Por James Cifuentes Maldonado
Muchos resistimos porque explicamos la vida y la muerte en la voluntad de alguien que no vemos, y esa es la idea, que no lo veamos, para poder alimentar la conjetura, para ahogar el miedo de que no exista un más allá, ni haya un después al cabo de este viaje terrenal; a ese amigo imaginario yo lo llamo “El Titiritero”.
Nuestro origen lo atribuimos al “Titiritero”; todo lo bueno que nos pasa lo agradecemos a él; nuestros sueños y nuestras esperanzas las ponemos en el “Titiritero”; en tanto que, nos apropiamos de la culpa frente a todo lo malo que nos sucede, porque eso fue lo que nos enseñaron, o, si somos recursivos y prácticos, responsabilizamos al destino o a la naturaleza, porque en todo caso no pudo ser obra del “Titiritero”, porque él solo sabe ser justo y magnánimo.
Todo marcha bien y el mundo es pacífico en la medida en que cada quien conciba al “Titiritero” en la forma en que le parezca, pero manteniéndolo en su propia cabeza, confinado en su contemplación, para su exclusiva utilidad, para su propia paz, sin invadir la concepción de los otros.
Los conflictos surgen cuando los individuos liberan y hacen pública su idea del Titiritero y pretenden compartirla, evangelizar con ella o, en el peor de los casos, imponerla. El punto no es si el Titiritero existe o no existe, ni cual sea la imagen o la forma que de él tengamos; el problema es que, muchos avivatos se arrogan la embajada del Titiritero en esta tierra; hacen y deshacen, perdonan y condenan, en su nombre, ejecutan misiones que el “Titiritero” no les ha encomendado, porque él es uno solo, porque no tiene apoderados, porque actúa por su cuenta.
Los oportunistas han creado otros hilos, reemplazando los originales, los del “Titiritero”, los que nadie ha visto, los que son verdaderos, precisamente porque no se han descifrado, porque son un enigma; porque el Titiritero no usa su voz, solo actúa y se hace sentir a través del tiempo y de su creación, evidencia plena de su omnipotencia y de su voluntad.
El Titiritero, ficción sublime, cuya forma y poder transmuta de mente en mente, según la cosmogonía, las necesidades y los temores de cada quien; un tótem al que nos abrazamos para que nos vaya bien; es una especulación hecha verdad, en la que creemos, por conveniencia, para que todo tenga sentido; es un eco de nuestros deseos que nos dice lo que queremos escuchar, que habrá una recompensa y que no somos pasajeros.
El vendaje: Siempre, encontrar a Dios será más fácil, si a uno le dan la dirección, de lo contrario, no quedará más que buscar por dentro de uno mismo.


