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miércoles, 18 de marzo de 2015

EL SINSENTIDO DE LA MALDAD


Por James Cifuentes Maldonado

Mucho me he cuestionado el fin que persiguen los malos con su maldad, cuando ésta no tiene un contenido político ni filantrópico, como la del guerrillero o la de Robin Hood, que en teoría giran alrededor de la justicia social, y he llegado a creer que el delincuente común, los psicópatas, los terroristas, los estafadores, y en general los corruptos y los antisociales que han decidido vivir de esa manera, no tienen un propósito diferente a imponer de manera extrema y caprichosa su voluntad,  actuando al margen de la ley, de la ley de los hombres y aun de la ley de Dios, para procurarse un estatus que no tendrían siendo buenos, entiéndase siendo normales y anónimos; porque paradójicamente los malos  suelen tener su propia idea, y bien arraigada, de la voluntad divina siendo la misma parte de su desafío; es decir que el malo no solo vive para contradecir a las instituciones sino también al “todo poderoso”; básicamente los malos, movidos por la mezquindad, buscan poder, placer y reconocimiento, a como dé lugar, sin ideales, por el camino más corto, generalmente por la vía del fraude y la violencia, para generar sensación y desazón,en un proceso que casi nunca tiene retorno.

El perverso sabe de su perversidad y tiene claro que al final no saldrá bien librado de sus acciones, ni de su tiranía, pero persiste en él un deseo de probarse hasta dónde puede llegar, de saber hasta cuándo se puede burlar de Dios y de “los buenos”.  Que el malo y el tirano caigan será siempre cuestión de tiempo y dependerá no tanto de la fuerza represiva del Estado sino de la solidez moral de la sociedad, la sociedad que no puede validar la maldad y la ilegalidad con su apatía y su indolencia, porque como alguien dijera “lo más malo de la gente mala es la indiferencia de la gente buena”.

La realidad es que lo único que hay para hacer es mantener la maldad en sus mínimas proporciones, porque es una manifestación humana imposible de erradicar, ya que obedece a una ley natural, aquella que determina la necesidad de la coexistencia de los contrarios, porque sin arriba no hay abajo, porque no hay forma de juzgar a los malos sino hay buenos para compararlos; entendiéndose por buenos a todos aquellos individuos que han escogido el camino de la honradez y la decencia, como una regla y una forma civilizada de convivencia, a los que han reconocido el valor de recorrer su existencia por el camino largo, con las dificultades y tropiezos que le son propios, para saborear con orgullo y tranquilidad las mieles del éxito bien conseguido. Porque como dice mi madre en su fino y genuino criterio, extractado de la sabiduría popular “lo que por agua viene por agua se va” y “el que paga lo que debe sabe lo que tiene”.


PDTA. Bueno no es propiamente aquel que va a misa, sin falta, los domingos y, no siempre, el malo es el que la sociedad señala.