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lunes, 29 de junio de 2015

Memorias de mi ascenso a La Línea


Por James Cifuentes Maldonado


Para quienes comparten conmigo la pasión del ciclismo, les confieso que hace tiempo quería subir La Línea, y lo hice ayer en compañía de un amigo, el Mono Andrés García. Ya que para mí ha sido  una  experiencia intensa, se los contaré con esta pequeña crónica.

Partimos de Calarcá, siendo las 7:25 am, desde la glorieta en la vía que va a Ibagué y luego conduce a Bogotá. Inmediatamente nos montamos en la bicicleta se empina la carretera y para nosotros, que somos primiparos, nos toca tomar el arranque con calma porque no sabemos lo que nos depara la ruta, no conocemos sus tiempos ni la dureza de sus rampas; Por suerte La carretera está en muy buen estado y nos deslizamos por el asfalto negro y lizo, lenta y cadenciosamente, con prudencia y respeto, porque el Alto de La Línea es la cumbre más emblemática de la historia ciclística colombiana y han sido muchos los aficionados y los profesionales que se han bajado del caballito de acero sin alcanzarla.

De verdad que es una experiencia fascinante, de tenacidad, porque es una loma que solo tiene un respiro en el kilómetro 13 de 21,7 que tiene en total, y no es que el primer tramo sea fácil, lo que pasa es que de ahí para adelante, el esfuerzo se vuelve mayúsculo, por la inclinación del terreno en las partes más cerradas de cada curva; son tan notorios los desniveles entre recodo y recodo de la carretera, que uno siente los motores de  las tractomulas rugir sobre la cabeza, en la parte alta de los barrancos, en medio del olor penetrante a freno quemado.

En los últimos 5 kilómetros el enemigo es el viento que te quiere tumbar de la bicicleta; son corrientes cruzadas que te dan por todos los lados, siendo las más peligrosas las arremetidas de costado.  Irónicamente por espacios muy breves el viento como que se conduele y empuja por la parte de atrás y por segundos te aliviana el pedaleo, pero son solo instantes de tregua.

Hay un momento en que levanta uno la cabeza y, cuando se cree que la llegada está a la vuelta, se asoma una vista a lo lejos que muestra la fila de camiones a unos tres kilómetros  y ahí hay un pequeño desfallecimiento; pero se acuerda uno que la palabra renuncia no existe para nosotros los ciclistas; se fija la mirada en la rotación del triplato y las bielas, contando 1, 2,3, y, despacio y con paciencia finalmente nos comemos la montaña.

Arriba, cuando ya se corona un pequeño plan, uno sigue derecho hasta cuando aparece el límite entre El Quindío y El Tolima, incluso uno avanza unos metros más, amagando bajar a Cajamarca, para que no quede ninguna duda de que lo logramos.

Ya apeados de la cicla, nos tomamos el agua de panela caliente de rigor, para calmar ese frío tan terrible que se clava en el cuerpo como afilados cuchillos.  

El detalle negativo es que en el lugar solo hay un establecimiento atendido por unos bárbaros que tratan los clientes como ladrones, cobrándoles por adelantado y diciéndoles, con la altanería que les da ser los únicos en esa soledad, que si les gusta así, o si no, de malas; pero, salvo ese lunar, el agua de panela, el queso y la arepita, benditos y sabrosos.

El regreso nos hace pensar cómo se puede descender con tanto placer, luego del calvario en la subida.

Ya de nuevo en Calarcá, siendo las 11:30 a.m, los cuerpos están cansados, pero nuestras almas y corazones están más grandes, por la satisfacción de habernos superado a nosotros mismos, sobre la bicicleta, en la hermosa geografía de Colombia.  

Espero repetir la experiencia, ojalá con ustedes.