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sábado, 28 de marzo de 2015

LA VIDA EN ROSA



Por James Cifuentes Maldonado

Asumiendo que los motivos de Zayn Malik para abandonar el taquillero grupo de música juvenil ONE DIRECTION sean sinceros, es decir que se cansó de la fama, es una noticia que no se puede pasar por alto ya que contiene un poderoso mensaje, para la gente en general, pero muy especialmente para los mismos jóvenes que con pasión y delirio siguen a sus ídolos del espectáculo.

En teoría La sociedad moderna crece y se desarrolla sobre nuevos valores que nos deberían llevar a ser mejores personas, como la solidaridad, la calidad de vida, la educación y la integridad,  pero la valía de las personas no siempre obedece coherentemente a esos criterios, precisamente porque la estimación que hemos desarrollado de nosotros mismos como individuos se ha vinculado peligrosamente estereotipos sobre el éxito que están más allá de las posibilidades de la inmensa mayoría de seres humanos y que se basan  en conceptos vanos y frívolos como la fama y otros bien cuestionables como el poder y el dinero.  

El hecho es que la masa existe precisamente porque en este mundo consumista, competitivo y odiosamente político, no todos pueden llegar a ser celebres, ricos,  famosos y poderosos, pero esa es un desgracia que tiene, a mi juicio más beneficios que desventajas, y no es que esté pretendiendo subvertir la máxima de Pambelé, sugiriendo que es mejor ser pobre que rico.  

Lo que quiero plantear es que, indistintamente de que todos tenemos el deber y el derecho de luchar por nuestros sueños, la medida de nuestro éxito no necesariamente debe estar dada en función de que esos sueños se concreten, porque hay sueños que se pueden convertir en proyectos, realizables con el trabajo de un ciudadano promedio,  y otros que nunca dejarán de ser los referentes inviables con los que los medios nos bombardean permanentemente, como por ejemplo los programas de televisión que nos muestran cómo viven supuestamente los ricos y los famosos o los videos de reggaetón que muestran a viriles y apuestos cantantes rodeados de carros lujosos y mujeres bonitas.

La calidad de vida de los famosos solo la saben ellos, pero mucho se sabe, por la prensa farandulera, que no todo es color de rosa, y que ser una figura pública no es un asunto fácil por los niveles de exposición que se afrontan y que terminan asfixiando a ese tipo de personas. Los famosos en sus laberintos, en medio de los excesos, los derroches y la adulación a la que son sometidos permanentemente,  pierden el sentido de la existencia, pierden la sensibilidad frente a las cosas que normalmente hacen vibrar a las personas comunes y corrientes y por ello terminan buscando emociones más fuertes que desembocan generalmente en el desorden y la decadencia.

En este escenario, es muy frecuente escuchar noticias sobre personajes del jet set que, embriagados por la fama y desengañados  luego porque la vida no les sabe a nada, porque el éxito les es esquivo o porque se les acabó el dinero, deciden dar fin a sus días suicidándose, vencidos por la depresión.

Por lo tanto ser anónimo en este mundo está lejos de ser una tragedia, ya que disfrutar de nuestros pequeños progresos y victorias personales nos mantiene protegidos de un mundo artificial que está lejos de ser el ideal; no es tan malo ser una celebridad solo para aquellos que nos necesitan y nos quieren y que a la vez queremos y necesitamos. No puede ser tan malo disfrutar de las cosas simples, a la hora y en el lugar que nosotros decidamos, con la compañía que elijamos, sin la perturbación ni la intromisión de la opinión pública.

Porque todos somos amos de nuestro propio universo y es al interior de nosotros mismos, y no afuera, donde se desarrolla la verdadera felicidad. 


QUIERO CREER


Por James Cifuentes Maldonado

Como principio de vida tengo que siempre hago el mayor esfuerzo por ver y entender las cosas que hacen los seres humanos de la mejor manera; procuro que la tentación por prejuzgar no nuble mi objetividad o me hagan perder el mensaje valioso de todo lo que hacen y dicen las personas con quien interactúo, y, les confieso, esa actitud me ha dado buenos resultados.
Tengo por premisa que, si he de hacer una crítica no favorable de algo o de alguien, pueda primero disponer del inventario de las cualidades o aspectos positivos de ese algo o de ese alguien y, así, es muy probable que el resultado sea que mis cuestionamientos no sólo sean ponderados sino que sean, además, bien recibidos y asumidos de manera constructiva.
En el ánimo de comprender el suceso noticioso de esta semana, esto es, la anunciada adhesión de Juan Manuel Arango y Martha Elena Bedoya a la aspiración del señor Israel Londoño de repetir como alcalde de Pereira, hecho que sacudió a la opinión pública, por lo desconcertante, por lo inesperado y por lo extremo y antagónico de las posiciones fijadas en el pasado por los protagonistas de dicha alianza, quiero creer que se trata de una muestra más de la evolución de las prácticas políticas en nuestro país y particularmente en nuestra comarca en la cual los discursos y las propuestas ya no obedecen a hitos o mojones inamovibles ni a posiciones sectarias.
Quiero creer que la motivación de todos los involucrados en esta sorprendente unión es genuina, inspirada sólo por los altos intereses de la ciudad y de ninguna manera por reencaucharse en los escenarios del poder.
Quiero creer que este pacto, con tintes de reconciliación liberal, obedece a fines nobles de tolerancia y de suma de fuerzas orientadas a concluir y a consolidar los últimos 8 años de administración local, llenos de pugnacidad, en los que se ha hecho complejo el ejercicio del gobierno.
Quiero creer que se trata de una forma de zanjar la aparente confrontación de clases que se generó con la hegemonía política del senador Enrique Soto, que con todo y lo que de él se pueda decir, representa una realidad política de la región y, para bien o para mal, alrededor del señor Soto gravitan innumerables iniciativas e intereses de la ciudad de Pereira cuya consistencia y continuidad deben asegurarse, como es el caso de la remodelación del aeropuerto y la puesta en funcionamiento del parque Ukumarí, para mencionar sólo dos de los proyectos más emblemáticos de los últimos años que han salido adelante a los empujones y nadando contra la corriente.
Quiero creer que es una movida bien intencionada para mantener el poder, para resarcir todo lo que no ha quedado bien hecho, para completar lo inconcluso y consolidar las buenas iniciativas del alcalde saliente Enrique Vásquez y del mismo Israel Londoño que dejó materias pendientes como la del espacio público y la movilidad.
Y quiero creer todo esto así, porque es la única forma que tengo de asimilar una jugada que es extraña y naturalmente despierta toda clase de dudas y suspicacias; es la única forma que tengo de mantener la fe en mis dirigentes y en las instituciones. Es la única forma de no confundirme por la aparente incoherencia de nuestros políticos; para creer, al menos en esta ocasión, que a Israel y sus nuevos escuderos no los mueve el oportunismo ni la componenda, sino el más legítimo derecho de unirse para concluir un proceso y una era política marcada por los sobresaltos, por decirlo de la mejor manera, como es mi estilo.