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sábado, 1 de agosto de 2015

LA MALDAD QUE NO NOS EXPLICAMOS



Por James Cifuentes Maldonado


Nuestra esencia animal, inevitablemente, implica que los seres humanos, con todo y lo racionales e inteligentes que somos, desde que nacemos tenemos unas fieras adentro, pero contenidas; amarradas por los principios y valores que aprendimos con nuestra educación, con nuestra formación, en todo el proceso que arranca en la casa, pasando por el colegio, la universidad, la calle e incluso nuestro trabajo, porque trabajando sí que se aprende y se desaprende; y ese proceso nunca termina, porque nunca sabemos cuándo, por preparados que seamos, la vida nos impresionará o nos agobiará tanto que no podamos manejarlo, y algo dentro de nosotros falle y una de las bestias que hay en nuestro interior se desate y haga tanto daño y tanto mal como no podemos imaginarlo. Porque todos, como en la película, podemos tener nuestro propio día de furia. 

Con este planteamiento intento explicar lo inexplicable, las noticias aterradoras de todos los días en nuestro noticiero, noticias como las de esta semana: “Concejal en Soacha abusaba de menores, aprovechando como fachada una escuela de fútbol", infame y perverso; "profesor viola estudiante", terrible porque entonces en quién confiar si no en los maestros, qué hacer si la sal se corrompe; y hace poco en España, "colombiana deja abandonado bebe de dos años en cesto de basura".

Cada vez con más frecuencia se dan masacres protagonizadas por desquiciados en salas de cine, en centros comerciales, en escuelas, donde mueren muchos inocentes, inocentes porque ni siquiera llegaron a sospechar lo que rondaba en la cabeza de sus desadaptados victimarios, que estuvieron sentados a su lado como cualquier ciudadano común y corriente, como un inofensivo joven con pinta de ratón de biblioteca o como un venerable anciano con cara de papá Noel; 

Y así, la lista de ejemplos, recientes y lejanos, de comportamientos inexplicables, son muchos, que nos demuestran la capacidad de autodestrucción de la especie humana; el mundo, con motivos y sin ellos, con razón y sin razón, por capricho, por dinero, por psicosis o por política, es un campo de guerra y la sociedad es un campo minado que en cualquier momento puede explotar a nuestros pies.

Pero mi objetivo no es llamar a la paranoia, sino simplemente hacer consciencia para estar alertas a los detalles, a esas pequeñas cosas en el comportamiento de las personas que nos rodean y que pueden hacer la diferencia entre la tranquilidad y la tragedia. 

Hay que cuidar los niños, hay que saber dónde están, con quién están y, dudar, siempre dudar, porque la confianza equivale a bajar la guardia, momento que es aprovechado por los aberrados que asechan por doquier como lobos con piel de oveja. 

Hay que saber quiénes son nuestros vecinos, no sólo porque en un momento dado pueden hacernos un favor, sino porque podemos evitar un riesgo, cuando el vecino no resulta de buenas costumbres. Hace poco un amigo me contaba que, de su estadía en Alemania, en casa de su hija, le impactó la costumbre que allá se tiene de que, cuando en un conjunto o edificio llega un nuevo habitante, el mismo es presentado formalmente a todos los residentes, por cortesía y por seguridad; parecido a Colombia, en donde podemos vivir 10 años en un apartamento sin saber el nombre o la ocupación del vecino del frente y nos cruzamos todos los días con él, sin ni siquiera mirarnos. 

En general hay que estar atentos y no desestimar ninguna señal, en nuestra casa o en la calle, con los familiares o con los extraños y especialmente no descansar en el intento de formar de la mejor manera a nuestros hijos, lo cual no se limita a satisfacer sus necesidades de manutención y darles un buen colegio; a los hijos, además hay que acompañarlos, educarlos con el ejemplo, con nuestro actuar coherente y con nuestro afecto, resolver permanentemente sus pequeños grandes interrogantes y hacerles sentir que de verdad estamos con ellos; sólo así, en algo, evitaremos que crezcan sintiendo que nosotros o el mundo estamos en deuda, que les debemos, porque esa puede llegar a ser la génesis de gran parte de la maldad y la crueldad que vemos en los noticieros y que no nos cabe en la cabeza, que no podemos explicarnos.