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jueves, 21 de enero de 2016

El dilema de la sostenibilidad.





Por James Cifuentes Maldonado

¿Sabía usted que existe un indicador dispuesto por la regulación colombiana que se llama LMD, que significa Límite de Mortalidad de Delfines? Ni idea, ¿cierto?; Pues bien, el tema tiene que ver con la pesca de atún a través del método de cerco, en cuya práctica resultan afectados los delfines que no pueden escapar de las inmensas redes arrastradas por los barcos atuneros.  Para que se hagan a una idea de las dimensiones del asunto, les comento que mediante la resolución 2220 de 2015 la Autoridad Nacional de Acuicultura y Pesca dispuso que, para los barcos de bandera nacional, que pescan atún en el pacífico, que son 11, puede haber un límite de mortalidad total de 550 delfines para el año 2016, esto es 50 delfines por embarcación. 

La medida gubernamental, según su sustentación, está acorde con las políticas internacionales tendientes a la preservación de la población de delfines y razonada con las necesidades de abastecimiento de alimento para la población.  Por lo tanto, señor lector, cuando usted destape una lata de atún, para disfrutarlo en su receta favorita, tenga presente que muchos delfines han debido morir para satisfacer su hambre y su gusto, lo cual es un enorme y significativo sacrificio, que nos recuerda qué los humanos somos el principal depredador de la tierra.   

Esto también nos debe llevar a la reflexión sobre todas las acciones que los gobiernos deben emprender para conciliar las necesidades de la población frente a la existencia limitada de los recursos naturales, bajo el concepto poco entendido de SOSTENIBILIDAD. Pero más que lo que el gobierno haga, que puede ser mucho o muy poco, porque ello requiere voluntad y esa voluntad generalmente está atada a intereses económicos, es muy importante la posición responsable de cada ciudadano frente a su entorno.  

Está claro que no dejaremos de comer atún y está claro que el mayor impacto medio ambiental lo generan las prácticas de las industrias en general, sin embargo existen muchas acciones elementales que podemos tomar nosotros de cara a la sostenibilidad, por ejemplo: Consumir menos energía eléctrica; seguir insistiendo en la clasificación de las basuras para facilitar el reciclaje; llevar una canasta para transportar el mercado y evitar el empacado en bolsas plásticas; velar por el mantenimiento de los vehículos automotores y reducir emisiones;  racionalizar el uso del agua y, para aquellos a los que les es propicio, utilizar más el transporte masivo o simplemente caminar cada que haya oportunidad.

Vivimos en un mundo cada vez más confortable, pero también más amenazado; sin cuestionarnos cómo y de dónde es que siempre nos llegan los bienes y servicios que consumimos, sin importarnos el precio ni las implicaciones; esperando que sean otros los que se hagan las preguntas y encuentren las soluciones.

miércoles, 13 de enero de 2016

La poesía y el toreo





Por James Cifuentes Maldonado



Comenzó la Feria por lo alto. Fue un espectáculo sobrecogedor para aquellos que entendemos que lo que hizo el torero fue abrirnos de par en par el sentimiento, tocarnos el alma, (…)”. Así inicia un artículo en EL ESPECTADOR, escrito por Alfredo Molano Bravo, con ocasión de la apertura de la Feria de Manizales 2016.

Confieso que nunca he ido a una corrida de toros y que lo más cercano que he estado de esa controvertida fiesta es en unas corralejas en los carnavales de Riosucio. En esa ocasión la plaza estaba atestada, y me pareció extraño que al ingreso del escenario estaban parqueadas tres ambulancias. Sin embargo, el desarrollo del espectáculo me daría la explicación; antes de que pasara media hora ya uno de los seis toros que habían soltado para deleite del público, se brincó la barrera, yéndose contra la primera fila, alcanzando a una señora con una herida fatal a la altura del pecho. Luego, uno de los suicidas borrachos que correteaban el redondel burlando al toro, dio un paso en falso y fue corneado en la cara y salió en camilla con un ojo por fuera de su órbita. Otro de los espontáneos “toreros” perdió la carrera con el animal y fue gravemente lesionado. Así, al final resultó que las tres ambulancias se quedaron cortas

La orgía de sangre de Riosucio, en verdad fue sobrecogedora, para utilizar el mismo adjetivo del inspirado Alfredo Molano, tanto que decidí no volver a un evento de este tipo. Obviamente los amantes del arte de cúchares, que así le dicen al toreo en homenaje a un famoso diestro español, entre cuyos méritos estuvo que nunca se dejó cornear, dirán que yo estuve en el lugar equivocado, que tenía que haberme ido para la feria, que lo de Riosucio era mero pueblo y guachafita.

En la Monumental de Manizales, además de pavas, mujeres bonitas, machos alfa y manzanilla, en ese glamuroso ritual de esnobismo de los grecocaldenses, hubiera visto una corrida de verdad, una en la que el que corre, se arrastra y muere es el toro, avasallado y aniquilado por el hombre del traje de luces, para el éxtasis de los espectadores, en medio del apasionado coro del OLE OLE; con la descripción exultante de los relatores que, aun siendo más colombianos que la aguapanela, se solazan llevando el castellano a límites insospechados de la prosa y de la lírica, con expresiones que solo ellos entienden, con ese curioso acento español que se les acaba cuando termina la faena.

Siquiera no he ido a la Monumental; en las corralejas de Riosucio, tristemente, por las víctimas que pagaron caro su gusto y su imprudencia, los toros ganaron y salieron vivos, pero eso me pareció más digno, que el combate desigual, brutal y bárbaro de la tauromaquia en la respingada Feria de Manizales, ciudad que, hay que decirlo, está muy bonita y por suerte en sus fiestas ha habido mucha variedad de eventos de gran aceptación popular, no solamente toros.