Por James Cifuentes Maldonado
La diatriba en que se han empeñado los periodistas de la Argentina contra Messi, deja muy mal parado, no a la estrella del Barcelona, sino a todo el fútbol argentino, porque muestra claramente la dependencia de un solo jugador. Afrontar de esta manera los torneos es como cuando una persona viaja con la plata precisa para el pasaje, si se le pierde una moneda, queda varada. El fútbol es más que una figura, el fútbol es colectivo, es la asociación para un objetivo, es armonía, es entendimiento, bajo la batuta de dos líderes, uno en la cancha y otro en la raya, de lo contrario, es un mero albur.
Yo a Messi no lo culpo, porque él no es todo el equipo y porque él, será de todo menos un líder, su temperamento no le da para ser capitán; él simplemente es un talento natural, tan brillante, que su genialidad la han asociado al componente de autismo que se cree que tiene y que explicaría, su silencio, su discreción y su cabeza gacha en muchos partidos; porque, por lo uno o por lo otro, Messi no es un ser normal, como tampoco son normales los argentinos, que se creen de otro planeta y explican la derrota en todos los motivos posibles, menos en el hecho de que fueron inferiores; lo fueron contra Alemania en el mundial y lo fueron ahora contra Chile en la Copa América, competencia que, entre otras cosas, a la petulante prensa gaucha, le parece un torneo de tercera.
Es un hecho que históricamente gran parte del poder de los seleccionados de fútbol argentinos se ha basado en el temperamento, en su agresividad, muy cercana a la patanería y la grosería, a lo Maradona, a lo Simeone, a lo Mascherano, muy parecido a la cuestionada garra uruguaya, de tal manera que, cuando juegan decentemente, se vuelven normalitos, dan ventaja y tienen gran probabilidad de perder.
La culpa de este fracaso albiceleste habría que buscarla empezando por el técnico Gerardo el “tata” Martino, pero muy complicado, porque es tal la tozudez de este señor que, en la rueda de prensa, se atrevió a decir que hacía un reconocimiento a Chile por lo hecho en toda la copa, pero que, referidos específicamente al partido de la final, el mismo mereció ganarlo Argentina; es posible que el “tata” haya estado mirando para otra parte, menos para la cancha; no hay derecho a tanta arrogancia y por eso es que están como están; por eso el continente celebra el campeonato de la roja chilena, mientras, desde la Pampa hasta la Patagonia, desde Mar del Plata hasta los Andes, los argentinos se dan golpes de pecho y se rasgan las vestiduras.
La diatriba en que se han empeñado los periodistas de la Argentina contra Messi, deja muy mal parado, no a la estrella del Barcelona, sino a todo el fútbol argentino, porque muestra claramente la dependencia de un solo jugador. Afrontar de esta manera los torneos es como cuando una persona viaja con la plata precisa para el pasaje, si se le pierde una moneda, queda varada. El fútbol es más que una figura, el fútbol es colectivo, es la asociación para un objetivo, es armonía, es entendimiento, bajo la batuta de dos líderes, uno en la cancha y otro en la raya, de lo contrario, es un mero albur.
Yo a Messi no lo culpo, porque él no es todo el equipo y porque él, será de todo menos un líder, su temperamento no le da para ser capitán; él simplemente es un talento natural, tan brillante, que su genialidad la han asociado al componente de autismo que se cree que tiene y que explicaría, su silencio, su discreción y su cabeza gacha en muchos partidos; porque, por lo uno o por lo otro, Messi no es un ser normal, como tampoco son normales los argentinos, que se creen de otro planeta y explican la derrota en todos los motivos posibles, menos en el hecho de que fueron inferiores; lo fueron contra Alemania en el mundial y lo fueron ahora contra Chile en la Copa América, competencia que, entre otras cosas, a la petulante prensa gaucha, le parece un torneo de tercera.
Es un hecho que históricamente gran parte del poder de los seleccionados de fútbol argentinos se ha basado en el temperamento, en su agresividad, muy cercana a la patanería y la grosería, a lo Maradona, a lo Simeone, a lo Mascherano, muy parecido a la cuestionada garra uruguaya, de tal manera que, cuando juegan decentemente, se vuelven normalitos, dan ventaja y tienen gran probabilidad de perder.
La culpa de este fracaso albiceleste habría que buscarla empezando por el técnico Gerardo el “tata” Martino, pero muy complicado, porque es tal la tozudez de este señor que, en la rueda de prensa, se atrevió a decir que hacía un reconocimiento a Chile por lo hecho en toda la copa, pero que, referidos específicamente al partido de la final, el mismo mereció ganarlo Argentina; es posible que el “tata” haya estado mirando para otra parte, menos para la cancha; no hay derecho a tanta arrogancia y por eso es que están como están; por eso el continente celebra el campeonato de la roja chilena, mientras, desde la Pampa hasta la Patagonia, desde Mar del Plata hasta los Andes, los argentinos se dan golpes de pecho y se rasgan las vestiduras.

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