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miércoles, 15 de abril de 2015

QUERÍA ESCRIBIR SOBRE LA PAZ.


Por James Cifuentes Maldonado.

Hoy quería escribir sobre la paz, la paz de Colombia; hace tiempo que vengo con ese impulso contenido; un deseo literario aplazado, primero porque es un tema trillado por los medios de comunicación, abordado por las mejores plumas de este país e incluso por expertos de otros confines del planeta, donde parece que nos conocen más de lo que nos conocemos a nosotros mismos; por lo tanto, ¿qué aporte podría hacer yo? ¿Qué podría decir yo sobre la paz que no se haya dicho antes con más autoridad y con más certeza?

Hoy quería escribir sobre la paz, porque he sido un firme convencido de que es posible; porque desde mi orilla y desde mis posibilidades he dado la lucha ideológica por defenderla, no tanto como una iniciativa del actual gobierno, al cual le doy el mérito de haberse embarcado con determinación en su búsqueda, sino como un ideal de nuestro destino como pueblo, porque ya hemos sufrido demasiado, porque la merecemos, porque la necesitamos. 

He querido hablar de paz porque no entiendo cómo puede haber personas que no la quieran o que la vean posible solamente por el fuego de los cañones y el poder destructivo de la metralla, no entendiendo que la paz que se consigue por la fuerza, por el sometimiento y con indignidad, no es una verdadera paz, cuando más será una tregua, mientras que la parte doblegada se recupera y vuelve al campo de batalla, perpetuando la espiral de violencia.

Quería escribir sobre la paz, inspirado por la reciente cumbre Americana en Panamá, en la cual los presidentes de Estados Unidos y de Cuba, nos han demostrado que las posturas internacionales no son absolutas ni inamovibles, porque los tiempos cambian y la realidad obliga a ponernos a tono con el presente. Quería hablar de paz porque precisamente hoy Barack Obama nos ha sorprendido con el anuncio de que su gobierno tiene la voluntad de excluir a Cuba, su contradictor acérrimo en los últimos 52 años, de la lista de países que apoyan el terrorismo; quería hablar de paz, porque este hecho, además de interesar a los cubanos, encierra un inmenso significado y unas tremendas implicaciones para el resto de las naciones. 

Quería escribir sobre la paz, pensado en el siguiente silogismo: si el gobierno de los Estados Unidos consideraba a Cuba una nación patrocinadora del terrorismo; si Cuba ha sido un régimen amigo y auspiciadora de las FARC, y los Estados Unidos han cambiado de parecer respecto a Cuba, necesariamente la posición de Washington respecto de la las FARC y sobre el conflicto en Colombia, así sea de manera indirecta, sufre una variación, o por lo menos el proceso de paz entre el gobierno colombiano y ese movimiento insurgente sufre una especie de legitimación por parte de los gringos.

Hoy quería escribir sobre la paz, al imaginarme una Cuba sin bloqueo económico, viable y próspera, interactuando a plenitud con el resto del continente y con el mundo; quería hablar de paz pensando necesariamente que si la geopolítica en América mueve sus mojones y la revolución cubana evoluciona, Colombia igualmente tiene que hacerlo, porque, terminados los rezagos de la guerra fría, nuestro conflicto se reduce a una especie única, rara, quedando agotados y caducos los discursos de las partes enfrentadas. 

En el nuevo contexto americano la búsqueda del poder por las armas pierde sentido y espacio, así como se elimina cualquier justificación para la financiación de la guerra basada en el secuestro y el narcotráfico, es decir que la “combinación de todas las formas de lucha” deben darle paso a las formas civilizadas y sobre todo a la participación política; del mismo modo, el modelo de defensa del Estado basado en la fuerza y el exterminio de los desposeídos y de quienes piensan diferente, debe erradicarse para darle paso una sociedad más incluyente y más justa, reconociendo que la tierra y la riqueza están mal repartidas; admitiendo que Colombia no puede seguir siendo un país feudal, acabando con los monopolios de tierras inoficiosas. 

En fin hoy quería escribir sobre la paz, pero no voy a hacerlo, porque todos aquellos que no comparten mi optimismo me enrostrarían los 11 militares muertos y los 18 heridos del ataque guerrillero en Buenos Aires, Cauca, sobre lo cual no tengo palabras que no sean de tristeza y de rechazo, sin embargo, teníamos que estar conscientes de las implicaciones y las consecuencias de negociar en medio de la guerra, sabiendo que en la medida en que el proceso progresara, serían inevitables estas situaciones entre las partes, para fortalecer sus posiciones como una forma postrera y absurda de precipitar el anhelado cese al fuego bilateral, porque ningún cese unilateral es sostenible, porque no es sincero. 

Es perentorio entender que en las vísperas de la paz, se recrudece la guerra, así como cuando va a amanecer, se pone más negra la noche. 





SE ME PERDIÓ EL TELÉFONO, Una historia con final feliz.



Por James Cifuentes Maldonado


Asciendo al avión que hoy me llevaría a la ciudad de Medellín, una nave pequeña pero moderna de la empresa ADA; al abordar, el mismísimo piloto me indica que no hay asignación de sillas, es decir que me puedo sentar donde me plazca; elijo la fila al lado izquierdo, porque así aseguro que desde la altura en el despegue podré darle una mirada a mi casa de techo amarillo que se destaca en el verde del entorno del Pueblito Cafetero. Ya acomodado en mi lugar, veo que la auxiliar de vuelo revisa uno a uno los compartimentos donde se guardan los equipajes de mano, y seguidamente pregunta a cada uno de los pasajeros, si en el bolsillo del respaldo de la silla del frente, puede haber quedado un celular que se ha reportado como olvidado por un viajero del vuelo anterior.

Los pasajeros buscamos afanosamente y con diligencia el aparato, como si fuera nuestro, pero la búsqueda es infructuosa, el preciado artículo no aparece y se nota el rictus de angustia de la auxiliar, porque justamente el vuelo no sale, en espera de encontrarlo, y llevamos ya tres minutos parqueados listos para el carreteo; por si las moscas, volvemos y damos otra revisada y … ¡BINGO¡ …el celular aparece, lo ha encontrado una pasajera que está sentada al lado de mi silla; el aparato estaba oculto entre la separación de los dos asientos de cuero; la reacción es general, de alegría, incluso varios pasajeros alcanzan a aplaudir, unos con determinación y otros tímidamente como si dudaran de si hay motivo o no para el alborozo; el hecho es que todos estamos contentos; la auxiliar toma el celular y lo lleva presurosa a la cabina y lo entrega al piloto quien a su vez se lo pasa por la ventanilla a un miembro del personal de tierra, quien inmediatamente corre a entregarlo a su dueña, y digo la dueña porque el aparato es de color rosado y además porque al final del corredor de la pista hay una dama con los ojos desorbitados esperando la noticia sobre si su apreciado elemento apareció o no apareció. No alcanzamos a ser testigos del momento en que la despistada dama recibe su teléfono pero suponemos que ha sido de júbilo, porque nos imaginamos que pudo haber sido a nosotros a los que se nos hubiera perdido y eso indudablemente, hoy por hoy, sería toda una tragedia.

Esta historia es en apariencia fútil, banal y frívola, pero en realidad es de lo más trascendental, de acuerdo con las prioridades del mundo moderno en el cual el teléfono móvil no es un artículo de primera necesidad, es más que eso, es una especie de apéndice del cuerpo, soldado a nuestras manos, al punto que ya no imaginamos la vida sin nuestro teléfono y, si lo perdemos de vista, es como si quedáramos desnudos y además aislados del universo, totalmente incomunicados; es un horror; por eso, perder el teléfono y recuperarlo, aunque no pareciera justificado, actualmente en nuestros nuevos estándares y valores, es todo un motivo de felicidad.

¿Alguna vez han notado ustedes, la expresión del rostro de una persona que, metiendo la mano a su bolsillo o su cartera, no encuentra el celular? Los gestos son desencajados y desesperados, como si se le hubiera perdido un hijo; pareciera una exageración, pero así es; perder el teléfono móvil es una fatalidad, no sólo por el costo de la reposición, sino porque, el tiempo en que nos quedamos sin ese bendito aparato, es verdaderamente aciago, como si quedáramos fuera de circulación.

Hoy por hoy, el uso del teléfono móvil va más allá de nuestras necesidades domésticas o de trabajo, es nuestra conexión permanente con la sociedad, es la ventana que nos mantiene vigentes, que supuestamente nos mantiene al tanto de lo que pasa, pero al mismo tiempo, paradójicamente, nos mantiene tan ocupados o tan alertas, que se ha convertido en el mayor distractor y en un elemento absolutamente perturbador, que ha hecho que las personas estemos dejando de vivir la vida en vivo y en directo.