Por James Cifuentes Maldonado
Siendo triste, debemos sentirnos orgullosos de lo que hemos logrado como sociedad; el ejercicio del derecho a morir dignamente, del cual ha hecho uso el pereirano Ovidio González, representa en nuestro país y en Latinoamérica, la más elevada muestra de desarrollo humano, civilización y avance jurídico. Es el inicio de un cambio de un chip cultural y de una idiosincrasia amarrada a los lastres que ha impuesto la religión católica, la cual, a la mejor manera de un dictador, ha venido engrupiendo en nuestras mentes la idea del pecado y la soberanía divina, hasta en los actos que corresponden a la esfera más íntima de los individuos, como, por ejemplo, la voluntad de irse de este mundo, cuando se está cansado y cuando la vida no ofrece posibilidades óptimas de relacionamiento y de disfrute, como sucede en los casos de enfermedades terminales acompañadas de dolor incesante.
Me despiertan la más grande admiración y respeto, el temple y la determinación, no solo del señor Ovidio, sino además la de su familia; una familia, unos hijos, capaces de pensar de manera tan generosa, desprovista de egoísmos, en este tipo de situaciones, merece todo el reconocimiento como personas avanzadas. Porque cuando alguien padece un martirio y un dolor, que hace preferible la muerte, los dolientes del paciente en realidad sufrimos por nosotros mismos y no tanto por el paciente; somos mezquinos al pensar que el ser que queremos nos dejará solos, nos da miedo su ausencia y somos cobardes para enfrentar el desapego, pero no pensamos en el alivio y el descanso que el enfermo terminal necesita.
Facilitar la muerte pacífica, como lo quiso el señor Ovidio González, es una obra piadosa que en la actualidad se practica normalmente en los animales y no entiende uno por qué no habría de aplicarse con los seres humanos, máxime cuando, para llegar a esa lamentable decisión, ha mediado la voluntad plena, directa y consciente del interesado. Ese es el cuestionamiento que le traslado yo a la Procuraduría, entidad que se ha empeñado en ir contra la corriente en el tratamiento de los temas que marcan la dinámica del mundo moderno, bajo premisas dogmáticas, retrógradas, ajenas a la esencia de los derechos y las libertades civiles, que invaden y violentan la conciencia de las personas, atentando contra el modelo de estado laico que elegimos democráticamente, donde justamente la constitución gravita alrededor de los derechos de los individuos, sin miramiento alguno a preceptos religiosos.
Alguien propuso que Dios, representa un “amigo imaginario” para los adultos que han elegido esa concepción como base de su vida espiritual; pues bien, esa elección, que es legítima, para esas personas, no les da derecho a pretender que el resto pensemos igual.

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