Por
James Cifuentes Maldonado
Antiguamente,
a una mujer menor de edad, se le obligaba a comprometerse y casarse con un
señor que le doblaba en años, simplemente porque, ese señor, le cargaba ganas y
representaba una buena transacción para la familia.
En
esas épocas aterradoras a las que me refiero, el cortejo amoroso y el romance
no necesariamente eran el ingrediente fundamental para que dos personas unieran
sus destinos, y no lo eran porque solía decirse “el amor llega después”, y,
cuando se manifestaba semejante
estupidez, lo que se estaba sentenciando
era que, ya entrados en gastos, con varios hijos a bordo, y totalmente
dependiente, a la ex señorita no le quedaba más que abandonarse a su suerte y acostumbrarse
a la vida que no eligió; de pronto por ahí sucedía que se encariñaba de su
“señor” marido.
Rememoro
este antecedente histórico, que ya es anecdótico, para decirles que en la
actualidad, en todos los escenarios de la sociedad moderna, el respeto por la
autodeterminación de las personas sí cuenta; la mujer dejó de ser una mera
obrera de la familia y una espectadora de su existencia; las mujeres deciden
qué estudian, con quién se relacionan, con quién se acuestan, con quién viven,
si tienen hijos o no, y, de pronto, hasta les da por hacer el viaje de la vida
a solas, es decir, ni se “rejuntan” ni se casan.
Todos
esos excesos y abusos a los que las mujeres antes estaban sometidas, en el
hogar y en el trabajo, hoy son inadmisibles, cada vez tomamos más conciencia
sobre ellos y la ley les dio un nombre, se llaman VIOLENCIA y ACOSO, así
clarito, en negrilla, y sin matices, porque los hombres no podemos perder de
vista esa línea que antes era invisible, pero que hoy es un muro inmenso, ese
límite que surge cuando la mujer que nos interesa y nos desvela dice NO a nuestros galanteos o a nuestras
intenciones.
Al
Defensor del Pueblo, Doctor Otálora, en el escándalo que hoy está sorteando por
acoso laboral y sexual, le doy el beneficio de la duda, y espero que, sí está
libre de culpa pueda demostrarlo. No esperaba que renunciara, porque el
Director de la Policía, General Palomino, a quien le ha sucedido algo parecido,
no lo ha hecho, y porque, la salida de funcionarios en medio de estas tormentas
mediáticas y de especulación, constituiría un antecedente gravísimo de “cacería
de brujas” en donde cualquier personaje público del país podría caer en
desgracia por meros chismes.
Señores,
las flores y el perfume, ya no garantizan la conquista, tampoco el poder o el
dinero, mucho menos la fuerza; porque puede suceder que, las mujeres, como en Geni y el Zepelín, la canción de Chico
Buarque, “prefieran amar los bichos”.
En todo caso, sepamos identificar cuándo
la persistencia cambia de nombre y se vuelve persecución.

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