Por James Cifuentes Maldonado
Yo no creo en el destino, entendido como “divina providencia”, como un titiritero agazapado en lo alto del cielo o en el fondo del inframundo, que mueve los hilos de las personas;
Yo no creo en el destino como una fuerza sobrenatural o paranormal que crea situaciones o determina el acontecer de las cosas;
Yo estoy convencido que el destino es una construcción mitad arbitraria y mitad lógica;
Yo creo en el destino como la suma de los actos humanos y de los hechos de la naturaleza;
Aprecio el destino como una sucesión de consecuencias, de decisiones, omisiones y de accidentes, que se traduce en hechos y resultados;
Yo creo en el destino como la materialización permanente y continua de la relación entre acción, movimiento y tiempo.
Por todo lo anterior, yo no creo en el destino como esa cosa que llaman suerte y por eso prefiero explicar el éxito en el talento y el trabajo de las colectividades y de los individuos, sin distraerme en el juicio inútil de lo justo o de lo injusto.
Para terminar, estimo absurdo cuando las fatalidades se ligan con el destino, como algo que está escrito en alguna parte, preestablecido, inevitable; por ejemplo, cuando una persona, ebria, conduce su vehìculo, se estrella contra un árbol y muere, y el reportero que cubre la noticia la califica como “triste destino”; de ninguna manera, ningún destino; por supuesto que es un lamentable fin, pero es claro que ese individuo, al conducir borracho, tomó la decisión que lo llevó a morir.
Sin embargo, la negacion que hago del destino, como la causa del rumbo de la vida, no significa que no alimente mi fe, en la forma que concibo de Dios, como esa fuerza interior que, ademàs de explicar mi existencia, me permite enfrentar los desafìos del mundo.

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