Por James Cifuentes Maldonado
Una de las formas más nocivas y latentes de
corrupción, por la falta de conciencia que hay sobre la misma, se da cuando un
trabajador no presta a cabalidad los servicios por los cuales fue contratado,
es decir, no trabaja el tiempo que le pagan.
Surge entonces una hipótesis a manera de silogismo que invito a analizar:
Si no trabajar por todo el tiempo que nos
pagan, constituye un acto de corrupción, y, si nosotros en ocasiones, por
motivos no razonables, no hemos trabajado la totalidad de nuestra jornada, ¿hemos
sido corruptos?; la respuesta es un rotundo SI.
Los presupuestos de la hipótesis son reales,
se dan todos los días, en todas las empresas, dicen que más en el sector
público que en el privado, pero el hecho es que ese mal existe y mina el
aparato productivo y la competitividad del país, con cierta permisividad y
tolerancia social.
El fenómeno también está presente y, con
mayor impacto, en las prácticas empresariales, porque corrupción también es
consignar información imprecisa o falsa en los empaques de los productos que a
diario compran los consumidores; corrupción es informar que se entregan 500
gramos de un alimento cuando la medida real indica 400; corrupción es la
publicidad engañosa, y, más que corrupto, es conformar carteles para forzar a
los consumidores a pagar más caro un producto o servicio que sería más
favorable, si al mercado no le metieran la mano con esos oscuros pactos, que
van más allá del fraude y de la mera falta administrativa y deberían tener tras
las rejas a los delincuentes de cuello blanco que los han cometido, por ejemplo
con los pañales, el azúcar, el arroz, etc.
En buena hora este gobierno, está presentando
el examen de admisión para que Colombia haga parte del club de buenas prácticas
conocido como la OCDE, Organización
para la Cooperación y Desarrollo Económico, cuya misión es “promover políticas que mejoren el bienestar
económico y social de las personas alrededor del mundo”, según se lee en su
sitio web. Al proceso de adhesión a esta organización, de la cual, vale decir,
solo hace parte Chile, por parte de Suramérica, le debemos virajes y acciones
del gobierno como el aumento en la inspección en las condiciones laborales, los
controles a los carteles de precios, el desmonte de las cláusulas de
permanencia mínima en servicios de telecomunicaciones y la fijación de
políticas para asegurar el correcto tratamiento de los datos personales, entre
muchas otras.
Entonces, corrupción no solamente es
adulterar los sistemas de emisión de gases de los vehículos, la desgracia actual
de la Volkswagen; corrupto también es el que, sin justificación, llega tarde al
trabajo. El mundo civilizado ya no admite que seamos “un poquito corruptos”.



