Por: James
Cifuentes Maldonado.
Siempre he tenido
una vocación humanista, porque la naturaleza me echó al mundo sin habilidades técnicas
ni matemáticas, por desgracia pero a la vez por fortuna, porque eso me alejó
del pragmatismo y la simpleza de las ciencias exactas, y por esa vocación me
hice abogado, siendo el Derecho la menos exacta de las ciencias, pero, dada su
naturaleza, la que más refleja o proyecta lo mejor y lo peor de los seres
humanos; porque el Derecho para bien o para mal es una obra humana, y esa ha
sido la razón de todas mis inquietudes.
Por mi
condición de profesional hecho a pulso, aprovechando al máximo las ventanitas
de oportunidad que la vida me ha dado, considerando que provengo de un hogar de
estrato 2, tirando a 1, en el cual nunca nada fue fácil, he podido desarrollar
una gran sensibilidad sobre lo social y, por este conducto, sobre lo político….
…Todo este preámbulo
existencial para decir que me gusta la política.
Me gusta la
política, como me gusta el futbol, sin ser futbolista, porque en el sentido práctico
nunca he ejercitado la política entendida esta como actividad proselitista o
electorera. En mi juventud trasegué por
varias organizaciones cívicas y comunitarias pero me aparté de ellas porque
descubrí dos cosas: Primera: Casi todas las causas, hasta las más nobles e inocentes,
esconden fines políticos de los cuales
uno no es informado claramente y segunda, porque tenía que trabajar, porque
como dijo Jesucristo, “el que no trabaja
no come”, bueno, no estoy seguro si Cristo dijo eso, porque la religión
tampoco es mi gran fortaleza, pero no hay duda que es verdad.
Mis ideas son
liberales, respeto las instituciones, la diversidad de opiniones, y creo en las formas democráticas de hacer
patria y de buscar un Estado progresista y más justo; por estas razones no he acompañado, nunca, el
proyecto político del Uribismo, reconociendo que el señor Uribe ha sido un
revolucionario en la forma de hacer política, que le inyectó al país un nuevo
dinamismo con su “trabajar, trabajar y trabajar”, y otras cosas buenas que Colombia le debe a
ese insigne paisano.
Porque para mí,
no solo importan los fines y los resultados, para mí son esenciales también las
formas de hacer las cosas, porque las formas, en oposición a los pragmáticos, si son sustanciales, y denotan el mayor o
menor respeto de un gobernante hacia las
instituciones y la dignidad de cada uno de los ciudadanos.
Cuando se
creía terminada la era Uribe, en 2010, emergió como su heredero y continuador Juan
Manuel Santos Calderón, y por obvias
razones no di mi voto para que tan
ilustre y aristocrático señor se hiciera presidente, pero Santos, de quien
nunca se ha tenido clara su línea ideológica, solo que se mueve al vaivén de las
circunstancias y las conveniencias, en su afán de cumplir el sueño infantil de
Gobernar a Colombia, como lo soñó Uribe, ese señor efectivamente fue presidente.
Pero, ¡oh sorpresa!, en el momento mismo en que le imponían
la banda presidencial el 7 de agosto de 2010, el monarca Santos, porque siempre
he pensado que es el hombre con la sangre más azul de Colombia, sufrió una rara
transformación, comenzó a hablar de Paz y, luego de otras sobrevinientes
discrepancias burocráticas con el patrón Uribe, se divorció de la “Seguridad
Democrática” y cambió el discurso de la mera
fuerza por el de los diálogos y el de la
negociación como alternativa para acabar con el conflicto colombiano, y ahí si,
como diría Cantinflas, ahí si fue que nos fuimos entendiendo.
Y es que,
pensaría uno, son tan grandes las aspiraciones de Santos de trascender en la historia
de Colombia, porque esas fueron las ínfulas que le dieron su encopetada familia
y todos y cada uno de los gobiernos y presidentes, godos y liberales que lo
ocuparon en sus administraciones en los últimos 30 años, como escribiente o
como ministro, que se la jugó por la
paz, porque sabía, que de lograrlo,
tendríamos que hacerle un busto en cada una de las plazas de nuestros pueblos y
ciudades y no sería para menos luego de 60 años de violencia y crueldad en esta
guerra sin sentido que vivimos los colombianos.
Y lo que, a
mi juicio, comenzó como un cañazo, como un intento más de cajón del gobierno de
turno, ha tomado forma, al punto de que ahora, para gozo de muchos y fastidio
de otros, la paz es un anhelo con fuerza e impulso propios y sobre todo con credibilidad. La
credibilidad y la esperanza que
depositamos los que estamos convencidos
de que no hay otro camino para la reconciliación nacional, porque Uribe y hasta
el mismo Santos, con sus 8 años de arremetida
militar, nos demostraron, fehacientemente,
que si bien la guerrilla no es tan fuerte como para tomarse el poder por las
armas, el Estado tampoco tiene los medios para neutralizar su alcance
desestabilizador, por lo tanto, seguir en la política del fuego por el fuego no
será más que continuar indefinidamente un círculo vicioso de violencia, donde
la más perjudicada es la sociedad civil, con todas las consecuencias que ya
conocemos de dolor, muerte, desplazamiento y atraso social y económico.
Entonces, es
Santos para mí, como un remedio de sabor
raro que no termino por descifrar, pero del cual estoy seguro es más el
beneficio que el perjuicio que me puede dar, porque a este país ya le han hecho
todo el daño posible, y nada se pierde y, por el contrario, es inconmensurable
e inimaginado lo que podemos ganar, permitiendo que “Juanma” prosiga su tarea y
termine su intento como en el pasado lo hicieron otros, otros que tuvieron menos
convicción y menos compromiso del que ha mostrado este señor, en contra de
todas las predicciones.
Sin duda la
tarea no es fácil y tiene muchos enemigos, pero se justifica, porque hay todo
un país y tres generaciones enteras que merecemos vivir en paz y saber cuán
lejos puede llegar esta nación con toda su potencialidad, con todos sus
talentos y calidades, sin el fantasma de la guerra.
Por todo esto, es que me la he jugado con Santos, como
lo han hecho muchos colombianos.
JAMES CIFUENTES MALDONADO

