van a terminar llegando al resultado de la Estrategia del Caracol, nos van a dejar con la "puta casa pintada"; y digo esto porque como vamos, si este conflicto absurdo se dilata 50 años más, los campos colombianos terminarán siendo un cascarón inservible y estéril sobre el cual no se podrá cultivar ni edificar ningún país. Porque el daño causado por los ataques a los oleoductos es nada, comparado con los estragos que se han hecho con la tala de árboles y el envenenamiento de la tierra con los sembrados ilegales de coca y amapola, y el desarrollo de ganadería extensiva en inmensos potreros donde antes había selvas y bosques tropicales.

Es imperativo que la “guerrillerada”, se ponga la camiseta de la causa ecológica, porque, de lo contrario, Colombia no será ni para Dios ni para su santo.