No puede albergarse esperanza alguna
sobre aquello en lo que no creemos o sobre aquello que dudamos pueda existir, al igual que no podemos extrañar algo sobre cuya necesidad y bondades no tenemos conciencia.
En estas complejas frases, a mi
parecer, se debate actualmente la iniciativa de la paz en Colombia, cuyo
proceso ha venido dando tumbos en el último mes, en la vertiginosidad y la
improvisación de un debate electoral de cara a la presidencia marcado por dos
extremos paradójicos: De un lado un candidato guerrerista que en
marzo era prácticamente desconocido y que ha terminado punteando la carrera gracias a la propaganda
negra, la estrategia del rumor y la desinformación, y porque además a ultima hora se montó en el discurso de la paz para captar los votos de los incautos. Y de otro lado
un candidato presidente que, aunque ya venía caído en su popularidad, se confió
y pensó que con jugarse la carta de la paz era suficiente como garantía de su
reelección, y por ello, en una reacción tardía, con el apoyo pleno de los
liberales y el respaldo, con beneficio de inventario, de la izquierda ha
nivelando la balanza en un auténtico empate técnico, promediando lo que dicen
las últimas encuestas.
Poniéndome de primero en la lista, me
atrevo a decir que los ciudadanos colombianos promedio no tenemos ni idea de
las complejidades y las implicaciones de un proceso de paz en un conflicto de
60 años como el que padece esta nación,
y es esta, a mi juicio, la principal razón para que no haya un aprecio y un
reconocimiento por los adelantos que ha tenido la iniciativa del actual
gobierno, reconociendo que los diálogos actuales fueron producto de una movida inesperada y audaz de Juan Manuel Santos,
considerando que como candidato llegó a la meta de la presidencia en 2010 cargando la
posta de la denominada "seguridad democrática" que recibió de su antecesor, pero como presidente ejecutó un libreto diferente para sorpresa de todo el país,... para disgusto de unos y el beneplácito de otros.
El tema de la paz es un tema de
especialistas, que pone sobre la mesa aspectos políticos y sociológicos bien complicados
y por tanto ajenos al entendimiento popular como por ejemplo:
-
EL CONFLICTO ARMADO. ¿Hay o no hay conflicto interno?; de
qué tamaño debe ser el movimiento insurrecto para poder decir que la sociedad
está enfrentada. Escuché a un analista del tema afirmar que para que se
reconociera la existencia del conflicto era necesario que medio país estuviera
enfrentado a la otra mitad, lo que se conoce como guerra civil y es claro que en
Colombia no hay propiamente una situación de esas dimensiones, aunque si se
suman las victimas en toda la historia del conflicto cualquier guerra grande de
las modernas puede resultar pequeña comparada con la nuestra. Por decirlo de alguna manera tenemos una
guerra atomizada y prolongada en el tiempo, que a la larga es peor porque
mantiene la nación en vilo, no permite la tranquilidad interna y afecta la
imagen y la percepción del país en el mundo que a la vez nos limita el desarrollo.
Así, al decir de los escépticos de la
paz, la guerrilla es un mero corpúsculo de terror que no puede tener estatus
político ni de beligerancia. Otros, que
no se fijan en el tamaño, reconocen que ese grupo de la población, aunque
pequeño, se ha mantenido en el tiempo y ha generado un poder desestabilizador
que, al no poderse erradicar por la fuerza, debe ser convocado a la mesa a
dialogar.
Tal vez un elemento que permite
completar la escena del conflicto en Colombia es la innegable presencia
histórica de autodefensas y grupos paramilitares en casi todas las regiones del
país con una perversidad y una capacidad de hacer daño incluso superiores a los
de la guerrilla, agregando que muchos de esos grupos luego del sospechoso
proceso de desmovilización que llevó a cabo Varito degeneraron en simples
bandas criminales, pero la realidad es que ahí están y siguen dando
guerra.
-
NEGOCIACIÓN EN CALIENTE:
Es decir sin cese de hostilidades, conversando a manteles y con todo el
protocolo en la Habana mientras en las montañas de Colombia siguen explotando
las bombas y traqueando las ametralladoras. Es una forma en apariencia irracional de
adelantar un diálogo de paz, pero es una opción practicada que por lo menos
hace que las partes a través de sus voceros se presenten y actúen en un
contexto de realidad, sin la presión de la ruptura de la tregua.
-
CONOCER LA VERDAD. Igualmente
no es fácil entender la importancia que para la nación, en un proceso de esta
naturaleza, tiene conocer la verdad; la desesperanza de las víctimas impide
comprender la catarsis que podría traer el esclarecimiento de la verdad de 60
años de violencia, de un conflicto deformado en su causa y sus fines, que ha
dejado una estela interminable de dolor, porque la verdad a medias a la que nos
hemos y que ha superado nuestra capacidad de asombro es que “simplemente” hay
miles de desaparecidos y miles de muertos en tumbas sin nombre, miles de
viudas, miles de huérfanos, miles de lisiados y millones de desplazados que han
debido dejarlo todo atrás y sumarse a los cordones de miseria de las grandes
ciudades para preservar la vida, pidiendo limosna en los semáforos frente a la
mirada a veces compasiva y a veces indiferente de quienes hemos visto la guerra
solo a través de los noticieros. Y si
eso es así, ¿para qué sirve saber la verdad?
EL
PERDON. Pensaría uno
que saber la verdad es la base del perdón y la reconciliación, pero cómo se
garantiza que eso suceda en una país dividido en cuatro frentes radicales, uno que
pugna por el poder y un nuevo reparto de la tierra a través de la vía armada,
otro que defiende el “statu quo” negando la existencia del conflicto, otro más
moderado que cree en un país donde cabemos todos y finalmente un cuarto que no
es ni chicha ni limonada, que está de espaldas al país.
Esos cuadrantes ideológicos del país
son claramente verificables tienen nombre propio, e incluso se ven reflejados
en las elecciones: La izquierda, la derecha, los social demócratas y los
abstencionistas. En este escenario
sumamente polarizado, en el cual no hay un elemento definitivo de desequilibrio,
no se vislumbra una posibilidad clara de reconciliación, porque ninguna de las
partes está dispuesto a reconocer sus excesos y sus faltas y mucho menos a
pedir perdón.
LA
JUSTICIA TRANSICIONAL. Se trata de una figura desarrollada
internacionalmente que reconoce que la Paz no se hace con los instrumentos ya
establecidos, es decir que se requieren condiciones extraordinarias que
faciliten la materialización de la voluntad de las partes. En este punto es trascendental la apertura y
la disposición de la sociedad para aceptar las formas alternativas de aplicar
justicia sin radicalismos, porque es probable que al final sintamos un sabor a
impunidad, pero seguros que la paz como fin supremo del Estado justifica unas
formas de castigo que pueden terminar siendo simbólicas, como simbólicos fueron
los juicios de Núremberg, porque ahí no estuvieron todos los responsables de la
masacre que significó la segunda guerra mundial. Sin embargo, a partir de ahí Europa restañó
sus heridas y siguió adelante.
Porque, hablando con franqueza no hay
cadena perpetua ni capital que redima o purgue los delitos que se cometen en la
guerra, por eso desde mi perspectiva, en un proceso de paz como el que nuestro país
afronta, por sus características, el tema punitivo termina siendo un elemento deforma
y de trámite, porque al fin al cabo, lo esencial que busca la justicia
transicional es poder pasar la página, generar un corte en la historia que abra
el país a una nueva realidad. Si lo que
se busca es saciar la sed de venganza de la sociedad, no hay justicia transicional
suficiente ni que valga.
EL
RESARCIMIENTO. Por las mismas razones planteadas en
el punto anterior, no es fácil entender de qué manera las víctimas pueden ser
resarcidas razonablemente, y particularmente definir quién ha sido el
victimario, si lo han sido los actores violentos o al final la culpa ha sido
del Estado. Como se dice coloquialmente
la plata no lo es todo, ni recupera las vidas perdidas, pero calma los nervios.
Por eso es que la fecha ya hay una estimación de 55 billones de pesos, cifra que
no cabe en la cabeza de ningún ciudadano común, pero que definitivamente saldrá
del erario público.
Al margen de la fuente de donde
salgan los recursos, para la sociedad sería muy saludable que al menos cada
parte asuma la responsabilidad moral que le cabe por la forma en que ha
desarrollado el conflicto, por ejemplo sería muy refrescante que la guerrilla además
de la dejación de las armas, acepte que han violado los derechos humanos en su
actuar como secuestradores, como extorsionadores, como narcotraficantes, como
reclutadores de niños, como sembradores de minas antipersonales, como destructores
de la infraestructura del país, por contar solo algunas abominaciones. De su lado el Estado debe reconocer que han faltado
esfuerzos para combatir el paramilitarismo, que ha habido delitos de estado por
acción y por omisión de sus agentes y en general que ha habido abandono y
olvido de grandes segmentos de la población de muchas regiones de la geografía
nacional.
LA REINSERCIÓN. El objetivo de la paz es la reafirmación de los fines del Estado, porque a su vez el fin supremo del Estado es precisamente la existencia de una sociedad organizada en busca de la prosperidad y la seguridad, dentro de una convivencia armónica. Por consiguiente, la existencia de grupos con plataformas políticas divergentes, pero que actúan al margen de la constitución y la ley, no permite el cumplimiento de esos fines, por lo tanto un proceso de Paz no está orientado únicamente a la dejación de las armas y al restablecimiento del orden público, requiere además la garantía de que los desmovilizados puedan reintegrarse a la sociedad en términos de no discriminación, de protección a sus vidas, de reincorporación al sistema productivo y muy especialmente a las formas democráticas mediante las cuales esos reinsertados puedan desarrollar sus idearios y sus proyectos políticos. Eso es lo que en últimas persigue un proceso de paz.
Conclusión.LA REINSERCIÓN. El objetivo de la paz es la reafirmación de los fines del Estado, porque a su vez el fin supremo del Estado es precisamente la existencia de una sociedad organizada en busca de la prosperidad y la seguridad, dentro de una convivencia armónica. Por consiguiente, la existencia de grupos con plataformas políticas divergentes, pero que actúan al margen de la constitución y la ley, no permite el cumplimiento de esos fines, por lo tanto un proceso de Paz no está orientado únicamente a la dejación de las armas y al restablecimiento del orden público, requiere además la garantía de que los desmovilizados puedan reintegrarse a la sociedad en términos de no discriminación, de protección a sus vidas, de reincorporación al sistema productivo y muy especialmente a las formas democráticas mediante las cuales esos reinsertados puedan desarrollar sus idearios y sus proyectos políticos. Eso es lo que en últimas persigue un proceso de paz.
Las anteriores complejidades, el
desconocimiento del origen y las causas del conflicto, sumadas al hecho de que
la mayor parte de la población colombiana conoce y ha vivido el país como está
y se ha acostumbrado al conflicto, me hacen pensar que la paz no es una
necesidad sentida, porque la gente no la entiende, no sabe cómo se construye,
no le importa o no le conviene, porque hemos perdido la capacidad de soñar un
país mejor, un país desarrollado con la
calidad y el talento de nuestro pueblo, porque nos hemos acomodado a que la
guerra la sufran unos en carne propia, mientras otros llevamos una vida
relativamente normal viendo el acontecer del conflicto y sus terribles estadísticas
por televisión en la tranquilidad inmoral y censurable que dan la seguridad
democrática y los falsos positivos.
El país se estancó en la búsqueda de
la verdadera paz, porque nos conformamos con decir que el país volvió a estar bien
porque se pudo volver a andar en carretera y porque pudimos volver a la finca,
como si hubiera muchas carreteras y como si todos tuviéramos finca.
