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viernes, 2 de octubre de 2015

LOS ELEGIDOS Y LOS ELECTORES





Por James Cifuentes Maldonado



Muchos de los que pretenden, acceder a los cargos de elección popular lo hacen escuchando su propia voz y no la de los electores; lo hacen mirándose al espejo e imaginando cuán lejos podrán llegar; lo hacen porque, además de concebir esos cargos como una plataforma para mover influencias e influenciar, ven el ejercicio de ese poder como su propio plan estratégico y no el plan del colectivo al cual se deben.

No sugiero que la carrera política no deba tener los reconocimientos que aseguren la manutención y hasta la prosperidad del político, lo que digo es que eso no puede doblegar la vocación de servicio, que debería ser el fin primario de la política. 

Los cargos públicos, incluidos los de elección popular, implican una posición de privilegio, pero sobre todo de honor, en la cual el servidor debe rendir pleitesía al elector y en general al pueblo, y no al revés.    Esto contrasta con el tratamiento que los ciudadanos reciben en sus interacciones con el Estado, donde sus solicitudes no son derechos sino ruegos y sus necesidades no son el objeto del cargo del funcionario que atiende la ventanilla, sino miserias que los convierten en mendigos. Y esto es así porque muchos funcionarios llegan a su cargo como un botín del señor que ganó las elecciones, por tanto, la gratitud y el compromiso son para el político y no para la ciudadanía. 

No habrá buenos alcaldes, ni buenos gobernadores, ni buenos concejales o diputados, si los aspirantes sólo ven en ello una camino para sacar adelante su proyecto de vida; y no los tendremos, si la política sigue siendo vista simplemente como una empresa de un individuo avispado y metelón, secundada por otras personas, con el único fin de administrar la burocracia, hacer negocios y mover las palancas para rentar los recursos públicos en beneficio particular.  

Pero, inspirados en la buena fe, asumamos que, quienes aspiran a cargos públicos y de gobierno, se lanzan a ello con las mejores intenciones y con el mismo romanticismo con el que yo escribo este artículo; eso nos llevaría a pensar que la raíz del problema no solamente está en los individuos sino también en la forma en que, en la práctica y desde la conciencia colectiva se concibe lo público, porque “lo que es de todos es de nadie” y “lo que nada nos cuesta volvámoslo fiesta”. 

Puede ser que, cuando ya se es concejal, alcalde, gobernador, diputado o parlamentario, ejerciendo el cargo dentro de esas corporaciones, se activan unos códigos y unos intereses que los elegidos no pueden superar y que los desvían de los fines para los cuales se hicieron elegir, que los hace abandonarse a la suerte de llenar su propio costal.