Por James Cifuentes Maldonado
Para quienes comparten conmigo la pasión del ciclismo, les confieso que hace tiempo quería subir La Línea, y lo
hice ayer en compañía de un amigo, el Mono Andrés García. Ya que para mí ha
sido una experiencia intensa, se los contaré con esta
pequeña crónica.
Partimos de Calarcá,
siendo las 7:25 am, desde la glorieta en la vía que va a Ibagué y luego conduce
a Bogotá. Inmediatamente nos montamos en la bicicleta se empina la carretera y
para nosotros, que somos primiparos, nos toca tomar el arranque con calma porque
no sabemos lo que nos depara la ruta, no conocemos sus tiempos ni la dureza de
sus rampas; Por suerte La carretera está en muy buen estado y nos deslizamos
por el asfalto negro y lizo, lenta y cadenciosamente, con prudencia y respeto,
porque el Alto de La Línea es la cumbre más emblemática de la historia ciclística
colombiana y han sido muchos los aficionados y los profesionales que se han
bajado del caballito de acero sin alcanzarla.
De verdad que es
una experiencia fascinante, de tenacidad, porque es una loma que solo tiene un
respiro en el kilómetro 13 de 21,7 que tiene en total, y no es que el primer
tramo sea fácil, lo que pasa es que de ahí para adelante, el esfuerzo se vuelve
mayúsculo, por la inclinación del terreno en las partes más cerradas de cada
curva; son tan notorios los desniveles entre recodo y recodo de la carretera,
que uno siente los motores de las
tractomulas rugir sobre la cabeza, en la parte alta de los barrancos, en medio
del olor penetrante a freno quemado.
En los últimos 5
kilómetros el enemigo es el viento que te quiere tumbar de la bicicleta; son
corrientes cruzadas que te dan por todos los lados, siendo las más peligrosas
las arremetidas de costado. Irónicamente
por espacios muy breves el viento como que se conduele y empuja por la parte de
atrás y por segundos te aliviana el pedaleo, pero son solo instantes de tregua.
Hay un momento
en que levanta uno la cabeza y, cuando se cree que la llegada está a la vuelta,
se asoma una vista a lo lejos que muestra la fila de camiones a unos tres
kilómetros y ahí hay un pequeño
desfallecimiento; pero se acuerda uno que la palabra renuncia no existe para
nosotros los ciclistas; se fija la mirada en la rotación del triplato y las
bielas, contando 1, 2,3, y, despacio y con paciencia finalmente nos comemos la
montaña.
Arriba, cuando
ya se corona un pequeño plan, uno sigue derecho hasta cuando aparece el límite
entre El Quindío y El Tolima, incluso uno avanza unos metros más, amagando
bajar a Cajamarca, para que no quede ninguna duda de que lo logramos.
Ya apeados de la
cicla, nos tomamos el agua de panela caliente de rigor, para calmar ese frío
tan terrible que se clava en el cuerpo como afilados cuchillos.
El detalle
negativo es que en el lugar solo hay un establecimiento atendido por unos
bárbaros que tratan los clientes como ladrones, cobrándoles por adelantado y
diciéndoles, con la altanería que les da ser los únicos en esa soledad, que si
les gusta así, o si no, de malas; pero, salvo ese lunar, el agua de panela, el
queso y la arepita, benditos y sabrosos.
El regreso nos
hace pensar cómo se puede descender con tanto placer, luego del calvario en la
subida.
Ya de nuevo en Calarcá,
siendo las 11:30 a.m, los cuerpos están cansados, pero nuestras almas y
corazones están más grandes, por la satisfacción de habernos superado a
nosotros mismos, sobre la bicicleta, en la hermosa geografía de Colombia.
Espero repetir la experiencia, ojalá con
ustedes.


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