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miércoles, 11 de junio de 2014

LA PAZ… UN VALOR INCOMPRENDIDO.


Por: James Cifuentes Maldonado 




No puede albergarse esperanza alguna sobre aquello en lo que no creemos o sobre aquello que dudamos pueda existir, al igual que no podemos extrañar algo sobre cuya necesidad y bondades no tenemos conciencia.

En estas complejas frases, a mi parecer, se debate actualmente la iniciativa de la paz en Colombia, cuyo proceso ha venido dando tumbos en el último mes, en la vertiginosidad y la improvisación de un debate electoral de cara a la presidencia marcado por dos extremos paradójicos: De un lado un candidato guerrerista que en marzo era prácticamente desconocido y que ha terminado punteando la carrera gracias a la propaganda negra, la estrategia del rumor y la desinformación, y porque además a ultima hora se montó en el discurso de la paz para captar los votos de los incautos.  Y de otro lado un candidato presidente que, aunque ya venía caído en su popularidad, se confió y pensó que con jugarse la carta de la paz era suficiente como garantía de su reelección, y por ello, en una reacción tardía, con el apoyo pleno de los liberales y el respaldo, con beneficio de inventario, de la izquierda ha nivelando la balanza en un auténtico empate técnico, promediando lo que dicen las últimas encuestas.

Poniéndome de primero en la lista, me atrevo a decir que los ciudadanos colombianos promedio no tenemos ni idea de las complejidades y las implicaciones de un proceso de paz en un conflicto de 60 años como el que padece esta nación,  y es esta, a mi juicio, la principal razón para que no haya un aprecio y un reconocimiento por los adelantos que ha tenido la iniciativa del actual gobierno, reconociendo que los diálogos actuales fueron producto de una movida inesperada y audaz de Juan Manuel Santos, considerando que como candidato llegó a la meta de la presidencia en 2010 cargando la posta de la denominada "seguridad democrática" que recibió de su antecesor, pero como presidente ejecutó un libreto diferente para sorpresa de todo el país,... para disgusto de unos y el beneplácito de otros.

El tema de la paz es un tema de especialistas, que pone sobre la mesa aspectos políticos y sociológicos bien complicados y por tanto ajenos al entendimiento popular como por ejemplo:

- EL CONFLICTO ARMADO.  ¿Hay o no hay conflicto interno?; de qué tamaño debe ser el movimiento insurrecto para poder decir que la sociedad está enfrentada. Escuché a un analista del tema afirmar que para que se reconociera la existencia del conflicto era necesario que medio país estuviera enfrentado a la otra mitad, lo que se conoce como guerra civil y es claro que en Colombia no hay propiamente una situación de esas dimensiones, aunque si se suman las victimas en toda la historia del conflicto cualquier guerra grande de las modernas puede resultar pequeña comparada con la nuestra.   Por decirlo de alguna manera tenemos una guerra atomizada y prolongada en el tiempo, que a la larga es peor porque mantiene la nación en vilo, no permite la tranquilidad interna y afecta la imagen y la percepción del país en el mundo que a la vez nos limita el desarrollo.   

Así, al decir de los escépticos de la paz, la guerrilla es un mero corpúsculo de terror que no puede tener estatus político ni de beligerancia.   Otros, que no se fijan en el tamaño, reconocen que ese grupo de la población, aunque pequeño, se ha mantenido en el tiempo y ha generado un poder desestabilizador que, al no poderse erradicar por la fuerza, debe ser convocado a la mesa a dialogar.   

Tal vez un elemento que permite completar la escena del conflicto en Colombia es la innegable presencia histórica de autodefensas y grupos paramilitares en casi todas las regiones del país con una perversidad y una capacidad de hacer daño incluso superiores a los de la guerrilla, agregando que muchos de esos grupos luego del sospechoso proceso de desmovilización que llevó a cabo Varito degeneraron en simples bandas criminales, pero la realidad es que ahí están y siguen dando guerra. 

- NEGOCIACIÓN EN CALIENTE: Es decir sin cese de hostilidades, conversando a manteles y con todo el protocolo en la Habana mientras en las montañas de Colombia siguen explotando las bombas y traqueando las ametralladoras.  Es una forma en apariencia irracional de adelantar un diálogo de paz, pero es una opción practicada que por lo menos hace que las partes a través de sus voceros se presenten y actúen en un contexto de realidad, sin la presión de la ruptura de la tregua.

- CONOCER LA VERDAD. Igualmente no es fácil entender la importancia que para la nación, en un proceso de esta naturaleza, tiene conocer la verdad; la desesperanza de las víctimas impide comprender la catarsis que podría traer el esclarecimiento de la verdad de 60 años de violencia, de un conflicto deformado en su causa y sus fines, que ha dejado una estela interminable de dolor, porque la verdad a medias a la que nos hemos y que ha superado nuestra capacidad de asombro es que “simplemente” hay miles de desaparecidos y miles de muertos en tumbas sin nombre, miles de viudas, miles de huérfanos, miles de lisiados y millones de desplazados que han debido dejarlo todo atrás y sumarse a los cordones de miseria de las grandes ciudades para preservar la vida, pidiendo limosna en los semáforos frente a la mirada a veces compasiva y a veces indiferente de quienes hemos visto la guerra solo a través de los noticieros.   Y si eso es así, ¿para qué sirve saber la verdad?

EL PERDON. Pensaría uno que saber la verdad es la base del perdón y la reconciliación, pero cómo se garantiza que eso suceda en una país dividido en cuatro frentes radicales, uno que pugna por el poder y un nuevo reparto de la tierra a través de la vía armada, otro que defiende el “statu quo” negando la existencia del conflicto, otro más moderado que cree en un país donde cabemos todos y finalmente un cuarto que no es ni chicha ni limonada, que está de espaldas al país.

Esos cuadrantes ideológicos del país son claramente verificables tienen nombre propio, e incluso se ven reflejados en las elecciones: La izquierda, la derecha, los social demócratas y los abstencionistas.   En este escenario sumamente polarizado, en el cual no hay un elemento definitivo de desequilibrio, no se vislumbra una posibilidad clara de reconciliación, porque ninguna de las partes está dispuesto a reconocer sus excesos y sus faltas y mucho menos a pedir perdón.

LA JUSTICIA TRANSICIONAL.    Se trata de una figura desarrollada internacionalmente que reconoce que la Paz no se hace con los instrumentos ya establecidos, es decir que se requieren condiciones extraordinarias que faciliten la materialización de la voluntad de las partes.  En este punto es trascendental la apertura y la disposición de la sociedad para aceptar las formas alternativas de aplicar justicia sin radicalismos, porque es probable que al final sintamos un sabor a impunidad, pero seguros que la paz como fin supremo del Estado justifica unas formas de castigo que pueden terminar siendo simbólicas, como simbólicos fueron los juicios de Núremberg, porque ahí no estuvieron todos los responsables de la masacre que significó la segunda guerra mundial.  Sin embargo, a partir de ahí Europa restañó sus heridas y siguió adelante.

Porque, hablando con franqueza no hay cadena perpetua ni capital que redima o purgue los delitos que se cometen en la guerra, por eso desde mi perspectiva, en un proceso de paz como el que nuestro país afronta, por sus características, el tema punitivo termina siendo un elemento deforma y de trámite, porque al fin al cabo, lo esencial que busca la justicia transicional es poder pasar la página, generar un corte en la historia que abra el país a una nueva realidad.  Si lo que se busca es saciar la sed de venganza de la sociedad, no hay justicia transicional suficiente ni que valga.

EL RESARCIMIENTO.  Por las mismas razones planteadas en el punto anterior, no es fácil entender de qué manera las víctimas pueden ser resarcidas razonablemente, y particularmente definir quién ha sido el victimario, si lo han sido los actores violentos o al final la culpa ha sido del Estado.  Como se dice coloquialmente la plata no lo es todo, ni recupera las vidas perdidas, pero calma los nervios. Por eso es que la fecha ya hay una estimación de 55 billones de pesos, cifra que no cabe en la cabeza de ningún ciudadano común, pero que definitivamente saldrá del erario público.   

Al margen de la fuente de donde salgan los recursos, para la sociedad sería muy saludable que al menos cada parte asuma la responsabilidad moral que le cabe por la forma en que ha desarrollado el conflicto, por ejemplo sería muy refrescante que la guerrilla además de la dejación de las armas, acepte que han violado los derechos humanos en su actuar como secuestradores, como extorsionadores, como narcotraficantes, como reclutadores de niños, como sembradores de minas antipersonales, como destructores de la infraestructura del país, por contar solo algunas abominaciones.  De su lado el Estado debe reconocer que han faltado esfuerzos para combatir el paramilitarismo, que ha habido delitos de estado por acción y por omisión de sus agentes y en general que ha habido abandono y olvido de grandes segmentos de la población de muchas regiones de la geografía nacional.

LA REINSERCIÓN. El objetivo de la paz es la reafirmación de los fines del Estado, porque a su vez el fin supremo del Estado es precisamente la existencia de una sociedad organizada en busca de la prosperidad y la seguridad, dentro de una convivencia armónica.   Por consiguiente, la existencia de grupos con plataformas políticas divergentes, pero que actúan al margen de la constitución y la ley, no permite el cumplimiento de esos fines, por lo tanto un proceso de Paz no está orientado únicamente a la dejación de las armas  y al restablecimiento del orden público, requiere además la garantía de que  los desmovilizados puedan reintegrarse a la sociedad en términos de no discriminación, de protección a sus vidas, de reincorporación al  sistema productivo y muy especialmente a las formas democráticas mediante las cuales esos reinsertados puedan desarrollar sus idearios y sus proyectos políticos.   Eso es lo que en últimas persigue un proceso de paz.  
Conclusión.

Las anteriores complejidades, el desconocimiento del origen y las causas del conflicto, sumadas al hecho de que la mayor parte de la población colombiana conoce y ha vivido el país como está y se ha acostumbrado al conflicto, me hacen pensar que la paz no es una necesidad sentida, porque la gente no la entiende, no sabe cómo se construye, no le importa o no le conviene, porque hemos perdido la capacidad de soñar un país mejor,  un país desarrollado con la calidad y el talento de nuestro pueblo, porque nos hemos acomodado a que la guerra la sufran unos en carne propia, mientras otros llevamos una vida relativamente normal viendo el acontecer del conflicto y sus terribles estadísticas por televisión en la tranquilidad inmoral y censurable que dan la seguridad democrática y los falsos positivos.     

El país se estancó en la búsqueda de la verdadera paz, porque nos conformamos con decir que el país volvió a estar bien porque se pudo volver a andar en carretera y porque pudimos volver a la finca, como si hubiera muchas carreteras y como si todos tuviéramos finca.