Traductor

viernes, 4 de marzo de 2016

“La puntica no más”





Por James Cifuentes Maldonado

Tal vez no sea la obra cumbre de “El Águila Descalza”, pero si puede ser el proyecto escénico más elaborado que les haya visto. El título anticipa de manera maliciosa, pero directa, el tema a tratar: el SEXO, vil y descarnado, comunicado en la forma desabrochada pero franca de Carlos Mario, un personaje que, incluso sin hablar, se convierte en una caricatura humana; desde algún rincón del escenario, con una sola de sus muecas y de sus posturas corporales contrahechas, empieza a justificar el precio de la boleta.

“La puntica no más”, aunque divertida, no me dolió el estómago de reírme como en otras ocasiones en las que me extasié entre los malabares cómicos de los actores, en ese estilo único del dúo antioqueño conformado por Carlos Mario Aguirre y Cristina Toro, que en los últimos 20 años, ha sido la más fiel caja de resonancia de la idiosincrasia y de la cultura paisa. Esta vez fueron más allá y no buscaron solamente hacer reír sino que abordaron el embarazoso tema de la sexualidad con sentido crítico y reflexivo, y digo embarazoso porque en Colombia somos liberales con la boca y estrechos con la mente, y para la muestra un solo botón, el Procurador Alejandro Ordóñez, tratando de amordazar la educación de los jóvenes, en estos tiempos en los que la información circula libre como el viento y, por el contrario, exige que todos los temas sean abordados abiertamente para su sana comprensión.

Con el aforo completo, en el Santiago Londoño, hicimos un recorrido ligero por las más sublimes y bajas pasiones humanas; nos dieron nociones de pornografía, oteamos la realidad del acoso sexual en el trabajo, miramos de frente la monotonía de las relaciones en el matrimonio, hicimos conciencia sobre el papel de las nuevas tecnologías de la información en el sexo virtual, merodeamos por los lados del fetiche y el sadomasoquismo, como formas extrañas y extremas de vivir la sexualidad, y dimos una mirada rápida a la prostitución y a la infidelidad, como esas válvulas de escape de los solitarios, de los aburridos, de los incomprendidos o simplemente de los amantes resbalosos que no se pueden contener o de los que no tienen quien los escuche.

Nos recordaron que el sexo no tiene reglas ni límites, salvo los que se pacten en la intimidad; que puede ser solo un bocadillo para el cuerpo o la mejor forma de consumar un sentimiento. Comprendimos que satisfacer el deseo nos permite sobrevivir y que alimentar el amor nos hace trascender.

Descubrimos que el sexo sin criterio puede terminar siendo como comer crispetas y ver películas de acción, no importa cuántas palomitas engullas y cuántas películas completes, al final te sentirás vacío.

Colombia entera debe salir del clóset.





Por James Cifuentes Maldonado

Intentando dar una mirada realista y hacer una catarsis, interpreto que los últimos acontecimientos en Colombia, que han sacudido la opinión pública, representan el punto de inflexión de varias realidades que socialmente debemos asimilar; por un lado, la fuerza incontenible de la naturaleza humana, que nos dice que la homosexualidad es una condición más normal y más frecuente de lo que sabemos y hemos podido aceptar y que, ignorarla o rechazarla, genera efectos de encubrimiento, clandestinidad y sordidez que constituyen el verdadero problema. Ser gay o lesbiana no es la encrucijada, la tragedia es tener que esconderlo, porque, no solamente no los entendemos, sino que, además, los estigmatizamos.

Por otro lado, se evidencia que la corrupción no tiene límites y que el tráfico de favores sexuales o el acoso sexual son solo unas de sus manifestaciones; que dicha corrupción es transversal y va más allá de la condición de género, afecta de igual manera a hombres y mujeres y está latente no solamente en la Policía, como lo ha dejado ver el actual escándalo o el que acaba de darse en la Defensoría del Pueblo, sino que es pan de cada día en la política, en el deporte, en las organizaciones religiosas, en las empresas públicas y privadas, e incluso en las familias.

En la Policía Nacional, el cáncer hizo metástasis por su modelo de funcionamiento en el cual el tema de los ascensos y el control interno condujeron a la crisis, porque gravitan en una órbita perversa en la que todos se tapan, muy pocos denuncian y las investigaciones no llegan a ninguna parte, porque muchos investigados, por el rango y por el mando, determinan la suerte de la carrera de sus subalternos con aspiraciones de ser promovidos y, por tanto, guardan cómplice y conveniente silencio; al parecer, así funcionan los códigos en la “comunidad del anillo”. Para colmo, a este esperpento se le suma la cadena de proxenetismo y prostitución en la cual, aparentemente, están involucrados algunos legisladores, cuando al congreso ya no le cabe un desprestigio más.

Fenómenos mediáticos como el de la Policía que ahora nos estremece o como los trapitos que recientemente le han asoleado al Vaticano, con los curas pederastas, son apenas la punta del iceberg.

Ha llegado la hora de una gran reforma en la cual la policía adopte su verdadero rol como cuerpo civil y no militar, para que se aplique a su vocación que es el servicio a la sociedad. Ha llegado la hora de que este país mojigato abra la mente y se deje de tanta hipocresía; de alguna manera, ideológicamente hablando, toda Colombia tiene que salir del clóset; ese sí que sería un gran paso para la paz.