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lunes, 10 de agosto de 2015

SER EL MEJOR; ¿EL MEJOR DÓNDE? ¿EL MEJOR PARA QUIÉN?





Por James Cifuentes Maldonado



En el empeño de ser los mejores en lo que hacemos, solemos tener muchos referentes positivos e importantes, pero también muchos modelos impuestos, muchos puntos demasiado altos, en un mundo excesivamente competitivo, mezquino, exigente y falso, que termina por frenarnos, llevarnos a la frustración y, por esta vía , a deprimirnos, cuando no encontramos reconocimeinto o aprobación.

Para sortear esa permanente y compleja lucha es necesario entender que, primeramente, debemos retarnos y reconocernos a nosotros mismos, para ser los mejores en nuestro propio y más inmediato entorno.

Como seres humanos, hay que ser los mejores en nuestra mente y, como profesionales, los mejores en nuestro puesto de trabajo, porque esos son los espacios que forman nuestro verdadero dominio, nuestro santuario y nuestro reino, esos son los escenarios donde, en principio, sólo mandamos nosotros.  

Lo ideal es ganarnos la vida con lo que nos gusta, como el futbolista que es contratado y le pagan por “jugar”, pero sabemos que no siempre es así, especialmente cuando empezamos a abrirnos camino.

En la búsqueda de las oportunidades, no todo depende de nosotros, de nuestros talentos o de nuestros méritos, porque efectivamente tenemos que interactuar con otros que toman las decisiones que, para bien y para mal, afectan nuestros planes y nuestros sueños, sin embargo, sea lo que sea que hagamos, o nos toque hacer, hay que hacerlo bien, ya sea barrer las calles, construir una casa, gerenciar una gran empresa, tener una venta ambulante o ser el director de la NASA.

Si logramos elevar el concepto de nosotros mismos, admitiendo y corrigiendo lo que no está bien, manteniendo aquello en lo que nos destacamos y, especialmente, sin cerrarnos a los nuevos aprendizajes, no sólo para adaptarnos al cambio sino para generarlo, inevitablemente, por la fuerza de nuestras propias acciones, trascenderemos, para ser mejores más allá de lo que imaginamos.

Hay que tener claro que en el camino agreste de la vida y de la realización profesional, la idea y la medida del éxito, así como el valor de nuestras metas, primeramente los determinamos nosotros mismos.

Nadie, tiene la autoridad para juzgar y dictaminar nuestro triunfo o nuestro fracaso.  Tan exitosa puede ser la mujer que renuncia a su carrera para criar a sus hijos, como aquella que la ejerce plenamente y con prestigio; así como exitoso puede ser el hombre de negocios que hace a un lado su emporio para cultivar su vida espiritual o dedicarse a la filantropía; todo depende de tener claro lo que queremos, lo que nos apasiona y lo que nos hace sentir bien; sensaciones que, no necesariamente coinciden con los criterios que la sociedad y los medios de comunicación nos venden y nos proyectan sobre el bienestar y la felicidad.