Por James Cifuentes Maldonado.
“lo que ha unido Dios, que no lo separe el hombre”
“Unidos para siempre, en salud o en la enfermedad”,
“Unidos para siempre, en la prosperidad o en la pobreza”
“que solo la muerte los separe”
Las anteriores son las sentencias del sacerdote en la iglesia cuando
la pareja se une en sagrado matrimonio e incluso cuando la unión se deriva de
un mero contrato civil y lo testifica un notario o un juez, porque, igual,
además de que estos compromisos son ante Dios, también son ante la familia y
ante la sociedad.
Esas premisas tan perentorias e intimidantes, no entendidas
correctamente, pueden convertirse en perturbadores del ánimo, pero también en
yugos y en lastres, porque puede que se cumplan, si el plan sale como lo
pensamos, lo cual depende de cómo actuemos y no tanto de si Dios quiere o no quiere; en estos tiempos
modernos, sabemos que la unión llamada a ser vitalicia, es vulnerable y puede
romperse, por muchas causas que ya conocemos, por motivos y distractores que
son reales, que están adentro y afuera de la relación.
Sin embargo, más allá de los compromisos que se asumen cuando una pareja
se casa, ante el mundo, ante ellos mismos, como individuos y al interior de su
hogar, más importante que eso son las convicciones que los llevaron a tomar
semejante decisión, y es de mayor relevancia que, luego, con el tiempo, esas
convicciones se alimenten, crezcan y se renueven, para evitar esa sensación
odiosa de la carga, de la costumbre, del cansancio y la resignación, como
únicos determinadores del matrimonio, que son normales, pero que, si no nos
sacudimos, si no hacemos algo, lo pueden llevar al fracaso.
Y cuando digo “semejante decisión”, (la del matrimonio), me
refiero a que la vida en pareja, siendo el destino natural de los seres
humanos, en cierta medida es un contrasentido, es un atentado a la
determinación y la autonomía de los individuos; en otras palabras es un
sacrificio de la libertad y hasta de los gustos más íntimos de las personas.
Esto puede sonar extraño, pero para entenderlo mejor, imaginemos solamente lo
que puede significar para alguien que toda la vida ha dormido solo, a sus
anchas, de un momento a otro tener que compartir la cama con ese amado
invasor, con todo lo bueno y lo no tan bueno que tiene la intimidad; o tener
que tomar de manera concertada muchas decisiones que antes tomaba sin depender
de nadie, como el destino del dinero, el empleo del tiempo libre o algo tan simple
como la tenencia del control del televisor, o dilemas tan complejos como si ver
Discovery Channel o ver el Factor X, como si irse para cine o irse para
fútbol.
Es cierto que el matrimonio va más allá de esos detalles que parecen
triviales, pero precisamente la convivencia está hecha de pequeñas cosas, de
hechos simples, que suman, que definitivamente cuentan y que pesan en la cotidianidad
de la pareja, en su disposición o en su aburrimiento. Porque vivir el
matrimonio pensando en la eternidad, es terrible, le hace daño; es más amable
pensar en el día a día, sufriendo y gozando paso a paso, con cada
acontecimiento, imaginando que cada mañana es el principio, sin preocuparnos
por el final, porque el final de todos modos vendrá.
Al matrimonio se debe llegar libremente y con toda la ilusión, con los
sueños y el amor suficientes, para que sea posible asumir con gusto el
recorte de nuestras alas, porque son otras nuestras metas, porque ya
identificamos un camino común con otra persona que a su vez entrega su propia
cuota de sacrificio y de libertad para compartir una misma causa, un proyecto solidario, como lo es fundar una familia, nuestra propia familia, no la de nuestros
padres, ni la de los abuelos.
En la juventud las prioridades son diferentes, las realizaciones y
los logros son de muchos tipos; suelen ser solamente lúdicos o de mero placer, al principio, o académicos o
profesionales, después, y todos ellos tienen su valor y su tiempo, pero, en la madurez, la familia es
primero y es fuente de otro tipo de complacencias, generalmente más perennes
como los hijos y los éxitos de esos hijos, que terminan siendo más importantes
que los nuestros, hasta el punto que, en cierta medida, desaparecemos y nos
dedicamos a vivir y a trabajar plenamente para que se cumplan los sueños de ellos, para que ellos lleguen
más lejos; tal vez por aquello de que
queremos ver en ellos lo que nosotros quisimos y no fuimos.
Ya sea que nos resulte razonable o no, justo o injusto, la presencia de los hijos en el matrimonio incide en gran manera y ayuda mucho a conciliar y a entender esa connotación de eternidad que tiene el compromiso y la responsabilidad de la pareja, cuando deciden llevar una vida juntos; indistintamente de si esos hijos siguen en casa o ya se fueron.
Ya sea que nos resulte razonable o no, justo o injusto, la presencia de los hijos en el matrimonio incide en gran manera y ayuda mucho a conciliar y a entender esa connotación de eternidad que tiene el compromiso y la responsabilidad de la pareja, cuando deciden llevar una vida juntos; indistintamente de si esos hijos siguen en casa o ya se fueron.
