Por: James Cifuentes Maldonado
Dedicado a mi hija Isabela, para que no abandone su pasión por la lectura.
A mis casi 44 años, me duelo de no haber leído lo suficiente, y, si me detengo a considerarlo, tengo que admitir que no hay razones justificadas para ello.
Para personas de mi origen, generalmente las facilidades de estudiar y de conocer el mundo, nos llegan un poco tarde, cuando ya nos hemos debido abrir camino a pulso y con mucho esfuerzo, porque no nacimos propiamente con el pan bajo el brazo; cuando ya hemos logrado una posición en la familia y en la sociedad, basada en el trabajo y en la formación profesional, con los escasos recursos y las oportunidades que hemos ido arañando; cuando ya hemos levantado nuestra propia prole y la economía nos da un respiro; cuando incluso ya nos hemos pensionado, si es que los de mi generación alcanzáramos a gozar de semejante privilegio; en resumen, a los de mi clase, muchas cosas buenas de la vida, en especial las comodidades y el conocimiento, nos llegan cuando ya nos hemos hecho viejos.
Como lo planteara el Ringo Bonavena, el famoso boxeador argentino, al que yo suelo parafrasear así: “la experiencia es algo como un peine que llega a nosotros cuando ya se nos ha caído el pelo". Y el Ringo sí que sabía de eso, porque, siendo hijo de una lavandera, a punta de carisma y la fuerza de sus puños se hizo un lugar en la elite del boxeo pero, más importante que eso, se hizo querer del pueblo.
La cita del Ringo Bonavena no es gratuita, tiene dos connotaciones, la primera, que algún día la leí en un libro y jamás la olvidé, lo que prueba que, como lo pregonan en un programa radial de Caracol, "quien lee un libro nunca vuelve a ser el mismo", y la segunda implicación es que, a mis casi 44 años, por fin tengo claro el valor de la lectura y debo lamentarme por haber dejado pasar 30 años de mi vida sin haber leído si quiera un libro al mes, que desperdicio tan grande, esa es la experiencia y el conocimiento que hubiera querido tener antes y no después; ahora ruego para que la providencia me regale 30 años más para desatrasarme, pero eso no me lo garantiza nadie.
Lo anterior me lleva a dirigirme a los jóvenes, a quienes apenas empiezan a familiarizarse con la lectura, a ellos para que se atrevan a conocer los clásicos, antes que se los pongan de tarea; para que en el colegio y en la casa lean por gusto y no por obligación; para que no desaprovechen el tiempo; para que descubran que, a falta de presupuesto y pasajes de avión o de barco, el mundo también se puede conocer a través de los libros; porque leyendo hay un doble beneficio, de un lado aprenderán la cosas que difícilmente alguien más les enseñará y, como valor agregado, tomarán miles de kilómetros de ventaja sobre los demás, en cultura, por supuesto, sabiendo que, la cultura que se adquiere de manera libre y espontánea, vale más que cualquier título o cartón de universidad.
