Aunque la guerra sea la guerra y
en su acontecer sea imposible evitar hechos terribles como el desplazamiento y
la muerte, como ha sucedido en toda la historia de la humanidad, no es menos
cierto que el mundo ha evolucionado y la sociedad moderna impone unos mínimos
morales, de civilidad y de racionalidad, que los guerrilleros colombianos, no
deberían ignorar. Porque, pensemos en
esto, sólo los pelmazos de las FARC, desde la Habana, a través de su vocero,
Carlos Losada, salen a decir ahora que, volar una tubería de petróleo,
contaminar los ríos, dejar toda una población sin agua, y arruinar toda la
bahía de Tumaco, es un "resultado no esperable" de sus
actos de guerra; no hay derecho, porque si tanta imprevisión fuera cierta, ello
dejaría muchas dudas sobre la consistencia de su discurso, de su posición en la
mesa de diálogos y en general ratificaría que esa organización no es seria.
En el conflicto colombiano, los
insurrectos, para hacerse sentir, con su limitada fuerza, se ensañan con el
pueblo, causándole daño directo y grave, al privarlo de los servicios básicos,
agua y electricidad, como la forma más fácil de desprestigiar y deslegitimar el
Estado, a través de la zozobra; pero, si
secuestrar, asesinar y traficar narcóticos, es ya de por sí el fondo de la
degradación del conflicto, atacar la infraestructura de servicios y los
recursos hídricos y afectar irreversiblemente el medio ambiente, es dispararse
en el pie, es una burrada, porque han pasado de matar a la humanidad, a matar
el planeta, y ahí sí, insisto, no entiende uno cual es la causa, y para dónde
va su proyecto de revolución.
El autodenominado "ejército del pueblo" de las FARC
pasa por alto que la tierra y los recursos naturales son justamente del pueblo
y en su afán por arrebatárselos a los ricos y a las multinacionales, van a
terminar llegando al resultado de la Estrategia del Caracol, nos van a dejar
con la "puta casa pintada"; y digo esto porque como vamos, si este
conflicto absurdo se dilata 50 años más, los campos colombianos terminarán
siendo un cascarón inservible y estéril sobre el cual no se podrá cultivar ni
edificar ningún país. Porque el daño causado por los ataques a los oleoductos
es nada, comparado con los estragos que se han hecho con la tala de árboles y
el envenenamiento de la tierra con los sembrados ilegales de coca y amapola, y
el desarrollo de ganadería extensiva en inmensos potreros donde antes había
selvas y bosques tropicales.
Es imperativo que la
“guerrillerada”, se ponga la camiseta de la causa ecológica, porque, de lo
contrario, Colombia no será ni para Dios ni para su santo.
