Por James Cifuentes Maldonado
Para mis hijos no anhelo fama ni
gran fortuna, no quiero poder ni influencias; quiero que vivan paso a
paso, que disfruten cada momento, que mastiquen despacio cada bocado,
que degusten cada sorbo de sus existencias, con conciencia y con
responsabilidad; pero sobre todo que vivan su tiempo, que no se
adelanten pero que tampoco se atrasen, que defiendan sus posiciones con
el ejemplo y la razón, y que sean coherentes, porque no se exige aquello
que no se da.
Quiero que de cuando en cuando miren en su interior y se cuestionen;
quiero que su mayor riqueza sea caminar por cualquier calle, con la
frente en alto, sin esconderse y sin tener que cambiarle de andén a
nadie.
Quiero que mis hijos sospechen de los atajos, que
desconfíen de lo fácil, que forjen sus propias metas y que construyan su
propia idea de la felicidad, no aquella que les pintan en las redes
sociales y en la televisión; quiero que entiendan que una cosa es ser
correctos y otra y mucho más exigente ser íntegros, pero que si se
equivocan, que muy seguramente sucederá, sepan también que cada noche
podrán reflexionar antes de dormir y todos los días, con cada amanecer,
tendrán una nueva oportunidad.
Quiero que escojan bien la dieta
para el cuerpo, pero que no se olviden de alimentar EL ESPÍRITU. Quiero
que entiendan que EL PERDÓN, el que recibimos y el que damos, es el
regalo más grande que nos hacemos, cuando cultivamos la idea de DIOS,
cualquiera que ella sea.
Quiero que descubran, como yo lo hice
algún día, que EL AMOR es el propósito inequívoco e inquebrantable de
desearle EL BIEN a alguien, como yo lo deseo para ellos.
Quiero
que se realicen como seres humanos en EL TRABAJO para que tengan una
prosperidad justa y suficiente, pero también que se dignifiquen en EL
SERVICIO y en LA SOLIDARIDAD.
Que comprendan que EL TIEMPO es un
río que no espera, que nos lleva, que somos sus pasajeros, tan frágiles
como una hoja en un remolino; que la vida es hoy, no mañana, y hay que
vivirla en LIBERTAD.
AMÉN
