Por James Cifuentes Maldonado
La ciencia ha sido útil para hacer más cómoda la estadía y asegurar el predominio de los humanos en este mundo; nos ha explicado de dónde venimos, según la evolución; nos ha ayudado a comprender las maravillas de la creación y nos ha llevado a descubrir la cura para muchos de nuestros males. La inteligencia humana ha permitido el desarrollo de sorprendentes inventos y hemos extendido las fronteras de nuestro conocimiento hacia la inmensidad del cosmos, para tener la certeza de que nuestro planeta azul solo es una pequeñísima porción de agua y de roca, en un rincón del vasto e infinito universo; pero, en todo caso, la ciencia no ha logrado resolver el misterio de la vida y la muerte.
En este escenario de incertidumbre, que en términos generales es el mismo hoy que hace 2000 o 5000 años, se sustenta la necesidad de “Dios”, para llenar los vacíos y resolver los misterios de la naturaleza; la “Fe”, un instrumento del hombre para generar respuestas a la medida de sus esperanzas y para aferrarnos a la idea de que hay algo más, porque toda esta perfección no puede terminar en mero silencio y vacío, porque tiene que haber una explicación más plausible y más sublime que solamente un accidente de la materia en una gran explosión precedida de la nada.
Todas estas ideas y necesidades espirituales del ser humano, sobre su origen, su misión, sus virtudes, sus pecados, su castigo y su salvación, surgidas de sus más profundos miedos y dudas, se han desarrollado en un conjunto de creencias colectivas, en un fenómeno social llamado religión; porque algún día, en algún lugar, un iluminado, sin testigos, resolvió las preguntas y encontró la verdad, la verdad que muchos otros nos apropiamos, sin lógica y como último recurso, o que simplemente nos impusieron, pero que, al fin al cabo, nos permite armar el rompecabezas de la existencia y tener algo de paz para continuar.
La ciencia ha sido útil para hacer más cómoda la estadía y asegurar el predominio de los humanos en este mundo; nos ha explicado de dónde venimos, según la evolución; nos ha ayudado a comprender las maravillas de la creación y nos ha llevado a descubrir la cura para muchos de nuestros males. La inteligencia humana ha permitido el desarrollo de sorprendentes inventos y hemos extendido las fronteras de nuestro conocimiento hacia la inmensidad del cosmos, para tener la certeza de que nuestro planeta azul solo es una pequeñísima porción de agua y de roca, en un rincón del vasto e infinito universo; pero, en todo caso, la ciencia no ha logrado resolver el misterio de la vida y la muerte.
En este escenario de incertidumbre, que en términos generales es el mismo hoy que hace 2000 o 5000 años, se sustenta la necesidad de “Dios”, para llenar los vacíos y resolver los misterios de la naturaleza; la “Fe”, un instrumento del hombre para generar respuestas a la medida de sus esperanzas y para aferrarnos a la idea de que hay algo más, porque toda esta perfección no puede terminar en mero silencio y vacío, porque tiene que haber una explicación más plausible y más sublime que solamente un accidente de la materia en una gran explosión precedida de la nada.
Todas estas ideas y necesidades espirituales del ser humano, sobre su origen, su misión, sus virtudes, sus pecados, su castigo y su salvación, surgidas de sus más profundos miedos y dudas, se han desarrollado en un conjunto de creencias colectivas, en un fenómeno social llamado religión; porque algún día, en algún lugar, un iluminado, sin testigos, resolvió las preguntas y encontró la verdad, la verdad que muchos otros nos apropiamos, sin lógica y como último recurso, o que simplemente nos impusieron, pero que, al fin al cabo, nos permite armar el rompecabezas de la existencia y tener algo de paz para continuar.
La religión, panacea o estafa que, en la mayoría de sus manifestaciones y cuando no se revuelve con política, es un loable compendio de reglas y de explicaciones fantásticas y sobrenaturales, encaminado a que los hombres tengamos un modelo de comportamiento, que asegure nuestro encuentro con ese Dios bondadoso que alguien imaginó por nosotros y que nos espera en la otra forma de vida, en la vida eterna, que según la fe, es más importante que la vida terrena (he ahí el truco); teniendo claro que la fe no es ciencia, no es una teoría, es una revelación y por lo tanto no admite pruebas ni refutaciones. Se trata de creer, sólo creer, así las evidencias sugieran otra cosa; creer, porque, de lo contrario, apague y vámonos.
