Por James Cifuentes Maldonado
¿Estimado lector, al ir a la panadería, usted
compraría un pan que venga mordido?
Pues bien, los individuos, figurativamente somos
como panes mordidos, y los mordiscos que llevamos en nuestro cuerpo y en nuestra
conciencia, algunos llegan a ser conocidos en el seno familiar o públicamente, mientras
que otros bocados, grandes y pequeños, están bien guardados, refundidos en la
bóveda de nuestra mente, sólo nosotros sabemos de ellos y no tenemos la
intención de discutirlos con nadie; no se los contamos ni siquiera a la
almohada, es más, nos apesadumbra recordarlos, pero ahí están. Son cicatrices
de acciones y procederes que no nos enorgullecen, de asuntos de mayor o menor
importancia, según como se les mire o el tiempo que haya pasado desde su
ocurrencia, son lunares sobre los cuales edificamos nuestra existencia.
Luego, tan mordisqueados como somos, por
fuera y por dentro, si fuéramos panes, no nos querrían, nadie se quedaría con
nosotros, porque no somos íntegros porque moralmente no estamos completos.
Sobre la palabra Integridad este es el
listado de sinónimos que he podido ubicar: Honradez, rectitud, probidad,
entereza, responsabilidad, honestidad, decencia y lealtad; a su vez cada una de
esas acepciones nos remiten a otros significados como: dignidad, sinceridad,
ecuanimidad, bondad, justicia, fidelidad y decoro, que, en suma, conforman el
ideal del ser de las personas, como una vara extremadamente alta y difícil de
alcanzar.
Es la integridad entonces un mero decir, un
estado de una persona en un determinado momento, es una estimación propia o una
impresión cierta o infundada de un tercero sobre nosotros, porque hoy somos
íntegros, mañana podemos no serlo. Sabemos si somos íntegros al final de cada
día, cada vez que a solas nos miramos al espejo.
Afortunadamente, sea cual sea nuestro defecto
o aquello en lo que hayamos fallado, finalmente nos aceptamos y nos aceptan, por
la fuerza del amor y del cariño, la solidaridad y el perdón, que constituyen la
mejor parte de la esencia humana. En el
continuo aprendizaje, la experiencia y los errores son como pesados martillos
que golpean el cincel, que pule y da forma a la escultura que somos nosotros
mismos y que, por mucho que nos esforcemos, será como ese “pan mordido” que no
estamos dispuestos a comprar; la alegoría que nos recuerda que no somos
perfectos; sin embargo, solemos exigir la perfección que no hemos dado; por
ejemplo, algunos reniegan no haber sido los primeros en la piel de sus amados, como
si el gusto estuviera solo en descorchar las botellas y no en su contenido, como
si la virtud yaciera entre las piernas.
El mundo está lleno de buenas personas, sin
duda, pero pocos verdaderamente santos; la santidad es un título que los
hombres se conceden entre sí; convenientemente y por política, ese estado de
pureza se le otorga a mortales que en un tiempo específico, pudieron no ser tan
íntegros, porque, se les hubiera notado o no, tuvieron su mácula o su remendado.
Resumo mi perorata con la genialidad de Oscar
Wilde: “Todo santo tiene un pasado y todo
pecador tiene un futuro”.
