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miércoles, 24 de agosto de 2016

Ser conservador, ser liberal, una cuestión de tiempo.




  
Por James Cifuentes Maldonado.

Ideológicamente el mundo está dividido en conservadores y liberales, y sus distintos matices, tendencias que no son estáticas; el pensamiento evoluciona al ritmo del desarrollo de la técnica, de la ciencia y de los avances sociológicos de la humanidad; luego, comparadas las épocas, es notoria la brecha conceptual entre los unos y los otros. Los conservadores de hace cien años son una exageración para los conservadores de hoy y los liberales de antaño serían ultra godos frente a los que hoy dicen ser de mente abierta. 

La actitud conservadora entraña una resistencia a las nuevas formas de hacer y de pensar, es una talanquera, que algunos llaman prudencia, frente a los nuevos esquemas y todo lo que no encaje con los aprendizajes ya establecidos o  con  las experiencias propias; en resumen el conservadurismo le hace contención a todos aquellos conceptos que nos parecen extraños, no convencionales o que van más allá de lo que nos enseñaron que era la verdad y que constituían el supuesto orden de las cosas.  

El ámbito desde el cual se entiende más claramente la evolución del pensamiento conservador tiene que ver con el ejercicio del poder, con el deseo que naturalmente muchos tienen de que nada cambie que todo siga igual para mantener el control, para sentirse seguros frente a las incertidumbres que traen los cambios y los nuevos liderazgos;  no me refiero únicamente al gobierno de las naciones  que es un asunto muy complejo; basta con mirar la evolución que ha tenido el concepto de la familia con todas las incidencias que han surgido de las nuevas visiones en las que se concibe la unión de dos personas para construir un proyecto, no solamente para conservar la especie sino para sentirse plenos como individuos y como pareja, con hijos o aun sin ellos.  

Hoy los niños, además de nacer con los ojos abiertos, son considerados personas, que antiguamente no lo eran, y son beneficiarios de todas las garantías y protecciones por parte del Estado; las mujeres se desanclaron de las labores domésticas, estudian, trabajan, son empresarias, expresan lo que piensan y deciden si se casan o no; los hombres superaron el rol de meros proveedores del hogar, se están desmarcando de la rudeza que les quedó de haber sido los guerreros, son más humanos y menos machos; son sensibles, ríen, lloran, son gentiles con sus compañeras, acarician y besan a sus hijos y juegan con ellos;  dice mi abuela que hace 50 años eso era exótico. 

En la educación sexual hemos avanzado, puesto que antes del tema no se hablaba, pero falta mucho. Hay que acabar de asimilar que la sexualidad va más allá de la genitalidad y de la reproducción, que la inclinación sexual no es una decisión sino una condición humana, que aquí no hay normales ni anormales, que ser homosexual no es un defecto, que por el contrario es un atributo sustentado en la diversidad, diversidad que debe ser protegida por la ley y las instituciones; he ahí la cuestión.  





jueves, 18 de agosto de 2016

CUANDO LLAMAMOS A DIOS





Para mi amiga María Isabel.


Por James Cifuentes Maldonado.


Generalmente invocamos a Dios en las malas, pero eso es de lo más normal, es inherente a la naturaleza humana; nos encomendamos a esa imagen clara o difusa de él  en los momentos de miedo o  de angustia, de tragedia, de fatalidad o de mero riesgo, así como cuando amagamos caernos o estamos en la oscuridad y llamamos a nuestra progenitora con ese gritico de ¡ayy amaá! que nos sale involuntario, espontáneo; la diferencia es que para algunos la mamá existe y para otros por lo menos existió, en tanto que Dios, es un recurso basado en la Fe, es una construcción y en algunos casos un artificio atado a la cultura y a la cosmogonía de los pueblos, en lo que llaman religión; Dios es el amigo imaginario que cada quien debería concebir a su manera.

Lo bueno de las religiones, las de oriente o las de occidente, el cristianismo o  el islam, el budismo o el hinduismo, es que generalmente están sustentadas en principios de paz, amor, solidaridad, bondad, compasión y comportamiento recto; de hecho son muchos los casos de personas de vida desordenada, violenta y hasta delictuosa que terminan convertidos a una determinada creencia como un vehículo, como un tótem, como una oportunidad que les permite focalizarse en unas conductas y en unos preceptos que les facilitan cambiar y progresar. 

Lo malo de las religiones es su organización, su arquitectura, y las jerarquías universales, que muy tiesas y muy majas decretan sus ritos a la feligresía sin ninguna posibilidad de divergencia o discernimiento; lo reprobable de las religiones es que a uno le impongan cómo, cuándo y dónde hablar con Dios.

Lo terrible de algunas religiones, sobre todo las judeo-cristianas es que en su promesa del paraíso, de la recompensa y de la salvación son excluyentes y descalifican las creencias que se basan en valores, en símbolos y en santidades diferentes, y eso es perverso porque por esencia las religiones son especulativas y ninguna en el plano de la racionalidad resiste la más mínima prueba que demuestre sus milagros o su dogmática; ahí no hay métodos científicos, porque precisamente la gracia consiste en creer o no creer, porque no hay más opción ante las incertidumbres insalvables de la vida pero sobre todo de la muerte. 

La idea de Dios es tan personal como el aliento y en perjuicio de esta premisa es que los fanáticos religiosos se vuelven insoportables, con su permanente actitud invasora, con su “misión” de engrupir, de convencer, de evangelizar, de crearnos la idea del pecado, para generarnos la culpa que no tenemos y vendernos la cura y la salvación que no estamos pidiendo. 

Indistintamente de la concepción que tengamos de Dios, todos nos reservamos el soberano derecho de pedir cuando estamos en las malas pero también tenemos el deber de no olvidar, de reconocer y de agradecer cuando nuestros días son dichosos.

Pero la verdad es que si, por distantes o lejanos que estemos respecto del concepto de Dios y  aun en los casos de personas que definitivamente creen que no existe, en los momentos de gran dificultad, cuando no hay nada que hacer frente al infortunio, cuando las soluciones y los remedios no dependen de nadie y mucho menos de nosotros, cuando nos sentimos perdidos y solos, siempre nos queda una esperanza, esa última mirada interior, ese silencio o esa oración, para que sea lo que tenga que ser.

Para poner unos pocos ejemplos, de muchos que se podrían citar, de Dios nos acordamos y a Dios llamamos: cuando nuestros  hijos se enferman; cuando nuestro negocio quiebra; cuando nos quedamos sin trabajo; cuando vamos a la cárcel o cuando un ser querido muere, lo cual no prueba nada nuevo, solo evidencia nuestra condición de seres inmensamente necesitados, pasajeros y nuestra gran fragilidad.

jueves, 11 de agosto de 2016

Yo no soy, pero...





Cuando decimos: "no soy homofóbico, pero... ", "no soy racista pero..." "no soy xenófobo pero..."; tácitamente se está poniendo en entredicho la sinceridad de la afirmación. Lo que marca la apertura o la posición ideológica de las personas no es lo que dicen sino lo que hacen.

Aquí nadie está proponiendo que volvamos homosexuales a nuestros hijos, que de hecho tengo dos en pleno crecimiento y de cuya orientación aun no puedo hablar, el tiempo lo dirá; a la las personas no las vuelven gays o lesbianas en el colegio, esa es una condición natural y es increíble que en pleno siglo 21 eso no se entienda.

La apología de la homosexualidad no es la política del gobierno y mucho menos de la ministra de educación; lo que está de por medio es el cumplimiento de un derecho fundamental interpretado por la Corte Constitucional al sentenciar que ninguna persona puede ser objeto de discriminación en razón de su condición sexual, sus creencias o su posición en la sociedad; No comparto la dictadura de las minorías pero tampoco estoy de acuerdo con que el poder que se concentra en organismos como la Procuraduría General de la Nación se utilice para excluir, para tergiversar y prejuzgar, cuando debería ser todo lo contrario, para proteger a quienes tienen menos garantías por no encajar dentro de los convencionalismos de la sociedad.