Fue un combate relativamente corto, algo más de una semana, luchando contra la tos, el ahogo y las secuelas de antiguos males con los que convivía y a los que ya estaba acostumbrado, pero que le hicieron vulnerable ante el enemigo silencioso de estos días de pandemia, que derribó con facilidad sus últimas defensas. Rondaban las 9 de la mañana de hoy, quizás, cuando entregó su último aliento, en ese hospital a donde llegó casi muerto para que no lo mataran, según él lo creía.
Alexander se llamaba, era Cifuentes como yo, porque compartimos la cimiente del mismo padre. Las circunstancias nos alejaron desde chicos y no nos frecuentamos tanto como queríamos, para vernos y ser más hermanos, pero debo reconocer que quizás no hicimos lo suficiente, nos conformamos con regalarnos una llamada muy de cuando en cuando. Enfermó y no lo supe, murió a más de quinientos kilómetros de distancia y muy pocos estuvieron ahí, para atestiguar su partida, a las carreras, casi que clandestinamente, como se muere hoy en día, sin tiempo para asombrarnos y que nos duela como nos debe doler, para liberarnos. Ahora tengo de él recuerdos vagos y un llanto que no revienta; nostalgias de un ayer maravilloso de calles, canchas, de balones y de fútbol; imágenes difusas de Alex con sus piernas arqueadas, ideales para jugar y hacer las gambetas que hoy ya no pudo. Desde acá, porque no tengo más opción, le doy el último adiós a mi hermano, con coraje y con bronca, porque no debería estarlo despidiendo sino abriendo los brazos para estrecharlo y recibirlo en ese encuentro que ya no fue, por lo menos no en este mundo.

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