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viernes, 20 de noviembre de 2015

El matrimonio y la eternidad





Por James Cifuentes Maldonado.


“lo que ha unido Dios, que no lo separe el hombre”
“Unidos para siempre, en salud o en la enfermedad”,
“Unidos para siempre, en la prosperidad o en la pobreza”
“que solo la muerte los separe”


Las anteriores son las sentencias del sacerdote en la iglesia cuando la pareja se une en sagrado matrimonio e incluso cuando la unión se deriva de un mero contrato civil y lo testifica un notario o un juez, porque, igual, además de que estos compromisos son ante Dios, también son ante la familia y ante la sociedad.

Esas premisas tan perentorias e intimidantes, no entendidas correctamente, pueden convertirse en perturbadores del ánimo, pero también en yugos y en lastres, porque puede que se cumplan, si el plan sale como lo pensamos, lo cual depende de cómo actuemos y no tanto  de si Dios quiere o no quiere; en estos tiempos modernos, sabemos que la unión llamada a ser vitalicia, es vulnerable y puede romperse, por muchas causas que ya conocemos, por motivos y distractores que son reales, que están adentro y afuera de la relación.

Sin embargo, más allá de los compromisos que se asumen cuando una pareja se casa, ante el mundo, ante ellos mismos, como individuos y al interior de su hogar, más importante que eso son las convicciones que los llevaron a tomar semejante decisión, y es de mayor relevancia que, luego, con el tiempo, esas convicciones se alimenten, crezcan y se renueven, para evitar esa sensación odiosa de la carga, de la costumbre, del cansancio y la resignación, como únicos determinadores del matrimonio, que son normales, pero que, si no nos sacudimos, si no hacemos algo, lo pueden llevar al fracaso.

Y cuando digo “semejante decisión”, (la del matrimonio), me refiero a que la vida en pareja, siendo el destino natural de los seres humanos, en cierta medida es un contrasentido, es un atentado a la determinación y la autonomía de los individuos; en otras palabras es un sacrificio de la libertad y hasta de los gustos más íntimos de las personas.  Esto puede sonar extraño, pero para entenderlo mejor, imaginemos solamente lo que puede significar para alguien que toda la vida ha dormido solo, a sus anchas, de un momento a otro tener que compartir la cama con ese amado invasor, con todo lo bueno y lo no tan bueno que tiene la intimidad; o tener que tomar de manera concertada muchas decisiones que antes tomaba sin depender de nadie, como el destino del dinero, el empleo del tiempo libre o algo tan simple como la tenencia del control del televisor, o dilemas tan complejos como si ver Discovery Channel  o ver el Factor X, como si irse para cine o irse para fútbol.

Es cierto que el matrimonio va más allá de esos detalles que parecen triviales, pero precisamente la convivencia está hecha de pequeñas cosas, de hechos simples, que suman, que definitivamente cuentan y que pesan en la cotidianidad de la pareja, en su disposición o en su aburrimiento.  Porque vivir el matrimonio pensando en la eternidad, es terrible, le hace daño; es más amable pensar en el día a día, sufriendo y gozando paso a paso, con cada acontecimiento, imaginando que cada mañana es el principio, sin preocuparnos por el final, porque el final de todos modos vendrá.

Al matrimonio se debe llegar libremente y con toda la ilusión, con los sueños y el amor suficientes, para que sea posible asumir con gusto el recorte de nuestras alas, porque son otras nuestras metas, porque ya identificamos un camino común con otra persona que a su vez entrega su propia cuota de sacrificio y de libertad para compartir una misma causa, un proyecto solidario, como lo es fundar una familia, nuestra propia familia, no la de nuestros padres, ni la de los abuelos.  

En la juventud  las prioridades son diferentes, las realizaciones y los logros son de muchos tipos; suelen ser solamente lúdicos o de mero placer, al principio, o académicos o profesionales, después, y todos ellos tienen su valor y su tiempo, pero, en la madurez, la familia es primero y es fuente de otro tipo de complacencias, generalmente más perennes como los hijos y los éxitos de esos hijos, que terminan siendo más importantes que los nuestros, hasta el punto que, en cierta medida, desaparecemos y nos dedicamos a vivir y a trabajar plenamente para que se cumplan  los sueños de ellos, para que ellos lleguen más lejos;  tal vez por aquello de que queremos ver en ellos lo que nosotros quisimos y no fuimos

Ya sea que nos resulte razonable o no, justo o injusto, la presencia de los hijos en el matrimonio incide en gran manera y ayuda mucho a conciliar y a entender esa connotación de eternidad que tiene el compromiso y la responsabilidad de la pareja, cuando deciden llevar una vida juntos; indistintamente de si esos hijos siguen en casa o ya se fueron.



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