Por
James Cifuentes Maldonado
En
el empeño de ser los mejores en lo que hacemos, solemos tener muchos referentes
positivos e importantes, pero también muchos modelos impuestos, muchos puntos
demasiado altos, en un mundo excesivamente competitivo, mezquino, exigente y
falso, que termina por frenarnos, llevarnos a la frustración y, por esta vía ,
a deprimirnos, cuando no encontramos reconocimeinto o aprobación.
Para
sortear esa permanente y compleja lucha es necesario entender que,
primeramente, debemos retarnos y reconocernos a nosotros mismos, para ser los mejores en
nuestro propio y más inmediato entorno.
Como
seres humanos, hay que ser los mejores en nuestra mente y, como profesionales,
los mejores en nuestro puesto de trabajo, porque esos son los espacios que
forman nuestro verdadero dominio, nuestro santuario y nuestro reino, esos son
los escenarios donde, en principio, sólo mandamos nosotros.
Lo
ideal es ganarnos la vida con lo que nos gusta, como el futbolista que es
contratado y le pagan por “jugar”, pero sabemos que no siempre es así,
especialmente cuando empezamos a abrirnos camino.
En
la búsqueda de las oportunidades, no todo depende de nosotros, de nuestros
talentos o de nuestros méritos, porque efectivamente tenemos que interactuar
con otros que toman las decisiones que, para bien y para mal, afectan nuestros
planes y nuestros sueños, sin embargo, sea lo que sea que hagamos, o nos toque
hacer, hay que hacerlo bien, ya sea barrer las calles, construir una casa, gerenciar
una gran empresa, tener una venta ambulante o ser el director de la NASA.
Si
logramos elevar el concepto de nosotros mismos, admitiendo y corrigiendo lo que
no está bien, manteniendo aquello en lo que nos destacamos y, especialmente,
sin cerrarnos a los nuevos aprendizajes, no sólo para adaptarnos al cambio sino
para generarlo, inevitablemente, por la fuerza de nuestras propias acciones,
trascenderemos, para ser mejores más allá de lo que imaginamos.
Hay
que tener claro que en el camino agreste de la vida y de la realización
profesional, la idea y la medida del éxito, así como el valor de nuestras
metas, primeramente los determinamos nosotros mismos.
Nadie,
tiene la autoridad para juzgar y dictaminar nuestro triunfo o nuestro
fracaso. Tan exitosa puede ser la mujer
que renuncia a su carrera para criar a sus hijos, como aquella que la ejerce
plenamente y con prestigio; así como exitoso puede ser el hombre de negocios
que hace a un lado su emporio para cultivar su vida espiritual o dedicarse a la
filantropía; todo depende de tener claro lo que queremos, lo que nos apasiona y
lo que nos hace sentir bien; sensaciones que, no necesariamente coinciden con
los criterios que la sociedad y los medios de comunicación nos venden y nos
proyectan sobre el bienestar y la felicidad.
