Querido Diario, para que conste en la intimidad y privacidad de la lista de amigos de este blog, te cuento que hoy tuve una situación un tanto confusa, cuando detuve mi vehículo en un semáforo; como suele suceder, un joven, sin que me percatara, empezó a limpiar el vidrio panorámico, y, ya que lo estaba haciendo, procedí a librarme del "problema" entregándole unas monedas de 100 pesos, una forma barata de hacer asistencia social y descargar la conciencia.
Pero sucedió que cuando le iba a entregar mis migajas de dinero, el joven miró el panel del carro y me pidió que le regalara un mini chocorramo, que tenía ahí, que me había dado mi esposa y que había olvidado comer, por las prisas. Ante el pedido del joven mi reacción fue rara, ambigua, porque quería darle el bocado de comida pero también quería negárselo; dárselo por compasión, que no por generosidad, porque regalar un chocorramo no es una gran obra, y, negárselo, porque me sentí manipulado; pues bien, ganó el James "digno" que se resistió a la maniobra del chico de cara menuda, tez blanca y gorra azul.
La luz se puso en verde y me fui con una carga en mi alma más pesada que el carro que me llevaba; las personas que me acompañaban (mi señora y mis hijos) no pronunciaron palabra, estaban desconcertados;
Seguí mi ruta por un buen rato hasta que, cuando tuve oportunidad, hice el giro, me devolví un buen número de cuadras y llegando al mismo semáforo, el joven limpia vidrios estaba ahí y le entregué el chocorramo; el chico me miro a la cara con una mezcla de gratitud pero también de arrogancia, porque finalmente hice lo que él quiso.
Volvió la luz verde y me fui, pero mi alma no logró quedar en paz, porque no supe si hice bien o si hice mal. Pero sobre todo porque me quedé pensando, que ante los problemas de la sociedad no hacemos nada, porque hay un mundo en desgracia más allá de las ventanas de nuestras casas y de nuestros carros, un mundo por el que podríamos hacer mucho más.
No quedé sereno, porque mientras haya niños y niñas en las calles explotados y expuestos a la mala vida, a los vicios, a la inseguridad y al abandono, nadie en nuestras ciudades debería dormir tranquilo.
Ahora en campaña, sería bueno, preguntarles a nuestros líderes, a nuestros dirigentes, a nuestros gobernantes, si tienen iniciativas para inspirarnos, para propiciar políticas sociales y soluciones estructurales y de fondo, que me eviten a mí, y a muchas personas, estrujarnos el alma y devanarnos los sesos pensando en las formas de hacer más por la comunidad, que no sean regalar tres monedas y un chocorramo.
