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miércoles, 6 de julio de 2016

La metáfora del pan mordido






Por James Cifuentes Maldonado

¿Estimado lector, al ir a la panadería, usted compraría un pan que venga mordido?  

Pues bien, los individuos, figurativamente somos como panes mordidos, y los mordiscos que llevamos en nuestro cuerpo y en nuestra conciencia, algunos llegan a ser conocidos en el seno familiar o públicamente, mientras que otros bocados, grandes y pequeños, están bien guardados, refundidos en la bóveda de nuestra mente, sólo nosotros sabemos de ellos y no tenemos la intención de discutirlos con nadie; no se los contamos ni siquiera a la almohada, es más, nos apesadumbra recordarlos, pero ahí están. Son cicatrices de acciones y procederes que no nos enorgullecen, de asuntos de mayor o menor importancia, según como se les mire o el tiempo que haya pasado desde su ocurrencia, son lunares sobre los cuales edificamos nuestra existencia.

Luego, tan mordisqueados como somos, por fuera y por dentro, si fuéramos panes, no nos querrían, nadie se quedaría con nosotros, porque no somos íntegros porque moralmente no estamos completos.

Sobre la palabra Integridad este es el listado de sinónimos que he podido ubicar: Honradez, rectitud, probidad, entereza, responsabilidad, honestidad, decencia y lealtad; a su vez cada una de esas acepciones nos remiten a otros significados como: dignidad, sinceridad, ecuanimidad, bondad, justicia, fidelidad y decoro, que, en suma, conforman el ideal del ser de las personas, como una vara extremadamente alta y difícil de alcanzar.

Es la integridad entonces un mero decir, un estado de una persona en un determinado momento, es una estimación propia o una impresión cierta o infundada de un tercero sobre nosotros, porque hoy somos íntegros, mañana podemos no serlo. Sabemos si somos íntegros al final de cada día, cada vez que a solas nos miramos al espejo. 

Afortunadamente, sea cual sea nuestro defecto o aquello en lo que hayamos fallado, finalmente nos aceptamos y nos aceptan, por la fuerza del amor y del cariño, la solidaridad y el perdón, que constituyen la mejor parte de la esencia humana.  En el continuo aprendizaje, la experiencia y los errores son como pesados martillos que golpean el cincel, que pule y da forma a la escultura que somos nosotros mismos y que, por mucho que nos esforcemos, será como ese “pan mordido” que no estamos dispuestos a comprar; la alegoría que nos recuerda que no somos perfectos; sin embargo, solemos exigir la perfección que no hemos dado; por ejemplo, algunos reniegan no haber sido los primeros en la piel de sus amados, como si el gusto estuviera solo en descorchar las botellas y no en su contenido, como si la virtud yaciera entre las piernas.

El mundo está lleno de buenas personas, sin duda, pero pocos verdaderamente santos; la santidad es un título que los hombres se conceden entre sí; convenientemente y por política, ese estado de pureza se le otorga a mortales que en un tiempo específico, pudieron no ser tan íntegros, porque, se les hubiera notado o no, tuvieron su mácula o su remendado.  

Resumo mi perorata con la genialidad de Oscar Wilde: “Todo santo tiene un pasado y todo pecador tiene un futuro”.

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