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martes, 2 de febrero de 2016

La Divina Alegoría





Por James Cifuentes Maldonado






Muchos resistimos porque explicamos la vida y la muerte en la voluntad de alguien que no vemos, y esa es la idea, que no lo veamos, para poder alimentar la conjetura, para ahogar el miedo de que no exista un más allá, ni haya un después al cabo de este viaje terrenal; a ese amigo imaginario yo lo llamo “El Titiritero”.

Nuestro origen lo atribuimos al “Titiritero”; todo lo bueno que nos pasa lo agradecemos a él; nuestros sueños y nuestras esperanzas las ponemos en el “Titiritero”; en tanto que, nos apropiamos de la culpa frente a todo lo malo que nos sucede, porque eso fue lo que nos enseñaron, o, si somos recursivos y prácticos, responsabilizamos al destino o a la naturaleza, porque en todo caso no pudo ser obra del “Titiritero”, porque él solo sabe ser justo y magnánimo.

Todo marcha bien y el mundo es pacífico en la medida en que cada quien conciba al “Titiritero” en la forma en que le parezca, pero manteniéndolo en su propia cabeza, confinado en su contemplación, para su exclusiva utilidad, para su propia paz, sin invadir la concepción de los otros.

Los conflictos surgen cuando los individuos liberan y hacen pública su idea del Titiritero y pretenden compartirla, evangelizar con ella o, en el peor de los casos, imponerla. El punto no es si el Titiritero existe o no existe, ni cual sea la imagen o la forma que de él tengamos; el problema es que, muchos avivatos se arrogan la embajada del Titiritero en esta tierra; hacen y deshacen, perdonan y condenan, en su nombre, ejecutan misiones que el “Titiritero” no les ha encomendado, porque él es uno solo, porque no tiene apoderados, porque actúa por su cuenta.

Los oportunistas han creado otros hilos, reemplazando los originales, los del “Titiritero”, los que nadie ha visto, los que son verdaderos, precisamente porque no se han descifrado, porque son un enigma; porque el Titiritero no usa su voz, solo actúa y se hace sentir a través del tiempo y de su creación, evidencia plena de su omnipotencia y de su voluntad.

El Titiritero, ficción sublime, cuya forma y poder transmuta de mente en mente, según la cosmogonía, las necesidades y los temores de cada quien; un tótem al que nos abrazamos para que nos vaya bien; es una especulación hecha verdad, en la que creemos, por conveniencia, para que todo tenga sentido; es un eco de nuestros deseos que nos dice lo que queremos escuchar, que habrá una recompensa y que no somos pasajeros.

El vendaje: Siempre, encontrar a Dios será más fácil, si a uno le dan la dirección, de lo contrario, no quedará más que buscar por dentro de uno mismo.

NO es NO, y punto.




 Por James Cifuentes Maldonado

Antiguamente, a una mujer menor de edad, se le obligaba a comprometerse y casarse con un señor que le doblaba en años, simplemente porque, ese señor, le cargaba ganas y representaba una buena transacción para la familia.

En esas épocas aterradoras a las que me refiero, el cortejo amoroso y el romance no necesariamente eran el ingrediente fundamental para que dos personas unieran sus destinos, y no lo eran porque solía decirse “el amor llega después”, y, cuando se  manifestaba semejante estupidez, lo que se estaba  sentenciando era que, ya entrados en gastos, con varios hijos a bordo, y totalmente dependiente, a la ex señorita no le quedaba más que abandonarse a su suerte y acostumbrarse a la vida que no eligió; de pronto por ahí sucedía que se encariñaba de su “señor” marido.

Rememoro este antecedente histórico, que ya es anecdótico, para decirles que en la actualidad, en todos los escenarios de la sociedad moderna, el respeto por la autodeterminación de las personas sí cuenta; la mujer dejó de ser una mera obrera de la familia y una espectadora de su existencia; las mujeres deciden qué estudian, con quién se relacionan, con quién se acuestan, con quién viven, si tienen hijos o no, y, de pronto, hasta les da por hacer el viaje de la vida a solas, es decir, ni se “rejuntan” ni se casan.  

Todos esos excesos y abusos a los que las mujeres antes estaban sometidas, en el hogar y en el trabajo, hoy son inadmisibles, cada vez tomamos más conciencia sobre ellos y la ley les dio un nombre, se llaman VIOLENCIA y ACOSO, así clarito, en negrilla, y sin matices, porque los hombres no podemos perder de vista esa línea que antes era invisible, pero que hoy es un muro inmenso, ese límite que surge cuando la mujer que nos interesa y nos desvela dice NO a nuestros galanteos o a nuestras intenciones. 

Al Defensor del Pueblo, Doctor Otálora, en el escándalo que hoy está sorteando por acoso laboral y sexual, le doy el beneficio de la duda, y espero que, sí está libre de culpa pueda demostrarlo. No esperaba que renunciara, porque el Director de la Policía, General Palomino, a quien le ha sucedido algo parecido, no lo ha hecho, y porque, la salida de funcionarios en medio de estas tormentas mediáticas y de especulación, constituiría un antecedente gravísimo de “cacería de brujas” en donde cualquier personaje público del país podría caer en desgracia por meros chismes.

Señores, las flores y el perfume, ya no garantizan la conquista, tampoco el poder o el dinero, mucho menos la fuerza; porque puede suceder que, las mujeres, como en Geni y el Zepelín, la canción de Chico Buarque, “prefieran amar los bichos”.  En todo caso, sepamos identificar cuándo la persistencia cambia de nombre y se vuelve persecución.