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jueves, 10 de septiembre de 2015

MI AMIGO SANCHO






Por James Cifuentes Maldonado




Un amigo, me ha recomendado, con insistencia, que no opine mucho sobre política ni religión, porque es arar en el mar, sembrar en el desierto, un diálogo de sordos, un susurro a la luna; y, yo creo que mi amigo tiene razón y me quiere evitar complicaciones, porque son temas muy sensibles, por la subjetividad que los mueve, donde lo que es verdad y lo que no es creíble, lo decide cada individuo; cada uno de nosotros, en nuestro entender, pretendemos decir la última palabra, informado o desinformado, radicalmente, con la ceguera del corazón, con la candidez que nos dan la buena fe y/o la ignorancia, o con la malicia de nuestras conveniencias, sin otorgar el beneficio de la duda o sin conceder el derecho del disenso, infortunadamente.

Para mi es claro que, en cuestiones de política y de poder, opinamos sobre lo que vemos, sobre lo que oímos, sobre lo que nos pasa, sobre lo que nos cuentan, incluso, peligrosamente, nuestra opinión puede consistir en lo que suponemos o lo que percibimos; damos nuestro concepto sobre las normas y las decisiones que nos rigen y nos afectan, sobre su cumplimiento y su desacato; pero, difícilmente, los ciudadanos promedio, podremos dar evidencias de lo que hay por dentro del entramado que constituyen el Estado y su gobierno, ni de lo que gravita alrededor de la administración.

Porque el conocimiento de la realidad es un ideal y un privilegio que muy pocos tienen, por la complejidad de ubicar y validar las fuentes; conocimiento, que la minoría que lo concentra, calla, por algún interés o motivo y, cuando algún Quijote, soñador y valiente, rompe los paradigmas y cuenta su verdad, siempre hay alguien para descalificarlo, por algún interés o motivo; esto, sin entrar en honduras sobre la industria de los medios de comunicación, en la que unos señores inversionistas dan la pauta de lo que es cierto o no es cierto, de lo que se debe divulgar, de lo que se debe matizar o de lo que es necesario ocultar.

A pesar de todo, seguiré adelante, con la mente abierta pero prudente, por el consejo de mi amigo, atento y atando cabos, en el intento de aportar criterios que ayuden a generar un poco de luz, para construir esa verdad imposible, la verdad que nunca sabremos.

Al igual que el caballero de la triste figura, aunque con menos hidalguía, yo también soy Quijote, tengo mi propia Dulcinea y mis propios gigantes, mis molinos de viento, y con un solo amigo, un solo escudero, mi Sancho Panza, me será suficiente, para continuar el camino.

Quienes hayan leído la obra de Cervantes, estarán de acuerdo conmigo, en que el Quijote tenía la determinación y las ganas y Sancho, además de las dudas, tenía las respuestas.