Por James Cifuentes Maldonado.
Por estos días llamé al coordinador de redacción de un diario local para anunciarle el envío de uno de mis aportes para la página de opinión y, para mi extrañeza, fui consultado en relación con el tema del artículo que remitiría, cosa que casi nunca sucede; particularmente se me preguntó si, “por casualidad”, mi artículo trataría sobre Charlie Hebdo; bueno, en verdad se me sugirió, muy respetuosamente, considerar otra alternativa para no saturar a los lectores, ya que varios colegas columnistas se me habían adelantado; confieso que, estando en plena conversación, tuve que dar un timonazo mental, hacer memoria y echar mano de otras notas que tenía por ahí en desarrollo; finalmente terminé publicando unas líneas de buenos deseos para el 2015 y me abstuve de fijar, en ese momento, mi posición sobre los horrendos hechos de Paris.
La realidad es que por muy manida y trillada que esté siendo la noticia, todos queremos dar nuestro punto de vista, todos queremos expresar nuestro propio “je suis Charlie”, la frase que se convirtió en un símbolo y en una voz unánime de rechazo a la violencia, con una particular connotación que no podemos pasar por alto y que más adelante explico.
A nadie le cabe duda que el asesinato de 4 célebres caricaturistas europeos y de gran parte del equipo periodístico de una revista, a los que se suman las muertes de otras personas que incidentalmente tuvieron el mismo triste destino, y que las razones de dichos actos hayan sido aparentemente religiosas, es algo repudiable, y lo es mucho más, si a eso se añade que la masacre constituyó, a primera vista, un ataque directo a la libertad de expresión.
El despliegue de la noticia ha sido sensacional, dos semanas continuas de cubrimiento por parte de todos los medios, con periodistas y especialistas de gran cartel especulando y pontificando sobre el falso dilema que se ha construido entre la libertad de opinar y la libertad de amar a Dios en cualquiera de sus concepciones e ideologías.
Y es que, así en esta ocasión el acto terrorista haya dejado 19 muertos, han sido de mayor alcance muchas otras matanzas como la de las Torres Gemelas, para mencionar un solo evento; sin embargo lo que pasó en París el 7 de enero es mucho más grave y a mi juicio ha tenido un impacto especial, porque, por primera vez, el mundo ha tenido que sincerarse y modularse ante un acto terrorista, no se sabe bien si por miedo o por política sensatez, y lamentar los muertos pero a la vez reconocer que la causa fue un exceso, una irresponsabilidad, como lo han expresado el presidente Obama y el mismísimo Papa Francisco, reconociendo que frente a temas tan sensibles, tan apasionantes, tan íntimos pero a la vez tan colectivos y delirantes como la religión, el derecho de opinión tiene un límite sustentando en el respeto, así a los “librepensadores” nos cueste admitirlo.
En todo este baño de sangre, que no es el primero y no será el último, porque todas las guerras del mundo antiguo y moderno han sido por plata, por política y por religión, atisbo un aprendizaje y una actitud nueva en la sociedad, y es que la gente ya no quiere generalizar y tiene cuidado de no llamar terroristas a todos los musulmanes porque de hecho no lo son, así como los colombianos nos negamos a que nos llamen narcotraficantes por el mero hecho de ser colombianos o como nos resistimos al odioso prejuicio de la supuesta vida alegre de las pereiranas, porque alguna vez a algún ocurrente le dio por decir que Pereira era “la ciudad de las mil putas y un ciclista”;
Con “Je suis Charlie”, de alguna manera se ha generado una consciencia y una cultura de respeto hacia lo diferente, a lo que se suma un sentimiento de solidaridad por las inmensas mayorías de personas inocentes, en naciones enteras, que en situaciones como la de Charlie Hebdo terminan estigmatizadas y perseguidas por los actos irracionales y absurdos de las minorías extremistas; empezamos a tener claro que los malos son menos y que los buenos son más, aunque el poder destructivo de los malos es inimaginable y al parecer incontenible.
Hemos entendido que es igual de grave insultar o ridiculizar a Cristo, a Alá o a Mahoma, su profeta, a Buda, a Orus o a vishnú, porque la realidad es que los dioses no se ofenden, porque ese vicio y esa veleidad solo son propios de las personas que fundan ciegamente su fe en ellos; porque los dioses son los amigos imaginarios a los que les pedimos perdón, les confiamos nuestros miedos y nuestras incertidumbres y les entregamos nuestras esperanzas sobre la vida y la muerte.
Hemos aprendido que para los fundamentalistas de cualquier credo esas ofensas son sólo pretextos para llevar a cabo otros fines en su mayoría políticos, económicos o megalómanos, de ninguna manera piadosos y en todo caso irracionales y desadaptados; porque la religión es tan personal como el aliento y no podrá ser nunca motivo para eliminar a otro ser.
Porque para la mayoría de los seres humanos la religión es una necesidad y, en cualquiera de sus formas, es la explicación de la vida y la concreción del bien y del amor, y por eso, y solamente por eso, cualquier religión es ya de por si valiosa y no amerita ser impuesta, pero tampoco acallada por la fuerza, indistintamente de si esa fuerza proviene del poder de la palabra, el talento detrás de un lápiz o la violencia de un fusil. Porque en este mundo moderno y supuestamente civilizado no debe haber lugar para las guerras santas, que son la forma más bárbara y absurda del comportamiento humano.
Con “Je suis Charlie”, de alguna manera se ha generado una consciencia y una cultura de respeto hacia lo diferente, a lo que se suma un sentimiento de solidaridad por las inmensas mayorías de personas inocentes, en naciones enteras, que en situaciones como la de Charlie Hebdo terminan estigmatizadas y perseguidas por los actos irracionales y absurdos de las minorías extremistas; empezamos a tener claro que los malos son menos y que los buenos son más, aunque el poder destructivo de los malos es inimaginable y al parecer incontenible.
Hemos entendido que es igual de grave insultar o ridiculizar a Cristo, a Alá o a Mahoma, su profeta, a Buda, a Orus o a vishnú, porque la realidad es que los dioses no se ofenden, porque ese vicio y esa veleidad solo son propios de las personas que fundan ciegamente su fe en ellos; porque los dioses son los amigos imaginarios a los que les pedimos perdón, les confiamos nuestros miedos y nuestras incertidumbres y les entregamos nuestras esperanzas sobre la vida y la muerte.
Hemos aprendido que para los fundamentalistas de cualquier credo esas ofensas son sólo pretextos para llevar a cabo otros fines en su mayoría políticos, económicos o megalómanos, de ninguna manera piadosos y en todo caso irracionales y desadaptados; porque la religión es tan personal como el aliento y no podrá ser nunca motivo para eliminar a otro ser.
Porque para la mayoría de los seres humanos la religión es una necesidad y, en cualquiera de sus formas, es la explicación de la vida y la concreción del bien y del amor, y por eso, y solamente por eso, cualquier religión es ya de por si valiosa y no amerita ser impuesta, pero tampoco acallada por la fuerza, indistintamente de si esa fuerza proviene del poder de la palabra, el talento detrás de un lápiz o la violencia de un fusil. Porque en este mundo moderno y supuestamente civilizado no debe haber lugar para las guerras santas, que son la forma más bárbara y absurda del comportamiento humano.

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