Por: James Cifuentes Maldonado.
Mi gusto por el fútbol, siempre ha sido inversamente
proporcional a mi talento para ese deporte, por eso, de muchacho, cuando
picaban la recocha en el barrio, nadie me escogía y me dejaban de ñapa para el
equipo que hiciera el primer gol y… adivinen…, me ponían de arquero en un arco
formado por dos piedras, de un metro de ancho, mejor dicho me dejaban ahí
sembrado y mi única función era no moverme, con eso ya colaboraba mucho.
Mi desquite deportivo fue en las bielas; en la
bicicleta, en el esfuerzo individual me fue mejor, tanto que formé parte de la
liga departamental de ciclismo y tuve la oportunidad de correr en varios
certámenes nacionales, pero este deporte, además de condiciones requiere,
ciertas coincidencias para salir adelante y muchas de ellas tienen que ver con
el apoyo económico y eso era complicado en mi caso y en mi época, y mucho más
para ciclistas pisteros (de velódromo)
como lo era yo. Por eso me
retiré, cuando un técnico de la liga al
cual no le simpaticé, me dijo que, a mis
21 años, yo ya estaba muy viejo, y tal vez tenía razón ese señor, porque yo a
esa edad no había ganado nada significativo, aparte del honor de competir y de
ponerme ese hermoso uniforme verde de Risaralda con sus 14 estrellas.
De mi época de ciclista me quedan los valores
deportivos, la tenacidad para superar el dolor,
el cansancio y las dificultades, la disciplina de prepararme todos los
días y la solidaridad de trabajar en equipo por un objetivo común y superior,
no tanto por mi mérito personal sino por el reconocimiento de la tierra que
representaba, y todo eso, al final, en
la formación de una persona, hace la diferencia entre el bien y el mal, entre
el éxito y el fracaso, cualquiera que sea el camino que tome cuando ya no sea
deportista.
En mi caso, habiendo dejado atrás el ciclismo
competitivo, terminé mi bachillerato, y por aquello de las coincidencias que
mencioné antes, tuve la suerte de ir a la universidad (la Libre de Pereira) y
me hice abogado, y hace ya casi 16 años que ejerzo profesionalmente en una
empresa en la cual he tenido el reconocimiento y el privilegio de hacer carrera
desde el primer peldaño, hasta el lugar que hoy ocupo como Secretario General.
Con esta historia, que pareciera de vanidad, pero que
no es tal, aunque a veces no sobra el alimento para el ego, pretendo dejar un
testimonio para todas aquellas personas, especialmente los jóvenes, que han
tenido barreras y dificultades para realizar su proyecto de vida. Es posible
que empezando nos encontremos en el lugar equivocado, como yo, cuando pretendí
jugar fútbol y aun cuando quise ser ciclista, pero luego, si no abandonamos las
ideas ni los sueños, y además de eso actuamos y trabajamos en pro de ellos, los
resultados llegarán como una consecuencia natural, no tanto por suerte o
justicia, sino porque el trabajo, el talento y la constancia construyen
espacios para nosotros que nadie más puede ocupar, que serán nuestros en la
medida que nos los ganemos.
A todos los papás, les recomiendo que, además de
educación, inculquen en sus hijos el interés por el deporte, porque la práctica
deportiva, al margen de si se logra el éxito o no, en términos de trofeos y
medallas, es una experiencia que marca a las personas para siempre, con una
huella que generalmente se traduce en principios y valores que ayudan a
construir una sociedad mejor.
Un
mensaje igual doy a los gobernantes, para que fomenten la actividad deportiva e
inviertan en infraestructura para la misma; tal vez así, sacaríamos a los muchachos de las
esquinas donde nada bueno producen y los llevaríamos a las canchas, a los
gimnasios, a las pistas o a las piscinas, para que, al menos, si no llegan a
ser campeones y si no consiguen fama y dinero, sean mejores seres humanos, que
es lo que realmente importa.




