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lunes, 9 de mayo de 2016

EL TIEMPO DE LOS NIÑOS




Por James Cifuentes Maldonado


Ante una duda, Felipe, mi hijo de 5 años, le dice a un amiguito: “preguntémosle a mi papá, él lo sabe todo”; yo, que escucho discretamente, pienso, ¡huy, eso no es verdad!, yo no lo sé todo, de hecho se muy poco; sin embargo reflexiono y caigo en cuenta que, para Felipe, yo soy su primera enciclopedia, él está seguro de eso.

Aunque no seamos los eruditos que los niños creen que somos, cada padre y cada madre sabemos lo básico, lo necesario para ser su primer héroe y su primer maestro, y lo que no sepamos deberíamos intentar averiguarlo, para poder explicarles, para aprovechar y crecer con ellos, para mantener el permanente diálogo que debe existir; porque las preguntas que no respondamos nosotros, las contestarán otros, otros menos indicados y, posiblemente, no muy bien intencionados.

Por simples o complejas, por repetitivas o extrañas, por inoportunas o incómodas que pudieran parecernos las preguntas de nuestros pequeños, esas preguntas son cruciales para ellos, porque son las primeras pistas en el mundo que se abre ante sus ojos y que apenas empiezan a descubrir; de nuestras respuestas, pero sobre todo de la atención que les prestemos, dependerán muchas cosas, especialmente la calidad de nuestra relación con ellos en el futuro.

Algún día, cuando menos pensemos, nuestros enanos ya habrán crecido y habrán perdido la inocencia, ya no habrán más preguntas, incluso ya no querrán compartir tiempo con nosotros; lamentaremos entonces cada minuto, cada hora y cada día, que no estuvimos allí, cuando los oímos pero no los escuchamos, cuando estuvimos fuera, priorizando lo urgente y desplazando lo importante, o cuando, aun estando en casa, celebramos que ellos se entretuvieran en otras cosas y nos dejaran tranquilos en las nuestras, perdiendo quizás nuestro tiempo, pero también perdiéndonos el mejor y tal vez, el único tiempo que ellos tendrán para nosotros, el de su primera infancia, con la ternura, con los sueños y con la magia, que serán irrepetibles. 

Con los hijos es simple, ellos nacen para seguir su propio plan, nosotros somos sus mentores, mientras ellos lo permitan; las conversaciones de hoy determinarán que haya conversaciones mañana; cada instante que les dediquemos, para jugar y para resolver sus pequeños grandes misterios, construirán los lazos que harán posible que, algún día, cuando ellos se vayan, no olviden su origen y vuelvan de vez en cuando, a acompañarnos, a responder nuestras propias preguntas, a rescatarnos del miedo y de la soledad; un día no lejano, cuando desaprendamos por la vejez, cuando se inviertan los papeles y los niños seamos nosotros.

Con nuestra orientación, la inocencia perdida de los hijos se convertirá en buen juicio y criterio, en seguridad y confianza; la más valiosa herencia que podemos dejarles.