Por James Cifuentes Maldonado
Asumiendo que los motivos de Zayn
Malik para abandonar el taquillero grupo de música juvenil ONE DIRECTION sean
sinceros, es decir que se cansó de la fama, es una noticia que no se puede
pasar por alto ya que contiene un poderoso mensaje, para la gente en general,
pero muy especialmente para los mismos jóvenes que con pasión y delirio siguen
a sus ídolos del espectáculo.
En teoría La sociedad moderna crece
y se desarrolla sobre nuevos valores que nos deberían llevar a ser mejores
personas, como la solidaridad, la calidad de vida, la educación y la integridad,
pero la valía de las personas no siempre
obedece coherentemente a esos criterios, precisamente porque la estimación que
hemos desarrollado de nosotros mismos como individuos se ha vinculado peligrosamente
estereotipos sobre el éxito que están más allá de las posibilidades de la
inmensa mayoría de seres humanos y que se basan en conceptos vanos y frívolos como la fama y
otros bien cuestionables como el poder y el dinero.
El hecho es que la masa existe
precisamente porque en este mundo consumista, competitivo y odiosamente
político, no todos pueden llegar a ser celebres, ricos, famosos y poderosos, pero esa es un desgracia
que tiene, a mi juicio más beneficios que desventajas, y no es que esté
pretendiendo subvertir la máxima de Pambelé, sugiriendo que es mejor ser pobre
que rico.
Lo que quiero plantear es que,
indistintamente de que todos tenemos el deber y el derecho de luchar por
nuestros sueños, la medida de nuestro éxito no necesariamente debe estar dada
en función de que esos sueños se concreten, porque hay sueños que se pueden
convertir en proyectos, realizables con el trabajo de un ciudadano promedio, y otros que nunca dejarán de ser los
referentes inviables con los que los medios nos bombardean permanentemente,
como por ejemplo los programas de televisión que nos muestran cómo viven
supuestamente los ricos y los famosos o los videos de reggaetón que muestran a
viriles y apuestos cantantes rodeados de carros lujosos y mujeres bonitas.
La calidad de vida de los famosos
solo la saben ellos, pero mucho se sabe, por la prensa farandulera, que no todo
es color de rosa, y que ser una figura pública no es un asunto fácil por los
niveles de exposición que se afrontan y que terminan asfixiando a ese tipo de
personas. Los famosos en sus laberintos, en medio de los excesos, los derroches
y la adulación a la que son sometidos permanentemente, pierden el sentido de la existencia, pierden
la sensibilidad frente a las cosas que normalmente hacen vibrar a las personas
comunes y corrientes y por ello terminan buscando emociones más fuertes que desembocan
generalmente en el desorden y la decadencia.
En este escenario, es muy
frecuente escuchar noticias sobre personajes del jet set que, embriagados por
la fama y desengañados luego porque la
vida no les sabe a nada, porque el éxito les es esquivo o porque se les acabó
el dinero, deciden dar fin a sus días suicidándose, vencidos por la depresión.
Por lo tanto ser anónimo en este
mundo está lejos de ser una tragedia, ya que disfrutar de nuestros pequeños
progresos y victorias personales nos mantiene protegidos de un mundo artificial
que está lejos de ser el ideal; no es tan malo ser una celebridad solo para
aquellos que nos necesitan y nos quieren y que a la vez queremos y necesitamos.
No puede ser tan malo disfrutar de las cosas simples, a la hora y en el lugar
que nosotros decidamos, con la compañía que elijamos, sin la perturbación ni la
intromisión de la opinión pública.
Porque todos somos amos de
nuestro propio universo y es al interior de nosotros mismos, y no afuera, donde se desarrolla la verdadera felicidad.

