Por James Cifuentes Maldonado
La opinión del señor Caballero, en
la Revista Semana , en el artículo “El señor Presidente”, a propósito del nuevo
anuncio de la guerrilla de las FARC, sobre un nuevo cese unilateral de
hostilidades, en mi sentir, refleja las tensiones y contradicciones de esta
sociedad colombiana que se debate entre los sueños de paz y la crudeza de la
guerra, hace más de 50 años; un conflicto en el que definitivamente no hay
ganadores, porque en el largo plazo todos los que sobrevivimos somos
perdedores, sin hablar de los cientos de miles de muertos que ha dejado la violencia; un conflicto en
el que hay mucha gente acomodada; gente
a la que no le interesa vivir en un país tranquilo, porque en un escenario de
paz, sin el fuego de los fusiles en el monte y sin el peso de las botas
militares, el modelo de Estado necesariamente debería ser más justo; porque,
imaginemos, con una sociedad reconciliada, sin guerrilla, sin paramilitares y
sin una fuerza pública de un millón de efectivos, como la que tenemos y que se
traga el 4% del producto interno bruto, ¿Qué nos pondríamos a hacer? ¿A quién
le echaríamos la culpa de nuestro atraso y de todos nuestros males? ¿De qué
hablaríamos?
A mucha gente no le gusta la paz
y mucho menos aportar para su consecución, porque el "estado de
sitio" y el desorden que produce el terror favorece sus intereses; porque
en río revuelto ganancia de pescadores; porque en tiempos de paz solo se puede
hablar de derechos, de equidad, de obras y de progreso; por eso la guerra es un
caballo de batalla, de pura sangre y de paso fino, del que muchos gamonales no
se quieren bajar.
A mucha gente le cae gorda la paz
porque, alcanzando dicho estado, no nos quedaría más que trabajar y
concentrarnos en desarrollar el potencial que Colombia tiene, con todo y lo que
implicaría mirar y tirar para un mismo lado, en este país feudal y de castas.
Se le pone a uno la piel de
gallina al escuchar las continuas declaraciones del general Jaime Ruiz, presidente
de Acore (Asociación de Oficiales Retirados de las Fuerzas Militares), con ese
tono de voz castrense, tosco, exagerado, casi caricaturesco, descalificando el
proceso de paz, simplemente porque si, sin darle una sola oportunidad;
olvidando que, si bien los militares deben estar comprometidos en la defensa del
pueblo a través de las armas, el compromiso no debe ser menos cuando el
gobierno y la sociedad se han empeñado en alternativas más civilizadas o por lo
menos diferentes a las que se han aplicado, sin frutos, durante más de medio
siglo.

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