Por: James Cifuentes Maldonado
A mí en principio me resultaba fastidiosa la frase de Pacho Maturana, aquella de que "perder es ganar un poco", pero, por
vana e irritante que parezca esa genialidad, es perfectamente aplicable a lo sucedido a la Selección
Colombia en el presente mundial de fútbol y procedo a explicar por qué:
Tuvimos una primera fase de ensueño con cifras redondas,
9 puntos y nueve goles; superamos con
solvencia los octavos de final, mostrando en general un fútbol fino y exquisito,
tanto a nivel colectivo como a nivel individual, con las figuras destacadas de
James, Cuadrado, Yepes y Ospina.
Pero en cuartos
de final salimos desconcertados por la presión de todo un estadio y el ímpetu
desesperado de los jugadores brasileños y no aguantamos el chaparrón de los primeros
20 minutos como lo mandaba el libreto de Pekerman, porque caímos en el minuto
7. Para colmo de males no supimos asimilar el golpe del primer gol y jugamos el
primer tiempo de manera precipitada con el frenesí de revertir la situación lo
antes posible.
Nos acordamos de
jugar como sabemos en el segundo tiempo, pero nuevamente una situación de
pelota quieta incidió en el marcador y dio origen al segundo gol, irónicamente
nacido de una falta de la gran figura colombiana, James Rodríguez, y la anotación de
David Luis, impecable, indiscutible y más meritoria que el primer gol de Thiago
Silva.
El penalti convertido
por James faltando 10 minutos del fin del tiempo reglamentario nos volvió la fe y la
ilusión y Colombia en lo sucesivo se adueñó de la cancha frente a un Brasil desconocido, rechazando y reventando
balones sin dirección y sin ningún criterio.
Pero el tiempo pasó implacable y el partido acabó, para dicha y delirio
de casi todos los asistentes al estadio Castelao de Fortaleza.
A Colombia no le
faltó talento ni oficio, porque seguiré pensando que exhibió el mejor
fútbol del mundial, pero le faltó cabeza fría y aplomo en el momento decisivo, precisamente
en la instancia donde los errores no tienen segunda oportunidad, aquí es donde uno
viene a entender qué es lo que se gana cuando se pierde.
Viendo los
partidos de Alemania - Francia, Argentina - Bélgica, y Holanda - Costa Rica, se nota que fueron juegos cerrados, por momentos sosos, definidos con un solo gol e incluso en
penaltis, concluye uno que los equipos que juegan cuartos de final saben y
están mentalizados en que se pueden ir del torneo, que no se pueden equivocar y por lo tanto extreman los
cuidados y la aplicación táctica para
evitar ser vulnerados, así eso vaya en contra del espectáculo. Siendo así, yo, de haber sido el técnico, hubiera montado la herradura y me hubiera colgado de los palos con el equipo completo, mientras a Brasil se le bajaban las revoluciones, pero no fue así y nos dejamos arrollar y nos quebrantaron el arco con una jugada desafortunada de principiante.
El anterior es a
mi juicio el gran aprendizaje que debe capitalizar Colombia.
Llegar a una
final de un mundial de fútbol no es sólo cuestión de talento y méritos, hay que
entender que las ejecutorias de las fases previas ya no cuentan porque los enfrentamientos en el "mata mata" se hacen más
exigentes en defensa, más recios y menos
propicios para el juego bonito, cobrando especial valor y significado el componente de la
experiencia, la historia y por ende la jerarquía. Y no es que diga que los colombianos
no reúnen esas condiciones, pero es innegable
que además de la localía, en el juego
que nos despidió del mundial pesaron los 5 títulos del rival y faltó de nuestra parte esa maña, esa pausa y esa marrulla que tanto criticamos de equipos como Argentina o Uruguay, pero que tan efectiva
les resulta.
Brasil por historia es calificado como exponente de un fútbol alegre, generoso en técnica y floritura, pero contra Colombia no hicieron gala de esa
tradición porque no era la ocasión, porque la premisa era ganar, y lo
consiguieron, así fuera traicionando sus principios y arrollando al
contrincante con base en el juego atropellado y fuerte, por supuesto con la complacencia del
árbitro.
Vaya pues mi reconocimiento
para el filósofo chocoano, porque efectivamente perder cuando se aprende no es
perder; pueda ser que en la próxima Copa América y el próximo mundial, nuestra
selección valide con más y mayores éxitos esta máxima, que, aunque simple y obvia, no debe ser despreciada.
Nota al cierre:
Yo
confieso ante todos mis lectores, que he pecado de envidia y egoísmo, porque viendo el partido de esta
tarde, entre Costa Rica y Holanda, tuve el perverso deseo de que perdieran los “ticos”,
porque no soportaba la idea de que llegaran tan lejos con "tan poco" y que mi querida
selección se hubiera quedado a mitad de camino con tanta magia y tanto crack. Es obvio que pudo más mi baja pasión, porque en justicia hay que decir que Costa Rica con su muro defensivo adelantado y aun sin contar con un juego vistoso, terminó el mundial invicta, con solo dos goles en contra y eliminada por la suerte de los penales. Eso es ya toda una proeza, sin mencionar que eliminó al grupo de la muerte y que en teoría era la cenicienta.
