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viernes, 13 de junio de 2014

...Y me la jugué con Santos…

Por: James Cifuentes Maldonado.

 


Siempre he tenido una vocación humanista, porque la naturaleza me echó al mundo sin habilidades técnicas ni matemáticas, por desgracia pero a la vez por fortuna, porque eso me alejó del pragmatismo y la simpleza de las ciencias exactas, y por esa vocación me hice abogado, siendo el Derecho la menos exacta de las ciencias, pero, dada su naturaleza, la que más refleja o proyecta lo mejor y lo peor de los seres humanos; porque el Derecho para bien o para mal es una obra humana, y esa ha sido la razón de todas mis inquietudes.  

Por mi condición de profesional hecho a pulso, aprovechando al máximo las ventanitas de oportunidad que la vida me ha dado, considerando que provengo de un hogar de estrato 2, tirando a 1, en el cual nunca nada fue fácil, he podido desarrollar una gran sensibilidad sobre lo social y, por este conducto, sobre lo político….

…Todo este preámbulo existencial para decir que me gusta la política.

Me gusta la política, como me gusta el futbol, sin ser futbolista, porque en el sentido práctico nunca he ejercitado la política entendida esta como actividad proselitista o electorera.  En mi juventud trasegué por varias organizaciones cívicas y comunitarias pero me aparté de ellas porque descubrí dos cosas: Primera: Casi todas las causas, hasta las más nobles e inocentes,  esconden fines políticos de los cuales uno no es informado claramente y   segunda, porque tenía que trabajar, porque como dijo Jesucristo, “el que no trabaja no come”, bueno, no estoy seguro si Cristo dijo eso, porque la religión tampoco es mi gran fortaleza, pero no hay duda que es verdad.

Mis ideas son liberales, respeto las instituciones, la diversidad de opiniones,  y creo en las formas democráticas de hacer patria y de buscar un Estado progresista y más justo;  por estas razones no he acompañado, nunca, el proyecto político del Uribismo, reconociendo que el señor Uribe ha sido un revolucionario en la forma de hacer política, que le inyectó al país un nuevo dinamismo  con su “trabajar, trabajar y trabajar”,  y otras cosas buenas que Colombia le debe a ese insigne paisano. 

Porque para mí, no solo importan los fines y los resultados, para mí son esenciales también las formas de hacer las cosas, porque las formas, en oposición a los pragmáticos,  si son sustanciales, y denotan el mayor o menor respeto de un gobernante  hacia las instituciones y la dignidad de cada uno de los ciudadanos.

Cuando se creía terminada la era Uribe, en 2010, emergió como su heredero y continuador Juan Manuel Santos Calderón,  y por obvias razones no di mi voto para que  tan ilustre y aristocrático señor se hiciera presidente, pero Santos, de quien nunca se ha tenido clara su línea ideológica, solo que se mueve al vaivén de las circunstancias y las conveniencias, en su afán de cumplir el sueño infantil de Gobernar a Colombia, como lo soñó Uribe, ese señor efectivamente fue presidente.

Pero, ¡oh  sorpresa!, en el momento mismo en que le imponían la banda presidencial el 7 de agosto de 2010, el monarca Santos, porque siempre he pensado que es el hombre con la sangre más azul de Colombia, sufrió una rara transformación, comenzó a hablar de Paz y, luego de otras sobrevinientes discrepancias burocráticas con el patrón Uribe, se divorció de la “Seguridad Democrática” y  cambió el discurso de la mera fuerza  por el de los diálogos y el de la negociación como alternativa para acabar con el conflicto colombiano, y ahí si, como diría Cantinflas, ahí si fue que nos fuimos entendiendo.

Y es que, pensaría uno, son tan grandes las aspiraciones de Santos de trascender en la historia de Colombia, porque esas fueron las ínfulas que le dieron su encopetada familia y todos y cada uno de los gobiernos y presidentes, godos y liberales que lo ocuparon en sus administraciones en los últimos 30 años, como escribiente o como  ministro, que se la jugó por la paz,   porque sabía, que de lograrlo, tendríamos que hacerle un busto en cada una de las plazas de nuestros pueblos y ciudades y no sería para menos luego de 60 años de violencia y crueldad en esta guerra sin sentido que vivimos los colombianos.

Y lo que, a mi juicio, comenzó como un cañazo, como un intento más de cajón del gobierno de turno, ha tomado forma, al punto de que ahora, para gozo de muchos y fastidio de otros, la paz es un anhelo con fuerza e impulso propios y sobre todo con credibilidad.   La credibilidad  y la esperanza que depositamos los que  estamos convencidos de que no hay otro camino para la reconciliación nacional, porque Uribe y hasta el mismo Santos,  con sus 8 años de arremetida militar, nos demostraron,  fehacientemente, que si bien la guerrilla no es tan fuerte como para tomarse el poder por las armas, el Estado tampoco tiene los medios para neutralizar su alcance desestabilizador, por lo tanto, seguir en la política del fuego por el fuego no será más que continuar indefinidamente un círculo vicioso de violencia, donde la más perjudicada es la sociedad civil, con todas las consecuencias que ya conocemos de dolor, muerte, desplazamiento y atraso social y económico.

Entonces, es Santos  para mí, como un remedio de sabor raro que no termino por descifrar, pero del cual estoy seguro es más el beneficio que el perjuicio que me puede dar, porque a este país ya le han hecho todo el daño posible, y nada se pierde y, por el contrario, es inconmensurable e inimaginado lo que podemos ganar, permitiendo que “Juanma” prosiga su tarea y termine su intento como en el pasado lo hicieron otros, otros que tuvieron menos convicción y menos compromiso del que ha mostrado este señor, en contra de todas las predicciones.   

Sin duda la tarea no es fácil y tiene muchos enemigos, pero se justifica, porque hay todo un país y tres generaciones enteras que merecemos vivir en paz y saber cuán lejos puede llegar esta nación con toda su potencialidad, con todos sus talentos y calidades, sin el fantasma de la guerra.  


Por todo esto, es que me la he jugado con Santos, como lo han hecho muchos colombianos

JAMES CIFUENTES MALDONADO