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viernes, 20 de abril de 2018

Pedaleando en la eternidad






Por James Cifuentes Maldonado


El personaje al que me referiré solía decir, “vea doctor, si de matar gente se tratara habría que empezar con los inteligentes, porque los brutos se matan solos”; sentenciaba en sentido figurado, cuestionando el funcionamiento arrevesado del mundo y de la sociedad consumista que gasta más de lo que gana.

Les hablo de Luis Eduardo Jaramillo Largo, ese era su nombre completo, como le gustaba decirlo cuando se presentaba; para quienes lo trataron simplemente era Don Luis, un señor a la antigua, de los que ya quedan pocos.

El nombre puede que no diga mucho al lector que no frecuente la carrera 10; no era un dirigente gremial, ni un destacado empresario, no era socio del Comercio y menos del Campestre, tampoco un político famoso, aunque conoció bastantes en el Palacio Municipal donde también dejó la huella de su trabajo; era lustrabotas de profesión, actividad a la que Don Luis dedicó la mayor parte de su vida y con la que se levantó la papa y prosperó, a su manera, al lado de doña Rosa, a quien solo le fue infiel con la bicicleta, su compañera de los fines de semana.

Caminaba todas las mañanas del Diario del Otún al edificio de Telefónica de Pereira, cuando aún se llamaba así, haciendo escala en Torre Central, cargando su caja roja con la marca de UNE y su butaco; siempre dispuesto, con la pasión y el empeño que ponía en embellecer los zapatos ajenos con cada requintada del trapo y puliendo a dos dedos para lograr más brillo, hasta el último día en que las fuerzas le alcanzaron, a comienzos del año.

Era un viejo terco con la voz hecha girones de tanto usarla, era un conversador nato; lleno de historias y de esa sabiduría que no se consigue en ninguna universidad; se ufanaba de ser feliz y vivir al día, sin deberle un peso a nadie, allá en la Esneda, al otro lado del Rio Otún, con Rosita con quien se daba permiso de tomarse un frasco de vez en cuando; pagaba los impuestos en Dosquebradas pero era más pereirano que La Ruana y el maestro Luis Carlos.

Los varios stent de corazón que le practicaron no lo persuadieron de no salir más en su cicla a las carreteras del Eje Cafetero, muchas veces acompañado de un doctor Angarita del que tanto hablaba, de quien se quejaba porque no le seguía el paso.

La bicicleta quedó colgada, Don Luis ya no pedaleará más; su caja, sus cepillos y sus trapos ya serán como piezas de museo, testimonios del talante y la genialidad de un hombre que fue una celebridad para todos aquellos que tuvimos la suerte y el gusto de conocerlo.