Por James Cifuentes Maldonado
Ante una duda, Felipe, mi hijo de 5 años, le dice a un amiguito: “preguntémosle a mi papá, él lo sabe todo”;
yo, que escucho discretamente, pienso, ¡huy, eso no es verdad!, yo no
lo sé todo, de hecho se muy poco; sin embargo reflexiono y caigo en
cuenta que, para Felipe, yo soy su primera enciclopedia, él está seguro
de eso.
Aunque
no seamos los eruditos que los niños creen que somos, cada padre y cada
madre sabemos lo básico, lo necesario para ser su primer héroe y su
primer maestro, y lo que no sepamos deberíamos intentar averiguarlo,
para poder explicarles, para aprovechar y crecer con ellos, para
mantener el permanente diálogo que debe existir; porque las preguntas
que no respondamos nosotros, las contestarán otros, otros menos
indicados y, posiblemente, no muy bien intencionados.
Por
simples o complejas, por repetitivas o extrañas, por inoportunas o
incómodas que pudieran parecernos las preguntas de nuestros pequeños,
esas preguntas son cruciales para ellos, porque son las primeras pistas
en el mundo que se abre ante sus ojos y que apenas empiezan a descubrir;
de nuestras respuestas, pero sobre todo de la atención que les
prestemos, dependerán muchas cosas, especialmente la calidad de nuestra
relación con ellos en el futuro.
Algún
día, cuando menos pensemos, nuestros enanos ya habrán crecido y habrán
perdido la inocencia, ya no habrán más preguntas, incluso ya no querrán
compartir tiempo con nosotros; lamentaremos entonces cada minuto, cada
hora y cada día, que no estuvimos allí, cuando los oímos pero no los
escuchamos, cuando estuvimos fuera, priorizando lo urgente y desplazando
lo importante, o cuando, aun estando en casa, celebramos que ellos se
entretuvieran en otras cosas y nos dejaran tranquilos en las nuestras,
perdiendo quizás nuestro tiempo, pero también perdiéndonos el mejor y
tal vez, el único tiempo que ellos tendrán para nosotros, el de su
primera infancia, con la ternura, con los sueños y con la magia, que
serán irrepetibles.
Con
los hijos es simple, ellos nacen para seguir su propio plan, nosotros
somos sus mentores, mientras ellos lo permitan; las conversaciones de
hoy determinarán que haya conversaciones mañana; cada instante que les
dediquemos, para jugar y para resolver sus pequeños grandes misterios,
construirán los lazos que harán posible que, algún día, cuando ellos se
vayan, no olviden su origen y vuelvan de vez en cuando, a acompañarnos, a
responder nuestras propias preguntas, a rescatarnos del miedo y de la
soledad; un día no lejano, cuando desaprendamos por la vejez, cuando se
inviertan los papeles y los niños seamos nosotros.
Con
nuestra orientación, la inocencia perdida de los hijos se convertirá en
buen juicio y criterio, en seguridad y confianza; la más valiosa
herencia que podemos dejarles.
