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domingo, 25 de enero de 2015

EL DILEMA DEL INDIVIDUO FRENTE A LOS HIJOS


Por James Cifuentes Maldonado

A propósito de la opinión  que una amiga expresara por redes sociales, en relación con la sociedad actual, en la cual las personas ya no piensan en el bienestar de  los otros, me referiré hoy al tema de los hijos.  

Específicamente mi amiga cuestiona que en la sociedad de hoy se hace demasiado culto al "YO" en detrimento de la unidad familiar y ello es la causa de la proliferación de hogares disfuncionales y, dentro de ellos, hijos que crecen solos, por la falta del valor del sacrificio y del compromiso por parte de  los padres

Efectivamente en la vida se es padre o se es madre por muchas razones; puede suceder por accidente, por convicción o por mera inercia, porque supuestamente, según los curas, tener hijos y conformar una familia es la misión fundamental de los hombres y las mujeres en la tierra, así sin más, como conejos, sin mucho aprecio por las individualidades y aun a pesar del fenómeno real contemporáneo de que muchas personas deciden buscar la felicidad sin hijos. Reconozco que no tener hijos es una opción, complicada a mi juicio en el camino a la realización, pero al fin, una respetable opción.

Volviendo al asunto de la procreación, si nos fijamos bien, reproducirse es un acto natural que los animales llevan a cabo sin complejidad y, en teoría, en nuestro caso, los humanos, nos deberíamos diferenciar por el hecho de que somos inteligentes y pensamos y, por lo tanto, tener hijos, debería ser siempre producto de una decisión planificada.

Pero bueno, planificados o no, deseados o no, los hijos son una gran responsabilidad, y, desde cuando se conciben, nacen y crecen, se convierten en nuestra mayor ilusión, nuestro principal proyecto; pero, es muy cierto, tomarse en serio la crianza de los hijos de una manera plena implica hacer muchas renuncias y sacrificios; de alguna manera, que nuestros hijos sean el centro de nuestras vidas constituye una negación de nosotros mismos y, si no hay una correcta asimilación, los hijos pueden terminar siendo vistos y sentidos como una carga.

Por eso hay que procurar el balance, esto es, que los hijos tengan y reciban todo lo que deben tener, todo lo que podamos darles, lo cual no debería ser muy difícil porque el amor es el aliciente para ello, y no todo es comodidad y dinero; pero aunque eso suena bonito, porque es un ideal incuestionable, hay que tener cuidado, porque los hijos, siendo nuestra principal obra, algún día se irán, y los padres nos volveremos a ver solos, como cuando ellos no habían nacido; nuevamente solos y libres, pero más viejos, con 20, 30 o 40 años más de recorrido y de cansancio. Obviamente, si los hijos son deseados, o por lo menos, si cuando llegan sin ser esperados, asumimos el rol de padres como debe ser, la carga de la crianza no será tan pesada.

Tener hijos es una vocación y de ninguna manera un negocio. Así nos representen grandes esfuerzos y exorbitantes costos, de los hijos no podemos esperar mucho, mejor dicho nada, porque ser padres es una tarea heroica y desinteresada; es más, en nuestra cultura latina moralmente la obligación y los cuidados para los hijos nunca terminan, especialmente de parte de las mamás, alcahuetas y consentidoras por naturaleza.

De los hijos podemos esperar sólo pequeñas dosis de satisfacción que recibiremos todos los días, en los momentos más sencillos, con su bienestar, con sus sonrisas y con sus pequeños progresos, que sumados en el largo plazo los convertirán en personas autónomas, con sus propias vidas y sus propios proyectos, lo que incluye el plan de sus propios hijos, es decir los que serán nuestros nietos;  al final eso es lo único que podemos esperar de los hijos.


Por lo anterior, los que por convicción nos decidimos a ser padres o, por cualquier otro motivo, terminamos en la aventura de la paternidad, nunca nos deberíamos olvidar que los seres humanos somos individuos que tenemos nuestra propia vida y no podemos perder de vista la necesidad de  dedicar un poco de tiempo para nosotros mismos, en pareja o incluso a solas. Este es el desafío de esta sociedad moderna, este es el reto, familias que funcionen, con padres e hijos plenos y felices.


viernes, 23 de enero de 2015

LA NEGACIÓN DEL DESTINO






Por James Cifuentes Maldonado


Yo no creo en el destino, entendido como “divina providencia”, como un titiritero agazapado en lo alto del cielo o en el fondo del inframundo, que mueve los hilos de las personas;

Yo no creo en el destino como una fuerza sobrenatural o paranormal que crea situaciones o determina el acontecer de las cosas;

Yo estoy convencido que el destino es una construcción mitad arbitraria y mitad lógica;

Yo creo en el destino como la suma de los actos humanos y de los hechos de la naturaleza;

Aprecio el destino como una sucesión de consecuencias, de decisiones, omisiones y de accidentes, que se traduce en hechos y resultados;

Yo creo en el destino como la materialización permanente y continua de la relación entre acción, movimiento y tiempo.

Por todo lo anterior, yo no creo en el destino como esa cosa que llaman suerte y por eso prefiero explicar el éxito en el talento y el trabajo de las colectividades y de los individuos, sin distraerme en el juicio inútil de lo justo o de lo injusto.

Para terminar, estimo absurdo cuando las fatalidades se ligan con el destino, como algo que está escrito en alguna parte, preestablecido, inevitable; por ejemplo, cuando una persona, ebria, conduce su vehìculo, se estrella contra un árbol y muere, y el reportero que cubre la noticia la califica como “triste destino”; de ninguna manera, ningún destino; por supuesto que es un lamentable fin, pero es claro que ese individuo, al conducir borracho, tomó la decisión que lo llevó a morir.

Sin embargo, la negacion que hago del destino, como la causa del rumbo de la vida, no significa que no alimente mi fe, en la forma que concibo de Dios, como esa fuerza interior que, ademàs de explicar mi existencia, me permite enfrentar los desafìos del mundo.




Haciendo, deshaciendo y aprendiendo


martes, 20 de enero de 2015

LAS LECCIONES DE PARIS


Por James Cifuentes Maldonado.


Por estos días llamé al coordinador de redacción de un diario local para anunciarle el envío de uno de mis aportes para la página de opinión y, para mi extrañeza, fui consultado en relación con el tema del artículo que remitiría, cosa que casi nunca sucede; particularmente se me preguntó si, “por casualidad”, mi artículo trataría sobre Charlie Hebdo; bueno, en verdad se me sugirió, muy respetuosamente, considerar otra alternativa para no saturar a los lectores, ya que varios colegas columnistas se me habían adelantado; confieso que, estando en plena conversación, tuve que dar un timonazo mental, hacer memoria y echar mano de otras notas que tenía por ahí en desarrollo; finalmente terminé publicando unas líneas de buenos deseos para el 2015 y me abstuve de fijar, en ese momento, mi posición sobre los horrendos hechos de Paris.

La realidad es que por muy manida y trillada que esté siendo la noticia, todos queremos dar nuestro punto de vista, todos queremos expresar nuestro propio “je suis Charlie”, la frase que se convirtió en un símbolo y en una voz unánime de rechazo a la violencia, con una particular connotación que no podemos pasar por alto y que más adelante explico.

 A nadie le cabe duda que el asesinato de 4 célebres caricaturistas europeos y de gran parte del equipo periodístico de una revista, a los que se suman las muertes de otras personas que incidentalmente tuvieron el mismo triste destino, y que las razones de dichos actos hayan sido aparentemente religiosas, es algo repudiable, y lo es mucho más, si a eso se añade que la masacre constituyó, a primera vista, un ataque directo a la libertad de expresión.

El despliegue de la noticia ha sido sensacional, dos semanas continuas de cubrimiento por parte de todos los medios, con periodistas y especialistas de gran cartel especulando y pontificando sobre el falso dilema que se ha construido entre la libertad de opinar y la libertad de amar a Dios en cualquiera de sus concepciones e ideologías.

Y es que, así en esta ocasión el acto terrorista haya dejado 19 muertos, han sido de mayor alcance muchas otras matanzas como la de las Torres Gemelas, para mencionar un solo evento; sin embargo lo que pasó en París el 7 de enero es mucho más grave y a mi juicio ha tenido un impacto especial, porque, por primera vez, el mundo ha tenido que sincerarse y modularse ante un acto terrorista, no se sabe bien si por miedo o por política sensatez, y lamentar los muertos pero a la vez reconocer que la causa fue un exceso, una irresponsabilidad, como lo han expresado el presidente Obama y el mismísimo Papa Francisco, reconociendo que frente a temas tan sensibles, tan apasionantes, tan íntimos pero a la vez tan colectivos y delirantes como la religión, el derecho de opinión tiene un límite sustentando en el respeto, así a los “librepensadores” nos cueste admitirlo.

En todo este baño de sangre, que no es el primero y no será el último, porque todas las guerras del mundo antiguo y moderno han sido por plata, por política y por religión, atisbo un aprendizaje y una actitud nueva en la sociedad, y es que la gente ya no quiere generalizar y tiene cuidado de no llamar terroristas a todos los musulmanes porque de hecho no lo son, así como los colombianos nos negamos a que nos llamen narcotraficantes por el mero hecho de ser colombianos o como nos resistimos al odioso prejuicio de la supuesta vida alegre de las pereiranas, porque alguna vez a algún ocurrente le dio por decir que Pereira era “la ciudad de las mil putas y un ciclista”;

Con “Je suis Charlie”, de alguna manera se ha generado una consciencia y una cultura de respeto hacia lo diferente, a lo que se suma un sentimiento de solidaridad por las inmensas mayorías de personas inocentes, en naciones enteras, que en situaciones como la de Charlie Hebdo terminan estigmatizadas y perseguidas por los actos irracionales y absurdos de las minorías extremistas; empezamos a tener claro que los malos son menos y que los buenos son más, aunque el poder destructivo de los malos es inimaginable y al parecer incontenible.

Hemos entendido que es igual de grave insultar o ridiculizar a Cristo, a Alá o a Mahoma, su profeta, a Buda, a Orus o a vishnú, porque la realidad es que los dioses no se ofenden, porque ese vicio y esa veleidad solo son propios de las personas que fundan ciegamente su fe en ellos; porque los dioses son los amigos imaginarios a los que les pedimos perdón, les confiamos nuestros miedos y nuestras incertidumbres y les entregamos nuestras esperanzas sobre la vida y la muerte.

Hemos aprendido que para los fundamentalistas de cualquier credo esas ofensas son sólo pretextos para llevar a cabo otros fines en su mayoría políticos, económicos o megalómanos, de ninguna manera piadosos y en todo caso irracionales y desadaptados; porque la religión es tan personal como el aliento y no podrá ser nunca motivo para eliminar a otro ser.

Porque para la mayoría de los seres humanos la religión es una necesidad y, en cualquiera de sus formas, es la explicación de la vida y la concreción del bien y del amor, y por eso, y solamente por eso, cualquier religión es ya de por si valiosa y no amerita ser impuesta, pero tampoco acallada por la fuerza, indistintamente de si esa fuerza proviene del poder de la palabra, el talento detrás de un lápiz o la violencia de un fusil. Porque en este mundo moderno y supuestamente civilizado no debe haber lugar para las guerras santas, que son la forma más bárbara y absurda del comportamiento humano.