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jueves, 18 de agosto de 2016

CUANDO LLAMAMOS A DIOS





Para mi amiga María Isabel.


Por James Cifuentes Maldonado.


Generalmente invocamos a Dios en las malas, pero eso es de lo más normal, es inherente a la naturaleza humana; nos encomendamos a esa imagen clara o difusa de él  en los momentos de miedo o  de angustia, de tragedia, de fatalidad o de mero riesgo, así como cuando amagamos caernos o estamos en la oscuridad y llamamos a nuestra progenitora con ese gritico de ¡ayy amaá! que nos sale involuntario, espontáneo; la diferencia es que para algunos la mamá existe y para otros por lo menos existió, en tanto que Dios, es un recurso basado en la Fe, es una construcción y en algunos casos un artificio atado a la cultura y a la cosmogonía de los pueblos, en lo que llaman religión; Dios es el amigo imaginario que cada quien debería concebir a su manera.

Lo bueno de las religiones, las de oriente o las de occidente, el cristianismo o  el islam, el budismo o el hinduismo, es que generalmente están sustentadas en principios de paz, amor, solidaridad, bondad, compasión y comportamiento recto; de hecho son muchos los casos de personas de vida desordenada, violenta y hasta delictuosa que terminan convertidos a una determinada creencia como un vehículo, como un tótem, como una oportunidad que les permite focalizarse en unas conductas y en unos preceptos que les facilitan cambiar y progresar. 

Lo malo de las religiones es su organización, su arquitectura, y las jerarquías universales, que muy tiesas y muy majas decretan sus ritos a la feligresía sin ninguna posibilidad de divergencia o discernimiento; lo reprobable de las religiones es que a uno le impongan cómo, cuándo y dónde hablar con Dios.

Lo terrible de algunas religiones, sobre todo las judeo-cristianas es que en su promesa del paraíso, de la recompensa y de la salvación son excluyentes y descalifican las creencias que se basan en valores, en símbolos y en santidades diferentes, y eso es perverso porque por esencia las religiones son especulativas y ninguna en el plano de la racionalidad resiste la más mínima prueba que demuestre sus milagros o su dogmática; ahí no hay métodos científicos, porque precisamente la gracia consiste en creer o no creer, porque no hay más opción ante las incertidumbres insalvables de la vida pero sobre todo de la muerte. 

La idea de Dios es tan personal como el aliento y en perjuicio de esta premisa es que los fanáticos religiosos se vuelven insoportables, con su permanente actitud invasora, con su “misión” de engrupir, de convencer, de evangelizar, de crearnos la idea del pecado, para generarnos la culpa que no tenemos y vendernos la cura y la salvación que no estamos pidiendo. 

Indistintamente de la concepción que tengamos de Dios, todos nos reservamos el soberano derecho de pedir cuando estamos en las malas pero también tenemos el deber de no olvidar, de reconocer y de agradecer cuando nuestros días son dichosos.

Pero la verdad es que si, por distantes o lejanos que estemos respecto del concepto de Dios y  aun en los casos de personas que definitivamente creen que no existe, en los momentos de gran dificultad, cuando no hay nada que hacer frente al infortunio, cuando las soluciones y los remedios no dependen de nadie y mucho menos de nosotros, cuando nos sentimos perdidos y solos, siempre nos queda una esperanza, esa última mirada interior, ese silencio o esa oración, para que sea lo que tenga que ser.

Para poner unos pocos ejemplos, de muchos que se podrían citar, de Dios nos acordamos y a Dios llamamos: cuando nuestros  hijos se enferman; cuando nuestro negocio quiebra; cuando nos quedamos sin trabajo; cuando vamos a la cárcel o cuando un ser querido muere, lo cual no prueba nada nuevo, solo evidencia nuestra condición de seres inmensamente necesitados, pasajeros y nuestra gran fragilidad.