Por James Cifuentes Maldonado
Nacer
y llegar a este mundo es un hecho maravilloso en el que, según el caso,
contamos con mayor o menor fortuna; normalmente la tenacidad humana nos saca
adelante a través de procesos de aprendizaje y crecimiento, apuntalados en
nuestro propio talento y nuestras habilidades, más el apoyo de la familia y,
por supuesto, sujetos a los designios de la divina providencia; normalmente de
la mano de Dios, nada nos sobra, pero tampoco nada nos falta. Somos a lo largo
de la vida, en mayor o menor medida, felices o infelices, pero al fin y al
cabo, vivimos; vivimos para nosotros mismos o para hacer más plena la
existencia de otros, o, contando con suerte, logramos ambas cosas.
Un
día, tarde o temprano, cuando sea justo, o aun injusto, nos tenemos que ir, y
para eso también hay que contar con la gracia de Dios, porque no todas las
formas de morir son dulces o pacíficas; como mejor posibilidad todos aspiramos
a una muerte apacible en el lecho, en nuestra casa, por el cansancio de la
vejez y el desgaste del cuerpo, con dignidad pero sobre todo sin violencia; o,
en el peor de los casos, recibir el premio de una muerte instantánea, de un
solo tajo.
Pero
resulta que, así como no escogemos cuándo, cómo y dónde nacer, tampoco podemos
elegir como morir, exceptuando los suicidas, que en el fondo tampoco escogen
quitarse la vida, pero que no son el punto de esta reflexión. El caso es que
algunos mueren por enfermedades prolongadas y penosas.
Hoy,
un pariente al que aprecio mucho, está en esa situación, en el umbral de la
vida y la muerte, y yo, que no se rezar, que no se pedirle a Dios, ruego para
que ese pariente encuentre cuanto antes La paz y el descanso ante tanto
padecimiento, como el que ha tenido que soportar en los últimos 5 meses. Hoy
enciendo una luz en mi corazón y enfoco todas mis fuerzas en un solo deseo, que
mi pariente se vaya; consciente de que para mi esposa y su familia significará
una gran tristeza y un inmenso vacío, pero seguro también de que lo que más
necesita ese ser humano es cruzar ese umbral, porque es su derecho ahora,
porque hoy es su única y más justa forma de alivio.
Por
lo pronto espero que ese amigo del que les hablo, y quienes afrontan una
situación igual, puedan completar su viaje al encuentro con la eternidad y con
el creador.
Agradezco
a quienes, discretamente y con sinceridad, se sumen a mi oración.
