Por: James Cifuentes Maldonado.
Este incidente con el
caricaturista belga Pascal Decubber “PAD’R”,
nos ha dejado una importante lección a todos los que hacemos uso de las redes
sociales para compartir opiniones y pensamientos propios, o para retransmitir
los pensamientos o las ideas de otras personas, que es lo que más usualmente sucede.
El sentido del humor no solo es
un talento y una forma en la que se materializa el derecho de expresión, es, sobre
todo, una necesidad humana para suavizar los rigores, la crudeza y hasta la monotonía de la vida real, sin embargo el
sentido del humor también es un asunto de criterio y de contexto, que exige la responsabilidad
de analizar previamente dónde, cuándo y a quiénes les soltamos nuestros apuntes
humorísticos, chistes o chascarrillos, porque según el motivo o el contenido,
la risa puede ser unánime, que es lo ideal, pero en la medida que con nuestro
apunte se descalifique o se vulnere la dignidad, así sea de una sola persona, se
habrá perdido la legitimidad de la expresión y el valor de la nota cómica, mucho peor si
con el descache se maltrata a toda una nación.
Interpreto que el caricaturista, cuando entendió que metió las de caminar, en su defensa afanada y soberbia, quiso poner de presente que, plasmar en un dibujo su idea disparatada sobre la causa del éxito colombiano en el mundial, era un ejercicio de libertad de opinión, pero se equivocó tremendamente, porque con su disparate traspasó el límite que divide la libre opinión frente al mero prejuicio, porque los juicios deben ser documentados y porque no es lo mismo publicar la caricatura del drogadicto declarado que utilizar públicamente el símbolo de todo un país, como lo es un seleccionado nacional, para atribuir generalizadamente conductas reprochables asociadas a un flagelo que ese mismo país sufre y rechaza.
Y es que resulta grave, a nivel superlativo, cuando la ofensa y la generalización se hacen a través de las figuras de unas personas jóvenes que precisamente a través del deporte son ejemplo de superación y de integridad y son motivo de orgullo para toda una sociedad. Por eso es que la salida en falso de PAD’R no se circunscribe al ámbito de su opinión personal sino que afecta el alma nacional de todo un pueblo.
No se niega al caricaturista el soberano derecho de creer lo que se le venga en gana sobre la idiosincrasia y las costumbres de un determinado país, lo cual tiene todo el soporte y la defensa legal en este mundo global y en la nueva sociedad de la información, sin embargo el tema no se limita a lo técnico o a lo legal, ya que moralmente, e incluso políticamente, el derecho de expresión no es absoluto y debe ser modulado en su alcance, en los medios utilizados en y su presentación.
Desde su fuero íntimo y en el ámbito privado cualquier persona puede pensar, por ejemplo, que todos los colombianos consumen cocaína, que todos los rusos son alcohólicos, que todos los venezolanos son chismosos, que todos los mexicanos son machistas, que todos los gringos son estúpidos, que todos los italianos son mafiosos, que todos los rumanos son ladrones, que todos los argentinos son arrogantes, que todos los franceses son cochinos, que todos los chinos son tacaños, en fin puede pensar lo que quiera y compartirlo prudentemente, pero de ninguna manera puede aprovecharse de su posición como figura pública, como comunicador o como autoridad, para convertir en sentencias sus prejuicios o su desinformación, a través de los medios masivos.
A última hora se ha sabido que el desafortunado caricaturista ha pedido disculpas, no se sabe si de corazón, por un acto puro de reflexión y de cordura sobreviniente, o si lo ha sido por las amenazas que dice ha recibido, amenazas que, de ser ciertas, no se justificarían, serían totalmente deplorables, porque reflejarían la misma irracionalidad que llevó a PAD’R a meter las patas como lo hizo. De mi parte acepto las excusas y espero que todo el pueblo colombiano, también.
