La muerte en su inminencia, en su naturaleza inexorable, en su realidad, cada vez que se lleva uno de los nuestros, a través del vacío que nos deja, es un llamado a la conciencia, un lúgubre y breve recordatorio, para que no cesemos en la búsqueda del verdadero sentido de la vida; es una invitación a fijar los ojos en el reloj y seguir el lento pero constante movimiento del segundero, para entender, cuando se completa cada vuelta, que nos queda un minuto menos para ser, un minuto menos para estar.
La verdad incontestable de que algún día nos iremos, que desapareceremos, dejando nuestro propio vacío, es un estímulo a aprovechar cada momento, a exprimir cada instante, disfrutando más de los seres que nos quieren y que queremos, porque no es seguro que la eternidad signifique otro tiempo, porque es incierto que volvamos a verlos.
Porque, al final, por prósperos que hayan sido quienes ya se fueron, vacío y silencio, es lo único que de ellos tendremos, y, de la soledad, nos rescatarán solo los recuerdos.
James Cifuentes Maldonado