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viernes, 12 de febrero de 2021

Deportivo Pereira, toda una vida.




Me pidieron que escribiera esta nota como si yo fuera un miembro de la barra, de Lobo Sur o de cualquiera otra, para las que seguir al Deportivo Pereira no es un pasatiempo, sino todo un estilo de vida, una gran determinación, que no todos entienden. Es posible que no haya logrado lo que me pidieron, pero aquí les dejo mi homenaje a ellos, los más sufridos, los hinchas.


Por James Cifuentes Maldonado.


77 años son un punto diminuto en el tiempo o toda una eternidad, según como lo queramos mirar; 77 años representan casi la mitad de la historia de Pereira desde su fundación; 77 años equivalen a un poco más del tiempo que le toma al cometa Halley dar la vuelta a su órbita para que en la tierra lo podamos ver; 77 años son un poco menos que los 82 que tenía “Chila” cuando murió.

Chila, la hincha matecaña más emblemática, el símbolo de las esperanzas perdidas, que dio su último aliento justo antes de que el equipo tuviera su primer retorno a la A, momento que para algunos representa la alegría más grande que nos ha dado el Deportivo Pereira, que, comparada con los logros de los equipos de nuestras ciudades vecinas es una verdadera insignificancia, pero que, siendo tan poco, los que estuvimos en el estadio esa tarde del 19 de noviembre del año 2000 podemos atestiguar que jamás, los que seguimos y amamos nuestro futbol, sentimos algo igual; aunque suene tristemente exagerado, ese fue nuestro “Maracanazo” o nuestro “5-0”, nuestra única alegría de grandes proporciones y de histeria colectiva, a la que nos llevaron los jugadores de aquella época, de la mano de otro nuestro, quizás el más nuestro de los técnicos, Walter Aristizabal. Luego, cuando caímos nuevamente en 2012 y volvimos a retornar en 2019 ya nos dio igual, ya no sentimos nada.

77 años representan casi 4 generaciones de pereiranos de nacimiento y adoptivos, que hemos venido esperando lo que tal vez no ha de llegar, una estrella, impulsados por el amor a esta tierra, por la pasión que nos despierta los colores de nuestra bandera, las notas del himno de la ciudad antes de cada partido, cada redoble de nuestro tambor y cada vuelta de nuestras camisetas entorchadas, en el frenesí de la tribuna.   

Y a los que se les hace imposible entender por qué, a pesar de 77 años de no ganar nada seguimos adelante y dispuestos a seguir saltando con más fuerza en las graderías, tenemos que decirles que ser hincha del Deportivo Pereira no es una cuestión de ganar o perder, ser hincha del Deportivo Pereira es una cuestión de SER, es algo que se lleva muy hondo, en el alma; es un sentimiento que ni siquiera morirá cuando muramos nosotros, porque pasarán otros 77 años y vendrán muchos Lobos y muchos hinchas más, que quizás  dirán lo que hoy estamos  diciendo, pero a los que nadie les podrá quitar cada grito, cada brinco, cada pequeña alegría, esas que sólo nos han llegado  con cada gol, así al final no se hayan dado los resultados.

No nos hablen entonces de La Mecha, Nacional, Madrid o Barcelona, eso no lo entendemos ni nos sabe a nada; nosotros solo entendemos y vivimos lo propio, lo que nos pertenece, el Deportivo Pereira que es nuestro, como es nuestro Libaré, el monumental Hernán Ramírez Villegas, el Bolívar Desnudo, cada mango de la plaza, el Viaducto, el Lago Uribe Uribe, la Catedral, el Parque Olaya, Ciudad Victoria, como es nuestra la gente que nació en esta tierra y los que llegaron a ella y jamás se fueron y que solo pueden explicar el ser hincha del Deportivo Pereira, cerrando los ojos, con la emoción apretando por dentro.

Que sean 77 años más, que nosotros y los que vengan, aquí estaremos.


viernes, 29 de enero de 2021

El encuentro que no fue


Por James Cifuentes Maldonado

Fue un combate relativamente corto, algo más de una semana, luchando contra la tos, el ahogo y las secuelas de antiguos males con los que convivía y a los que ya estaba acostumbrado, pero que le hicieron vulnerable ante el enemigo silencioso de estos días de pandemia, que derribó con facilidad sus últimas defensas. Rondaban las 9 de la mañana de hoy, quizás, cuando entregó su último aliento, en ese hospital a donde llegó casi muerto para que no lo mataran, según él lo creía. 

Alexander se llamaba, era Cifuentes como yo, porque compartimos la cimiente del mismo padre. Las circunstancias nos alejaron desde chicos y no nos frecuentamos tanto como queríamos, para vernos y ser más hermanos, pero debo reconocer que quizás no hicimos lo suficiente, nos conformamos con regalarnos una llamada muy de cuando en cuando. Enfermó y no lo supe, murió a más  de quinientos kilómetros de distancia y muy pocos estuvieron ahí, para atestiguar su partida, a las carreras, casi que clandestinamente, como se muere hoy en día, sin tiempo para asombrarnos y que nos duela como nos debe doler, para liberarnos. Ahora tengo de él recuerdos vagos y un llanto que no revienta; nostalgias de un ayer maravilloso de calles, canchas, de balones y de fútbol; imágenes difusas de Alex con sus piernas arqueadas, ideales para jugar y hacer las gambetas que hoy ya no pudo. Desde acá, porque no tengo más opción, le doy el último adiós a mi hermano, con coraje y con bronca, porque no debería estarlo despidiendo sino abriendo los brazos para estrecharlo y recibirlo en ese encuentro que ya no fue, por lo menos no en este mundo.




miércoles, 13 de enero de 2021

Un absurdo poeta o el poeta de lo absurdo



Por James Cifuentes Maldonado

Cinco 5 años después vine a enterarme del artículo de Las Dos Orillas en el que Iván Gallo, en una especie de catarsis, casi que exorcismo, para liberar al mundo cultural de las garras de la estupidez y la frivolidad y para reivindicar la dignidad mancillada de los verdaderos cantantes y de los verdaderos poetas, como Fito Páez o Pablo Neruda, respectivamente, le dio hasta por donde se rompen las ollas a Ricardo Arjona, al que sin piedad alguna se le calificó de ramplón.

Esta discusión es antigua, pero tengo que reconocer que siempre pasé de agache frente a la misma, por una especie de impedimento, que por estos días de despegue de año encuentro propicio, aunque inoficioso, explicar a continuación.

Con cierta pena, tengo que decir que en uno de los entrepaños de mi bar reposan 5 CDs de Ricardo Arjona; tengo que admitir que fui a su primer concierto en Pereira y brinqué y gocé con las otras 20 mil almas que esa noche pagaron la boleta. Como quien cuenta sus pecados cuando siente que ya no tendrán consecuencia, tengo que decir que, con un puñado de amigos en Corales, a mediados de los años 90 chupé aguardiente y canté las canciones de Arjona a grito herido, con sus letras insulsas y su poesía arrevesada. Tengo aun vívidas en mi memoria la euforia de los hermanos Lerma, desgarrando conmigo las gargantas con “Quién diría”, “Realmente no estoy tan solo y la “señora de las cuatro décadas”.

Soy consciente de lo forzadas que resultan las metáforas que suele utilizar este infame intérprete, que abusa del recurso del contraste y en sus composiciones se pregunta cosas como ¿Cómo encontrarle plataformas a lo que siempre fue un barranco?; pero igual, por alguna razón, que en efecto puede ser mi infinita ignorancia, he disfrutado sus creaciones desde “Animal Nocturno” pasando por “Mujeres”, “Jesús verbo no sustantivo”, “Mojados” y su versión de “Tiempo en una botella.

Antes de leer el artículo de Las 2 Orillas, pensaba que los intelectualoides eran los que juzgaban tan severamente a Arjona y no el exitoso cantantucho; hoy he abierto los ojos, pero me da igual; en este mundo loco ya es muy difícil establecer quiénes son los equivocados, circunstancia que he podido confirmar hoy, con asombro, cuando veo publicaciones en redes sociales señalando que la popularidad de Donald Trump ha aumentado, calificándolo de titán, después de la toma del Capitolio en Washington por parte de una turba de radicales ultraderechistas, instigada por el mesías de la posverdad. Entonces, ¿qué puede uno pensar ahí?, que estamos perdidos.

Después de la diatriba por la falta de talento de Arjona, el columnista puso en entredicho su integridad moral por los incidentes de violencia intrafamiliar que se le adjudican, terrenos que para mí son prohibidos, porque trascienden la esfera del espectáculo y corresponden a la dimensión del ser humano, como la que tuvo Michael Jackson, con cuestionamientos aún más graves, que sin embargo no hacen que podamos desconocer la estatura del Rey del Pop como artista.

Escuchar y cantar las canciones de Ricardo Arjona, puede ser intelectualmente incorrecto, hasta primitivo, pero por lo menos es inofensivo y el que esté libre de pecado que tire la primera piedra.