Por James Cifuentes Maldonado
Los pronósticos para la elección de alcalde de Pereira se concretaron en un retrato fiel que da cuenta del 62%, ya no de la intención en las encuestas, sino de respaldo efectivo de los votantes al electo Juan Pablo Gallo, frente al 29% con el que la ciudad le dijo no a la propuesta continuista de Israel Londoño.
Pero las encuestas ya no cuentan, esa es una discusión técnica y académica que dejaremos para otra oportunidad, porque el pueblo hoy se ha manifestado, porque categóricamente, los pereiranos, representados en esa mayoría de electores que votaron por Juan Pablo Gallo, han dejado claro que querían un relevo, que estaban fatigados del mismo decorado en la administración y han determinado un cambio de tercio en el liderazgo político de la ciudad.
En su momento afirmé que la palabra CAMBIO, utilizada como un mantra por Juan Pablo Gallo en todos sus discursos, a través de todos los medios, me sonaba hueca, no me decía nada, específicamente porque la realidad de los pactos, de los intereses y de los apetitos de los dirigentes que impulsaron su campaña me hacían, y me hacen dudar todavía, de su independencia y de la renovación de las costumbres políticas.
En verdad, ya no importa si la oferta fue sincera, porque son otras las circunstancias, porque Gallo ya ha sido elegido alcalde y el cambio que vendió como esperanza ya es una deuda, es una gran responsabilidad frente a los más de 126 mil votantes que lo han llevado a ocupar el primer cargo municipal y, aun, frente a los 58 mil que no votamos por él. La ciudad entera, la de los que votaron y la de los que ni siquiera salieron a votar, espera que Gallo sea fiel a sus promesas de campaña y traiga otros resultados con las cosas diferentes que ofreció hacer.
De momento los méritos de Gallo están por verse, porque, en campaña, la idea del cambio se vendió sola, frente a la papaya partida que significaron 8 años de gobierno de un grupo político que no quiso compartir nada, la presión de una oposición y de unos políticos desarraigados del poder, y el cansancio de gran parte de la ciudadanía frente al mismo estilo de gobernar.
Lo verdaderamente positivo y el gran rédito que le queda a la ciudad ha sido la ventaja tan amplia que ha sacado el candidato ganador, que lo apalanca y le da solvencia política para llevar a cabo sus propósitos y los del partido liberal. De haberse dado un triunfo apretado, habría significado la prolongación de la pugnacidad en la que hemos estado en los últimos años y que le hace tanto daño a la institucionalidad y al gobierno.

