Por
James Cifuentes Maldonado
Muchos
de los que pretenden, acceder a los cargos de elección popular lo hacen
escuchando su propia voz y no la de los electores; lo hacen mirándose al espejo
e imaginando cuán lejos podrán llegar; lo hacen porque, además de concebir
esos cargos como una plataforma para mover influencias e influenciar, ven el
ejercicio de ese poder como su propio plan estratégico y no el plan del
colectivo al cual se deben.
No
sugiero que la carrera política no deba tener los reconocimientos que aseguren
la manutención y hasta la prosperidad del político, lo que digo es que eso no
puede doblegar la vocación de servicio, que debería ser el fin primario de la
política.
Los
cargos públicos, incluidos los de elección popular, implican una posición de
privilegio, pero sobre todo de honor, en la cual el servidor debe rendir pleitesía
al elector y en general al pueblo, y no al revés. Esto contrasta con el tratamiento que los
ciudadanos reciben en sus interacciones con el Estado, donde sus solicitudes no
son derechos sino ruegos y sus necesidades no son el objeto del cargo del
funcionario que atiende la ventanilla, sino miserias que los convierten en
mendigos. Y esto es así porque muchos funcionarios llegan a su cargo como un
botín del señor que ganó las elecciones, por tanto, la gratitud y el compromiso
son para el político y no para la ciudadanía.
No
habrá buenos alcaldes, ni buenos gobernadores, ni buenos concejales o
diputados, si los aspirantes sólo ven en ello una camino para sacar adelante su
proyecto de vida; y no los tendremos, si la política sigue siendo vista simplemente
como una empresa de un individuo avispado y metelón, secundada por otras
personas, con el único fin de administrar la burocracia, hacer negocios y mover
las palancas para rentar los recursos públicos en beneficio particular.
Pero,
inspirados en la buena fe, asumamos que, quienes aspiran a cargos públicos y de
gobierno, se lanzan a ello con las mejores intenciones y con el mismo
romanticismo con el que yo escribo este artículo; eso nos llevaría a pensar que
la raíz del problema no solamente está en los individuos sino también en la forma en
que, en la práctica y desde la conciencia colectiva se concibe lo público,
porque “lo que es de todos es de nadie”
y “lo que nada nos cuesta volvámoslo
fiesta”.
Puede ser que, cuando ya
se es concejal, alcalde, gobernador, diputado o parlamentario, ejerciendo el
cargo dentro de esas corporaciones, se activan unos códigos y unos intereses
que los elegidos no pueden superar y que los desvían de los fines para los
cuales se hicieron elegir, que los hace abandonarse a la suerte de llenar su
propio costal.
