Para mi amiga María Isabel.
Por James Cifuentes Maldonado.
Generalmente invocamos a Dios en las
malas, pero eso es de lo más normal, es inherente a la naturaleza humana; nos encomendamos
a esa imagen clara o difusa de él en los
momentos de miedo o de angustia, de
tragedia, de fatalidad o de mero riesgo, así como cuando amagamos caernos o
estamos en la oscuridad y llamamos a nuestra progenitora con ese gritico de ¡ayy amaá! que nos sale involuntario, espontáneo;
la diferencia es que para algunos la mamá existe y para otros por lo menos
existió, en tanto que Dios, es un recurso basado en la Fe, es una construcción
y en algunos casos un artificio atado a la cultura y a la cosmogonía de los
pueblos, en lo que llaman religión; Dios es el amigo imaginario que cada quien
debería concebir a su manera.
Lo bueno de las religiones, las de
oriente o las de occidente, el cristianismo o
el islam, el budismo o el hinduismo, es que generalmente están
sustentadas en principios de paz, amor, solidaridad, bondad, compasión y comportamiento
recto; de hecho son muchos los casos de personas de vida desordenada, violenta y
hasta delictuosa que terminan convertidos a una determinada creencia como un
vehículo, como un tótem, como una oportunidad que les permite focalizarse en
unas conductas y en unos preceptos que les facilitan cambiar y progresar.
Lo malo de las religiones es su
organización, su arquitectura, y las jerarquías universales, que muy tiesas y
muy majas decretan sus ritos a la feligresía sin ninguna posibilidad de
divergencia o discernimiento; lo reprobable de las religiones es que a uno le impongan
cómo, cuándo y dónde hablar con Dios.
Lo terrible de algunas religiones,
sobre todo las judeo-cristianas es que en su promesa del paraíso, de la
recompensa y de la salvación son excluyentes y descalifican las creencias que
se basan en valores, en símbolos y en santidades diferentes, y eso es perverso
porque por esencia las religiones son especulativas y ninguna en el plano de la
racionalidad resiste la más mínima prueba que demuestre sus milagros o su dogmática;
ahí no hay métodos científicos, porque precisamente la gracia consiste en creer
o no creer, porque no hay más opción ante las incertidumbres insalvables de la
vida pero sobre todo de la muerte.
La idea de Dios es tan personal como
el aliento y en perjuicio de esta premisa es que los fanáticos religiosos se
vuelven insoportables, con su permanente actitud invasora, con su “misión” de engrupir,
de convencer, de evangelizar, de crearnos la idea del pecado, para generarnos
la culpa que no tenemos y vendernos la cura y la salvación que no estamos
pidiendo.
Indistintamente de la concepción que
tengamos de Dios, todos nos reservamos el soberano derecho de pedir cuando
estamos en las malas pero también tenemos el deber de no olvidar, de reconocer
y de agradecer cuando nuestros días son dichosos.
Pero la verdad es que si, por distantes
o lejanos que estemos respecto del concepto de Dios y aun en los casos de personas que
definitivamente creen que no existe, en los momentos de gran dificultad, cuando
no hay nada que hacer frente al infortunio, cuando las soluciones y los
remedios no dependen de nadie y mucho menos de nosotros, cuando nos sentimos perdidos
y solos, siempre nos queda una esperanza, esa última mirada interior, ese
silencio o esa oración, para que sea lo que tenga que ser.
Para poner unos pocos ejemplos, de
muchos que se podrían citar, de Dios nos acordamos y a Dios llamamos: cuando nuestros
hijos se enferman; cuando nuestro
negocio quiebra; cuando nos quedamos sin trabajo; cuando vamos a la cárcel o
cuando un ser querido muere, lo cual no prueba nada nuevo, solo evidencia nuestra
condición de seres inmensamente necesitados, pasajeros y nuestra gran fragilidad.

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