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viernes, 17 de julio de 2015

Los inconvenientes de la paz.


Por James Cifuentes Maldonado
La opinión del señor Caballero, en la Revista Semana , en el artículo “El señor Presidente”, a propósito del nuevo anuncio de la guerrilla de las FARC, sobre un nuevo cese unilateral de hostilidades, en mi sentir, refleja las tensiones y contradicciones de esta sociedad colombiana que se debate entre los sueños de paz y la crudeza de la guerra, hace más de 50 años; un conflicto en el que definitivamente no hay ganadores, porque en el largo plazo todos los que sobrevivimos somos perdedores, sin hablar de los cientos de miles de muertos  que ha dejado la violencia; un conflicto en el que  hay mucha gente acomodada;   gente a la que no le interesa vivir en un país tranquilo, porque en un escenario de paz, sin el fuego de los fusiles en el monte y sin el peso de las botas militares, el modelo de Estado necesariamente debería ser más justo; porque, imaginemos, con una sociedad reconciliada, sin guerrilla, sin paramilitares y sin una fuerza pública de un millón de efectivos, como la que tenemos y que se traga el 4% del producto interno bruto, ¿Qué nos pondríamos a hacer? ¿A quién le echaríamos la culpa de nuestro atraso y de todos nuestros males? ¿De qué hablaríamos?
A mucha gente no le gusta la paz y mucho menos aportar para su consecución, porque el "estado de sitio" y el desorden que produce el terror favorece sus intereses; porque en río revuelto ganancia de pescadores; porque en tiempos de paz solo se puede hablar de derechos, de equidad, de obras y de progreso; por eso la guerra es un caballo de batalla, de pura sangre y de paso fino, del que muchos gamonales no se quieren bajar.
A mucha gente le cae gorda la paz porque, alcanzando dicho estado, no nos quedaría más que trabajar y concentrarnos en desarrollar el potencial que Colombia tiene, con todo y lo que implicaría mirar y tirar para un mismo lado, en este país feudal y de castas. 

Se le pone a uno la piel de gallina al escuchar las continuas declaraciones del general Jaime Ruiz, presidente de Acore (Asociación de Oficiales Retirados de las Fuerzas Militares), con ese tono de voz castrense, tosco, exagerado, casi caricaturesco, descalificando el proceso de paz, simplemente porque si, sin darle una sola oportunidad; olvidando que, si bien los militares deben estar comprometidos en la defensa del pueblo a través de las armas, el compromiso no debe ser menos cuando el gobierno y la sociedad se han empeñado en alternativas más civilizadas o por lo menos diferentes a las que se han aplicado, sin frutos, durante más de medio siglo.